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Mujeres peligrosas

Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.
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Me disponía a llamar al 911 cuando apareció otro auto en la calle, haciendo señas de que giraría en el callejón de acceso a la casa de Mindy. Con enorme desaliento advertí que se trataba de los faros del Cadillac de Larry Harshaw. Encendí el motor y salí a toda velocidad, marcha atrás. Haciendo señas de luces, seguí a Larry colina arriba. Se detuvo a mitad de camino y se bajó del auto.

– ¿Puedo ayudarla? -gritó en dirección a mí-. ¿Ocurre algo?

– Sí -dije-. Ocurre algo horrible. Soy Francine, Francine Drury. Tengo que decirte algo, Larry. Es muy importante.

– Bien, sube a casa -dijo-. Podemos hablar allí.

– No -dije con desesperación-. No podemos ir a tu casa.

– ¿Por qué no? ¿Qué pasa? ¿Le ha ocurrido algo a Mindy? Dios mío, ¿Mindy está bien?

– Tienes que escucharme, Larry. Mindy está muy bien, pero tiene un amante. Planean matarte y hacer creer que fue en defensa propia. Acabo de escucharlos hablar de eso hace un minuto.

– ¿Matarme? -dijo Larry-. ¿Estás bromeando? Mindy me ama, y además ella no mataría a una mosca. Es lo más ridículo que he escuchado nunca. ¿No habrás estado bebiendo, verdad, Francine?

– Por supuesto que no he estado bebiendo -dije-. Yo estaba allí, de pie junto a la puerta. Los escuché hablar dentro del garaje… a Mindy y a alguien llamado Wes.

– Wes Noonan, sin duda -dijo Larry, con tono confiado-. Tengo que decirte que Wes es un buen amigo mío. Estoy seguro de que todo esto es tan sólo un tonto malentendido. Vamos a casa ahora, Francine. Hablaremos de esto más tranquilos, tomaremos una copa y nos reiremos un rato cuando despejemos el equívoco.

– ¿No escuchaste lo que acabo de decirte? -insistí con desesperación-. Mindy va a matarte y tratará de demostrar que tú la atacaste.

– Ella no hará nada de eso -me dijo Larry Harshaw-. Vamos, vamos. Está empezando a llover. No tengo intención de quedarme aquí, mojándome y discutiendo esto. ¿Vienes o no?

– No -dije-. Pero, por favor, no vayas.

– Me voy -dijo. Y se fue.

Me metí en mi auto, busqué mi celular y llamé al 911.

– Patrulla estatal de Washington -respondió una voz-. ¿Cuál es la naturaleza de su emergencia?

– Mi nombre es Francine Drury -dije-. Estoy en Magnolia, en Seattle. Y alguien está a punto de ser asesinado.

Todavía seguía hablando por teléfono, dándoles la dirección de Mindy, cuando escuché un ruido inconfundible, el ruido producido por el disparo de un arma. Hubo una pausa, y después un segundo disparo.

– ¡Oh, Dios mío! -exclamé en el teléfono-. Por favor, apúrese. Ya lo hizo. Lo baleó. ¡Envíe también una ambulancia!

Me quedé allí temblando, apoyada contra el techo de mi Escarabajo mientras dos patrulleros de la policía, azules, y una ambulancia, con las luces centelleando y la sirena aullando, subieron a toda velocidad la colina y pasaron a mi lado. Nunca me había sentido tan inútil. Si al menos hubiera logrado que él me creyera…

Un tercer patrullero se estacionó detrás de mi auto y bajó un oficial uniformado.

– ¿Francine Drury? -me preguntó-. ¿Usted fue quien hizo la llamada al 911?

– Sí -logré articular-. Fui yo -y rompí en sollozos-. Es todo culpa mía -barboteé-. Escuché que ella iba a matarlo. Traté de advertírselo a él, pero no quiso escucharme, y ahora está muerto.

Dijeron algo por la radio del patrullero. Distinguí una voz gangosa, pero no las palabras que decía.

– Siéntese, por favor-me urgió el patrullero-. Deje que le traiga un poco de agua.

