Mujeres peligrosas
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:
– Alguien creía que ella era una amenaza y pagó para hacerla desaparecer -dijo Frank-. Para mí fue tan sólo un trabajo pago.
– ¿Cuánto? -preguntó Joey-. ¿Cuánto dinero embolsó por la muerte de mi hermana?
– Quince mil -dijo Frank-. Más gastos. Todo en efectivo y por adelantado. Eso es más o menos el promedio de lo que usted se lleva a casa por conseguir una condena de veinticinco años de prisión o perpetua.
Joey respiró hondo, tratando de deshacerse de la imagen del rostro de su hermana, eliminando el sonido de su risa feliz, borrando la visión de sus pinturas, que tapizaban el vestíbulo de la casa de sus padres. Tragó para contener el furioso rugido de su estómago y el nudo agrio que se acumulaba en su garganta. Tenía que mantenerse distanciada de todos sus sentimientos, trasladar su mente de la sombría penumbra de un bar vacío a la deslumbrante luz que reinaba en un juzgado. Tenía a su presa a la vista, lo tenía en el banquillo de los testigos, lo tenía en un lugar del que no podría volver a escapar. Todo lo que debía hacer ahora, tal como lo había hecho tantas veces antes, durante tantos años, era llegar al final. Conseguir la condena y escuchar el veredicto.
– Creyeron que había visto un accidente automovilístico en el que el conductor mató a una persona y escapó -dijo Joey-. Creyeron que había visto lo suficiente como para identificar la marca y el modelo, incluso quizá parte del número de la patente. Pero se equivocaban. Ella caminaba de espaldas al accidente, no de frente hacia él. Cuando escuchó el ruido y se dio vuelta para mirar, la víctima ya estaba muerta en la calle, y el automóvil, a una manzana de distancia.
– Estaba en las cercanías -dijo Frank-. Y fue la única persona próxima con la que la policía se tomó el trabajo de hablar. Eso era todo lo que ellos necesitaban para llamarme.
– Ese fue un llamado que nunca debió existir. Todo lo que tenían que hacer era agenciarse del informe policial. Mi hermana era lo que los polis llaman un PM. Un punto muerto. No les dijo nada porque no tenía nada para decirles. Pero nada fue más que suficiente para sellar su condena de muerte. Una chica inocente fue marcada y asesinada solo porque algún gángster de Nueva York quería que su hijo drogadicto no fuera acusado de asesinato.
– No elijo a las personas para las que trabajo -dijo Frank-. Ellas me eligen a mí.
– Lo eligen porque saben que hará el trabajo. Que será limpio y silencioso. Y casi imposible de rastrear, ya sea hasta usted, o hasta el dinero o la voz del otro lado del teléfono.
– No tan imposible, o usted no estaría sentada aquí.
– Mi trabajo ha sido encontrarlo a usted. Mi vida ha sido eso.
– Siempre supe que lo haría. Todos estos años supe que usted estaba buscándome y sabía que no se detendría.
– Hubo momentos en los que deseé que usted me detuviera -dijo Joey, con un halo de tristeza en sus palabras-. Que terminara con todo. Que todo acabara para los dos.
– Nunca se me ocurrió.
Joey respiró hondo y cerró los ojos por un momento. Esa era siempre la parte más dura del interrogatorio, la parte de formular las preguntas breves y directas destinadas a evocar el rostro de la victima ante el jurado. Mantener a las víctimas con vida, convertirlas en una presencia en un juzgado con frecuencia seducido por un acusado de buen comportamiento y mejores modales, era la parte más penosa del alegato. “La víctima es la única persona que no pueden ver pero que deben ver”, le había dicho en una oportunidad un viejo juez. “Para el jurado es muy sencillo olvidar. La tarea del fiscal es mantener a la víctima viva. El juicio sólo puede cerrarse definitivamente con un veredicto de culpabilidad y una condena. Todo lo demás no sirve”.
El barman apagó el mudo aparato de tevé y accionó el interruptor que extinguía las luces azules que iluminaban la hilera de botellas de whisky. Se quedó mirando a Frank y a Joey, con su rostro maduro agotado y desprovisto de expresión. Era bajo, con un torso regordete equilibrado por dos anchos brazos, por los que corría una larga línea de viejos tatuajes violáceos. Su cráneo calvo relucía con diminutas gotas de sudor y aceite para el cuero cabelludo. Ralph Santo era la clase de hombre que andaba por la vida esperando poco a cambio y que nunca se iba desilusionado.
