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Mujeres peligrosas

Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.
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Abría la correspondencia entrante con un cortapapeles de madera que había comprado en una tienda de curiosidades de la calle Cockburn. Era africano, con el mango tallado semejando una mano alargada. También lo dejaba guardado bajo llave cuando salía de su oficina. Su habitación no siempre había sido una oficina. Suponía que había iniciado su vida como alguna clase de depósito. Tenía quizás unos ocho metros cuadrados, con dos pequeñas ventanas con barrotes en lo alto de una pared. Había cañerías metálicas enfrente del archivo, que parecían transmitir los sonidos del exterior: voces distorsionadas, órdenes dadas con severidad, estrépitos y traqueteos. Dennis había colgado un par de pósters en las paredes. Uno de ellos mostraba el oscuro vacío de Glencoe -un lugar al que nunca había ido, a pesar de que regularmente se prometía visitarlo-, y el otro era una fotografía de uno de los pueblos pesqueros de East Neuk, tomada desde el muro del puerto. A Dennis le gustaban ambos por igual. Contemplando cualquiera de esas imágenes, se podía transportar a los yermos de las tierras altas o al puerto costero, consiguiendo de ese modo un brevísimo respiro de los ruidos y los olores de la cárcel de Edimburgo.

Los olores eran peores a la mañana: se abrían las celdas nada ventiladas, salían los presos, sin lavarse, rascándose y eructando mientras arrastraban los pies camino al desayuno. Él rara vez tenía contacto -verdadero contacto- con esos hombres, aunque sin embargo sentía que los conocía. Los conocía a través de sus cartas, llenas de oraciones torpes y errores de ortografía, y a pesar de ello elocuentes, y a veces incluso conmovedoras. Dale a los chicos un gran abrazo de mi parte… Trato de pensar solamente en los buenos tiempos… Cada día que paso sin verte se derrumba un pedazo más de mí… Cuando salga empezaremos de nuevo…

Salir: muchas cartas hablaban de ese momento mágico en el que los errores del pasado quedarían borrados y sería posible un nuevo comienzo. Hasta los viejos reincidentes, los que se las habían arreglado para pasar más tiempo en la cárcel que afuera, juraban que no volverían a descarriarse, que en adelante harían todo bien. Otra vez no estaré allí para nuestro aniversario, Jean, pero tú nunca estás lejos de mis pensamientos… Pobre consuelo para las esposas como Jean, cuyas propias cartas ocupaban diez o doce carillas, colmadas de las penurias cotidianas de una vida de constante lucha en ausencia del ganapán y sostén de la familia. Johnny está cada vez más rebelde e incontrolable, Tam. El médico dice que eso es lo que agrava mi enfermedad. Necesita un padre, pero lo único que me dan son píldoras y más píldoras.

Jean y Tam: sus vidas separadas se habían convertido en una especie de telenovela para Dennis. Todas las semanas intercambiaban cartas, a pesar de que Jean visitaba a su esposo con esa misma frecuencia. A veces Dennis observaba la llegada de las visitantes, tratando de identificar a los corresponsales. Después las estudiaba dirigirse a una mesa u otra, pues eso lo ayudaba a vincular a cada preso con su corresponsal. Tam y Jean siempre se tomaban de las manos, nunca se abrazaban ni se besaban, y parecían incómodos ante la conducta menos pudorosa de las parejas que los rodeaban.

Dennis prácticamente no censuraba sus cartas, incluso en las raras ocasiones en que aparecía en ellas algo conflictivo. Su propia esposa lo había abandonado una década atrás. Todavía conservaba algunas fotografías enmarcadas sobre la repisa de la chimenea. En una, él aparecía tomándole la mano, sonriendo para la cámara. A veces estaba sentado mirando televisión, con una lata de cerveza en la mano, y de pronto sus ojos empezaban a derivar hacia esa foto. Como Glencoe y el puerto, esa foto lo llevaba a un lugar diferente. Entonces se incorporaba e iba hasta la mesa del comedor, donde había dejado las cartas.

