Mujeres peligrosas
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:
– ¿Y cree que eso lo marcaba como un crimen perfecto? -preguntó Frank, irguiéndose e inclinándose más cerca de Joey-. No hace falta ser un genio para saber cómo hay que hacer para no dejar impresiones digitales, ADN o casquillos de bala. Cualquiera que vea muchas series policiales o que lea demasiados thrillers se entera de eso con facilidad.
– Tiene razón -dijo Joey-. Lo que hizo perfecto a ese crimen fue que nunca atraparon al culpable.
– Los polis le dedican a un caso tanto o tan poco tiempo como creen que merece -dijo Frank-. Son como vendedores de autos. No pretenden vender todos los autos de la concesionaria, sino la cantidad de autos que les permita conservar el empleo.
– Parece que le ha dedicado mucha reflexión al asunto -dijo Joey.
– En realidad no -dijo Frank-. Soy tan solo uno de esos tipos que ve demasiados programas policiales y lee demasiados thrillers.
– Conseguí hacerme del archivo del caso -dijo Joey-. Los polis hicieron un trabajo muy cuidadoso, pero no tenían gran cosa sobre la cual trabajar. El homicidio fue cometido en mitad del día, cuando la mayoría de los residentes estaba fuera de su casa, trabajando, en la escuela, en el gimnasio o de compras. No hacía mucho tiempo que ella vivía allí, así que no tenía muchos amigos en el edificio.
– ¿Y cómo entró? -preguntó Frank-. O más bien debería preguntar, ¿cómo creen que entró?
– No es necesario forzar la puerta para entrar -dijo Joey-. Quizás ella lo conocía, aunque no lo creo. Es probable que lo haya dejado entrar porque él la obligó a hacerlo, pero tampoco creo que haya sido así.
– ¿Y qué es lo que cree que pasó la Sherlock Holmes de Los Ángeles? -preguntó Frank, ahora con una sonrisa más fría y los ojos clavados en el rostro de Joey.
– Creo que él conocía sus costumbres -dijo Joey-. Sabía a qué hora se levantaba. A qué hora salía a correr y durante cuánto tiempo corría. Cuáles eran sus horarios, de clase y en qué edificios las dictaban. La estudió. Se ocupó de llegar a conocerla, aunque nunca hubieran sido presentados.
– Si hizo todo eso, debe haber tenido un motivo -dijo Frank-. O alguien más se lo proporcionó.
– Los motivos siempre son muy fáciles de descubrir -dijo Joey-, una vez que uno ha encontrado el mejor lugar para buscarlos.
– ¿Y qué motivo encontró? -preguntó Frank-. Quiero decir, una vez que encontró el mejor lugar donde buscarlo.
– Que alguien había pagado para que la mataran -dijo Joey, mientras sus dedos acariciaban la superficie de su vaso de agua.
– Si escarbó tan profundamente como para desenterrar eso, entonces sabe por qué lo hizo el asesino -dijo Frank-. ¿Qué era, algo personal o por negocios?
Joey acabó su agua y deslizó el vaso vacío en dirección a Frank.
– Siempre tengo sed, habitualmente -dijo-, y hablar me da más sed. ¿Quiere otra ronda? Ahora invito yo.
– Usted está contando la historia -dijo él, poniéndose de pie y encaminándose hacia el mostrador-. Yo me ocupo de abastecer los tragos.
Ella lo observó mientras se apoyaba contra el mostrador de madera y esperaba mientras el barman buscaba una cerveza fría y luego llenaba dos vasos, uno con bourbon y el otro con hielo y agua.
– A ella le gusta el agua con limón -escuchó que decía Frank.
– Y a mí me encantaría irme ya mismo a casa -dijo el barman, dejando caer dos cascaritas de limón en el vaso de agua-. Es el último aviso. Si quiere algo más aparte de lo que acabo de servirle, pídalo ahora. Cierro en veinte minutos.
– ¿Qué apuro hay? -le preguntó Frank-. Ningún avión saldrá de aquí hasta mañana, si es que entonces sale alguno.
– Pero mi auto sí saldrá -dijo el barman-. Dentro de veinte minutos.
Frank apoyó los vasos sobre la mesa.
– Antes un barman solía ser mejor que un psicoanalista -dijo-. Era más solidario o al menos escuchaba como si lo fuera. Supongo que dimos con uno que no cursó esas materias en la escuela de coctelería.
– Tal vez es uno de los afortunados -dijo Joey-. Tal vez tiene alguien que lo está esperando, preocupada.