– ¿Por qué lo dejó entrar ella? -preguntó Joey-. ¿Qué historia le contó que la hizo confiar en usted y dejarlo pasar?
– ¿Por qué no la llama por su nombre? -replicó Frank, contestándole con otra pregunta-. No es una víctima más. Es su hermana.
– Usted no merece escuchar su nombre -dijo Joey, en voz baja, casi un siseo venenoso.
– Tenía buen corazón -dijo Frank-. Como muchos chicos de su edad. Le dije que había perdido mi billetera y que necesitaba hacer un llamado telefónico. Que debía tratar de encontrar a mi novia y decirle que me viniera a buscar.
– Y ella le creyó.
– Como casi todo el mundo. También usted me hubiera creído.
– ¿Y si ella no tenía buen corazón? ¿Si le hubiera dicho que no y hubiera seguido caminando o si le hubiera ofrecido dinero para el taxi? ¿Qué habría ocurrido en ese caso?
– Nunca pensé en eso. Casi nunca ocurre algo así.
– ¿Pero si hubiera ocurrido? ¿La hubiera matado en la calle?
– Sólo si hubiera estado verdaderamente ansioso de que me atraparan. Y no lo estaba.
– ¿Cuándo lo supo ella? Que usted en realidad no pretendía hacer un llamado telefónico.
– ¿Por qué está haciendo esto? -le preguntó Frank-. Ya sabe todo lo que necesita saber. Ahórrese los detalles. Le hará más fácil la vida. Independientemente de cómo vaya a terminar esta noche.
– ¿Cuándo lo supo ella? -preguntó Joey, ahora más directa y concisa, su furia apenas oculta bajo la superficie.
– Estábamos en el departamento y ella me condujo hasta el pequeño comedor, giró hacia mí y me señaló el teléfono. Ahí vio la pistola por primera vez.
– ¿Soltó una exclamación? -preguntó Joey-. ¿Gritó pidiendo auxilio?
– No.
– ¿Le dijo algo a usted?
– Me pidió que no la violara.
– ¿Y por eso no lo hizo?
– Usted me conoce demasiado para decirme algo así. No la violé porque nunca violo a nadie. Estaba allí para hacer un trabajo. Lo hice y me marché. Si significa algo para usted, no quería causarle mucho dolor. Lo hice lo mejor y lo más rápido que pude.
– ¿Ella dijo algo antes de morir? -le preguntó Joey.
– No. Tan sólo cerró los ojos y esperó que ocurriera.
– ¿Alguna vez pensó en no hacerlo? ¿El hecho de ver a esa chica dulce e inocente temblando sobre la cama, esperando que usted le llenara el cuerpo de balas, no le hizo desear marcharse y abandonar todo eso?
– ¿En qué podría mi respuesta cambiar las cosas para usted? No importa lo que pensé ni cómo me sentí. Lo único que importa es lo que hice.
– Usted se hizo un nombre a partir de ese crimen -dijo Joey-. Empezó a ser muy solicitado. No paraban de llamarlo, ofreciéndole más trabajo del que podía atender.
– Digamos que las cosas se hicieron más fluidas después de eso.
– Y usted se hizo cada vez mejor. Aquí está, veinte años después, y nadie ha estado siquiera cerca de ponerle las esposas.
– ¿Eso es lo que usted espera ver?
– Tal vez eso hubiera bastado hace veinte años -dijo Joey-. Pero no ahora. Ahora necesito algo más.
– Si iba a matarme lo hubiera hecho cuando tuvo la oportunidad -dijo Frank-. Y esa oportunidad fue cuando entró aquí, y antes de pedir su primer trago.
– Ojalá pudiera matarlo. Ojalá pudiera sacar una pistola y balearlo hasta que estuviera muerto. Ojalá pudiera hacerle lo mismo que usted le hizo a mi hermana. Pero los dos sabemos que no puedo y hablar de eso es tan sólo una pérdida de tiempo.