No se llevaba a casa toda la correspondencia, sino tan sólo las cartas de los integrantes de las relaciones que le interesaban. Se había comprado una máquina de fax que también funcionaba como copiadora… más barata, según le había informado el vendedor, que comprar una fotocopiadora de verdad. Extraía las cartas de su portafolio de cuero y las cargaba en la máquina. A la mañana siguiente, llevaba los originales nuevamente a la oficina. Sabía que estaba haciendo algo que no debía, que el director se enojaría con él, o que por lo menos le causaría consternación. Pero a Dennis no le parecía que estuviera haciendo ningún daño. Nadie más leería esas cartas. Eran sólo para él.

Había un preso reciente que comenzaba a revelarse como un espécimen interesante. Escribía un par de veces al día… obviamente tenía dinero más que suficiente para los sellos. Su novia se llamaba Jemma, y había estado embarazada, pero había perdido el bebé. Tommy estaba angustiado pensando que tenía la culpa, que tal vez el shock que le había causado a Jemma su sentencia la había hecho abortar. Dennis pensaba que tendría que ir a ver a Tommy; sabía que podría decirle algunas palabras que lo tranquilizarían.

Pero no lo haría. No se involucraría.

Otro preso, llamado Morris, le había interesado algunos meses antes. Morris había escrito una o dos cartas por semana… tórridas cartas de amor. Siempre, le parecía a Dennis, dirigidas a una mujer diferente. Un guardia le había señalado a Morris en la fila del desayuno. El hombre no parecía nada especiaclass="underline" un espécimen escuálido con una mueca asimétrica en el rostro.

– ¿Alguna vez recibe visitas? -le preguntó Dennis al guardia.

– Estás bromeando, ¿no es cierto?

Dennis tan sólo se había encogido de hombros, perplejo. Las mujeres a las que Morris escribía vivían en la ciudad. No había motivos para que no lo visitaran. Cada una de sus cartas llevaba impreso su número de preso y su dirección.

Y después el director le pidió “que se diera una vuelta” por su despacho, y le informó que en adelante a Morris se le prohibía enviar cartas. Resultó que el tarado ese elegía nombres del directorio telefónico, y les estaba escribiendo a absolutas desconocidas, enviándoles pormenorizados relatos de sus fantasías eróticas.

Los guardias se habían reído mucho del asunto cuando se enteraron. “Supuso que si enviaba una buena cantidad, acabaría por tener suerte”, había explicado uno. “Y tal vez lo hubiera logrado, además. A algunas mujeres les encantan los rudos convictos…”

Ah, sí, los rudos convictos. Había muchísimos de esos en la cárcel de Edimburgo. Pero Dennis sabía quién era el que verdaderamente se llevaba el primer premio: Paul Blaine. Blaine estaba un peldaño por encima de los ladronzuelos y drogadictos que orbitaban a su alrededor y que él conseguía ignorar. Cuando caminaba por los corredores de la prisión, era como si lo hiciera rodeado de algún invisible campo de fuerza, y nadie se le acercaba a más de un par de metros de distancia, salvo que él se los ordenara. Tenía un “lugarteniente” llamado Chippy Chalmers, cuya ominosa presencia actuaba como recordatorio del campo de fuerza. Aunque nadie creía que a Blaine le hiciera falta. Medía un metro noventa, tenía hombros muy anchos y sus manos casi siempre estaban cerradas en un puño. Todo lo que hacía, lo hacía lentamente, con deliberación. No estaba allí para hacerse enemigos o para tener problemas con los guardias. Lo único que quería era cumplir su condena y volver afuera, donde su imperio aún lo seguía esperando.

No obstante, desde el momento en que había llegado había sido el líder natural del presidio. Todas las bandas y facciones giraban en puntas de pie a su alrededor, mostrándole respeto. Había sido condenado a seis años de cárcel, después de que, finalmente, hubiera sido atrapado por evasión de impuestos, estafa y fraude… aunque probablemente estuviera afuera a los tres años, y ya llevaba un poco más de dos meses a la sombra. Había perdido un poco de peso desde su llegada, pero eso lo había favorecido, a pesar del tinte un poco grisáceo que habían cobrado sus mejillas… la misma palidez característica de todos los convictos… “el bronceado de prisión”, como lo llamaban. Cuando la esposa de Blaine venía a visitarlo, en la sala se apiñaban más guardias que habitualmente, no porque fuera a ocurrir algo, sino porque Blaine se había casado muy bien.

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