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Mujeres peligrosas

Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.
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– Puede echarme la culpa a mí, si quiere -dijo una voz de mujer-. Ocurre cada vez que vuelo. En cuanto salgo de casa empieza el mal tiempo.

Estaba de pie frente a la enorme ventana, contemplando los copos que caían y se deslizaban lentamente sobre el grueso cristal, con un bolso gris apoyado contra la punta de sus botas negras, y un largo cabello rubio que le ocultaba la mitad de la cara. Un abrigo de cuero negro la cubría hasta la rodilla, aunque no lograba disfrazar su cuerpo esbelto y bien formado. Su voz era tan suave como el algodón y su piel blanca centelleaba bajo el resplandor de las luces de pocos vatios que se alineaban en la habitación y de los enormes reflectores que iluminaban afuera las pistas de aterrizaje.

– Será mejor que me dé una compensación -le dijo el hombre alto.

Ella se volvió para mirarlo, con un reflejo rojizo en sus ojos oscuros, como un gato atrapado por el haz de una linterna.

– ¿De qué manera? -le preguntó.

– Permítame invitarla con un trago -dijo el hombre alto-. Gracias a la tormenta que usted atrajo, parece que no hay nada que hacer más que esperar. Y no tengo demasiadas ganas de leer el diario… una vez más.

La mujer apartó su bolso con el pie y se desprendió los botones de su abrigo de cuero. Lo arrojó sobre una silla vacía que estaba entre ambos, se quitó de los ojos unos mechones de cabello, retiró una silla y se sentó frente al hombre alto.

– Bourbon -dijo-. Un vaso de agua con hielo y limón aparte.

El hombre alto le dedicó un esbozo de sonrisa, empujó su silla hacia atrás, aferró la botella de cerveza vacía y se encaminó hacia el mostrador. La mujer lo observó marcharse y luego se volvió para mirar la tormenta, arremolinadas ráfagas de partículas de hielo que danzaban en círculos bajo los grandes reflectores.

– Tendrá que conformarse con cáscaras de limón -dijo el hombre alto, apoyando los tragos sobre el lado de la mesa de la mujer. Se sentó e inclinó la perlada botella de Heineken hacia ella-. Salud -dijo con una leve sonrisa y un guiño, y bebió un largo sorbo de su cerveza fría.

La mujer asintió y sorbió su bourbon, el ardor familiar en su garganta y en su pecho era tan bienvenido como un viejo amigo. Se echó atrás en su silla y miró al hombre alto sentado frente a ella. Tenía más de cuarenta años y estaba en forma, un torso firme modelado por el ejercicio diario, una camisa blanca, de marca J. Crew, muy justa alrededor de los brazos y el cuello. Su rostro era atractivo y bronceado, y en él resaltaban los ojos de color oliva y el marco de tupido cabello oscuro. Sus gestos y movimientos eran lentos y deliberados, nunca apresurados, su lenguaje corporal calmo y libre de tensión, todos ellos hábitos típicos de un hombre cómodo dentro de su propia piel.

– ¿A qué ciudad no irá esta noche? -le preguntó él.

– Los Ángeles -dijo la mujer, bajando la vista hacia el reloj Tiffany de plata que abrazaba su delgada muñeca-. Si el cielo estuviera despejado, hubiera estado en el aeropuerto de Los Ángeles hace veinte minutos.

– ¿Qué hay allá? -preguntó el hombre.

– Clima cálido, palmeras, estrellas de cine y un océano donde se puede nadar -contestó la mujer.

– ¿Qué hay allá para usted? -preguntó él, inclinándose hacia ella, con la botella de cerveza aún aferrada en la mano derecha.

– Todo lo que ya le dije. Además de una casa desde la que puedo ir caminando a la playa, un auto al que le encantan los tortuosos caminos de montaña y dos gatos que siempre se alegran de verme.

– La playa, un auto y dos gatos -dijo el hombre-. Eso usualmente significa que no hay hijos ni marido.

– No se puede tener todo.