Lo hice. Me sentía demasiado débil para objetar o hacer otra cosa, salvo lo que me decían. Me senté donde él me indicó. Había más gente en la calle ahora, que salía de las casas vecinas, esforzándose por enterarse de lo que había ocurrido y de lo que estaba ocurriendo ahora.

Unos segundos más tarde la ambulancia bajó rugiendo desde lo alto de la colina. Los curiosos se hicieron a un lado para dejarla pasar.

– Ahí llevan a la víctima masculina -me explicó el oficial, entregándome una botella de agua. En su chaqueta, la placa de identificación decía que era el sargento Lowrey-. Ella le disparó. Una herida superficial en el hombro. Lo llevan a Harborview. Estará bien.

– ¿Y Mindy? -le pregunté-. ¿Qué pasará con ella?

El sargento extrajo una libreta.

– ¿Así se llama? ¿Mindy qué?

– Mindy Harshaw -respondí-. ¿Qué pasa con ella?

Lowrey meneó la cabeza.

– Cuando las cosas no salieron como ella esperaba, usó el arma contra sí misma.

– ¿Quiere decir que murió? -tartamudeé-. ¿Está muerta?

El sargento Lowrey asintió.

– Eso me temo -respondió-. Espero que no fuera amiga suya.

– Creí que lo era -dije suavemente, conteniendo el llanto que pugnaba por brotar-. Pero creo que ya había dejado de serlo.

Debilidad por ella – Ian Rankin

Casi todas las noches, Dennis Henshall se llevaba su trabajo a casa.

Los demás no lo sabían. El suponía que a la mayoría de sus colegas guardias de prisión no le importaba demasiado. Para ellos, Dennis era ya bastante raro, allí sentado casi todo el día en su oficina, revisando minuciosamente la correspondencia, con una regla y una hoja de afeitar a mano. Tenía que tener mucho cuidado con esas hojas de afeitar: esa era una de las reglas del trabajo. Tenerlas siempre bajo llave, lejos de los dedos diestros. Cada mañana, abría el cajón con su llave y las contaba, después sacaba una, siempre la misma. Cuando se desafilaba, se la llevaba a su casa y la tiraba en el bote de basura de la cocina. El cajón de su escritorio, en la oficina, permanecía cerrado el resto del día y también la puerta de su oficina, salvo cuando él estaba allí. Si salía dos minutos para orinar, cerraba la puerta, la hoja de afeitar nuevamente dentro del cajón, el cajón también cerrado con llave.

Todas las precauciones eran pocas.

Su mueble archivador estaba trabado con una barra de metal que, colocada en sentido vertical, impedía abrir los cuatro cajones. La primera vez que el director de la prisión había ido a verlo, no había hecho ningún comentario sobre esa precaución extra, aunque tampoco había logrado despegar los ojos del alto mueble verde durante todo el tiempo que había durado su conversación con Dennis.

Los otros guardias suponían que Dennis ocultaba cosas allí: revistas porno y whisky. Y que se escondía en su oficina con la botella en una mano y la otra mano atareada dentro de sus pantalones. Él no hizo nada por disipar el mito; en realidad, le gustaba bastante esa otra vida que le habían inventado. De hecho, su archivero sólo contenía correspondencia ordenada alfabéticamente: cartas que conectaban a los presos con sus seres queridos y amigos del mundo exterior. Eran cartas que habían sido consideradas ide: Imposibles de Enviar. Una carta se consideraba ide si daba demasiada información sobre la rutina carcelaria, o si parecía amenazante. No había problemas con los insultos y con el contenido sexual, pero casi todas las cartas eran más bien decorosas una vez que los presos se daban cuenta de que Dennis, como censor, leería toda la correspondencia antes de despacharla.

Ese era su trabajo, y lo hacía con gran diligencia. Su regla señalaba alguna oración conflictiva, y de inmediato aplicaba la hoja de afeitar. Los fragmentos extirpados quedaban guardados en el archivo, pegados a una hoja donde se consignaban comentarios: fecha, la identidad del preso y el motivo de la extirpación. Cada mañana lo esperaba una nueva pila de correspondencia entrante; cada tarde, controlaba el correo saliente. Esos sobres ya estaban estampillados y con la dirección de destino, pero no se los enviaba hasta que Dennis hubiera autorizado su contenido.

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