Frank giró para mirar al barman, sosteniendo la botella con las dos manos.
– No lo creo -dijo-. En mi opinión, usted y yo somos la compañía más íntima que él tendrá esta noche.
– Algunas personas aprenden a vivir sin compañía -dijo Joey-. O sin familia. Como usted.
– Eso ayuda a mantener las cosas simples, sin complicaciones -dijo Frank, mirándola otra vez y dejando la cerveza sobre la mesa-. Las cosas pueden complicarse muy rápidamente, casi siempre sin razón, en el momento en que uno permite que otras personas crucen su línea de radar.
– ¿No le molesta vivir así? -le preguntó Joey.
– No lo sé -dijo Frank-. ¿Cómo cree que vivo?
– Viajando de ciudad en ciudad, de trabajo en trabajo -dijo Joey con aire confidencial-. Le va bastante bien en el trabajo, a juzgar por la ropa que lleva puesta y por el billete de primera clase que tiene en el bolsillo de la camisa.
– Si uno se toma la molestia de dedicarle su tiempo a algo -dijo Frank-, es mejor que se asegure de que será bien recompensado por el esfuerzo.
– Pero el suyo no es un trabajo para cualquiera -dijo Joey-. Al menos, eso supongo.
– Pocos trabajos son para cualquiera -dijo Frank.
– Pero debe tener sus gratificaciones -dijo Joey-. Todos los buenos trabajos las tienen.
– ¿Y cuáles son, en su caso? -dijo Frank-. ¿Qué hay en ser abogada que la hace desear levantarse de la cama cada mañana?
– El hecho de que puedo poner un límite -dijo Joey-. Aunque sea solo para unos pocos afortunados.
– ¿Poner un límite a qué?
– A la maldad que está del otro lado -dijo Joey-. Y al dolor que sienten los inocentes que se sientan a mis espaldas en el juzgado cada día, en cada caso. Sus rostros cambian con cada juicio, pero para mí todos son iguales. Ni siquiera necesito mirarlos para saber lo que sienten, lo que piensan, lo que sufren, todas sus lágrimas desperdiciadas.
– ¿Meter a alguien en un calabozo hace que se sientan mejor? -preguntó Frank.
– En realidad, no -dijo Joey-, pero creo que tampoco agrava el dolor que sienten por haber perdido a alguien a quien aman. Un crimen cometido contra una persona es siempre una memoria compartida por muchas.
– Dicho más como una víctima que como abogada -señaló Frank.
– A veces se pueden ser las dos cosas -replicó Joey.
– ¿Alguna vez piensa en el tipo que está del otro lado? ¿El que usted parece estar tan ansiosa por meter en la cárcel?
– Cada día. Pienso en los que contribuí a hacer condenar y en los que no fueron condenados y en el único que no pude llevar a juicio.
– ¿Y qué ve cuando mira hacia ese lado? -le preguntó él-. ¿Alguna vez se toma el tiempo necesario para ver más allá de los ojos duros, del cuerpo trabajado en el gimnasio de la prisión y de las manos apoyadas, laxas, sobre la superficie de la mesa?
– ¿Y si lo hiciera? ¿Qué vería?
– Depende de lo que esté buscando. Si está buscando sentir lástima, lo conseguirá rápidamente. Cada tipo vestido con el uniforme carcelario tiene una historia triste que está ansioso por contar o por vender. Pero si lo que está buscando son las razones por las que un tipo termina sentado junto a un abogado que no puede pagar, tal vez encuentre algo más que una historia triste.
– ¿Y eso bastará para hacerme olvidar de la víctima? -preguntó Joey-. ¿O para perdonar lo ocurrido?
– No si usted no quiere.
– ¿Acaso esas historias no son todas casi iguales? Maltratos en la infancia, padres abandónicos, o drogadictos si se quedaron con los hijos, y el delito es la única puerta que se abrió ante ellos. ¿Me he olvidado de algo?
– Eso es cierto nueve de cada diez veces -dijo Frank.
– ¿Y qué hay en esa décima vez?
– Un buen disfraz de un tipo que tuvo un hogar sólido y una familia a la que le importaba. Asistió a la mejor escuela de la zona, jugó un poco de béisbol en la liga local y algo de fútbol y se sentó junto a su madre todos los domingos en la iglesia. Tuvo buenas notas y un trabajo de tiempo parcial después de la escuela para financiar sus revistas de historietas y sus figuritas.