– Eso depende de qué es lo que uno quiere que sea todo.

– ¿Y qué es todo para usted?

El sujeto bebió un trago de su cerveza y se encogió de hombros.

– Esto, en este momento -respondió-. Beber una cerveza, estar sentado frente a una bella mujer en un aeropuerto vacío. Estar en el presente y disfrutarlo. No tener que acurrucarme en un rincón y consumir toda la batería del teléfono celular para desearles buenas noches a unos niños a los que nunca veo suficiente tiempo como para dejarles marca o escuchar a una esposa quejarse de algo que nunca supe que era un problema y que no podría importarme menos. Nada de hipotecas, ni de cuentas, ni de preocupaciones.

– Hace falta dinero para vivir de esa manera -dijo la mujer-. Y para tenerlo hace falta un buen empleo o un padre rico que quiera dárselo. ¿En qué categoría se encuentra usted?

– Si voy a abrir mi corazón me gustaría saber ante quién -dijo el hombre, revelando una hermosa sonrisa.

– Puede llamarme Josephine -dijo la mujer-. Pero eso no me gustaría demasiado. Hasta cuando mi madre me llamaba así me crispaba los nervios. Casi toda la gente con la que hablo me llama Joey. Eso hace las cosas más sencillas para todos.

– Una vez conocí una monja que se llamaba Josephine -dijo el hombre-. A ella tampoco parecía gustarle mucho el nombre. Entonces, será Joey.

– ¿Y de quién es el corazón que está a punto de abrirse ante Joey? -preguntó la mujer, con una mueca burlona más que una sonrisa en los labios, mientras sostenía el vaso de bourbon muy cerca de la boca.

– Me llamo Frank -dijo el hombre-. Igual que mi padre y mi abuelo. A mi familia le gustaba no complicar las cosas.

– Y a usted también, por lo que me he enterado hasta el momento.

– Lo más posible. Habitualmente no hay ninguna ventaja en agregar complicaciones.

– Pero eso no siempre resulta fácil de evitar -dijo Joey-. A veces las complicaciones aparecen solas.

– Mayor razón aún para no sumar las que nosotros fabricamos. Siempre aparece alguien ansioso por hacer difícil algo muy simple. Viven para eso, y yo hago todo lo posible por evitarlo.

– En mi campo de trabajo los llamamos abogados defensores y jueces.

– ¿Eso es lo que hace en Los Ángeles cuando no está en la playa o en su casa con los gatos? -le preguntó Frank-. ¿Practicar la abogacía?

– No necesito practicarla tanto -respondió Joey-. Ya domino bastante bien todo lo que necesito saber.

– Lo que significa que es buena.

– Lo que significa que soy muy buena.

– Lo que significa una mala noticia para los tipos malos, supongo -dijo Frank, bebiendo lo último que le quedaba de su cerveza.

– No si cubren sus huellas -respondió Joey con voz calma y natural-. Pero la mayoría no lo hace, motivo por el cual llego a conocerlos. A menos que cometan el crimen perfecto, el crimen absolutamente perfecto, siempre terminan viéndome hablar de ellos en el tribunal.

– ¿Alguna vez le toca alguno? -preguntó Frank-. ¿Algún crimen perfecto?

– He oído hablar de unos cuantos -dijo Joey. Bebió un largo sorbo de su bourbon, enjugándose la última gota del labio inferior con la lengua y respiró hondo, muy lentamente-. Pero sólo he visto uno.

– ¿Fue un caso suyo?

Joey meneó la cabeza.

– Todavía estudiaba en la escuela de leyes. Era mi primer año. Una joven fue hallada muerta en su dormitorio. Su departamento estaba en el segundo piso de un edificio de cinco pisos que tenía acceso directo desde la calle. Ningún rastro de violencia, ni en la puerta de entrada ni en ninguna de las ventanas. No hubo robo, no faltaba nada, no había huellas, ni ADN, ni casquillos de bala. Sólo una muchacha muerta y tres balas.

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