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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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La suposición de Vida fue correcta. Entre el ruido y la inmundicia del despacho de ginebra, las risas, los cristales rotos y las mujeres apiñadas para darse calor y apoyarse en un semejante y no en las piedras heladas, encontraron a Bella Green. Caminaba hacia ellos llevando en brazos una botella como si fuese un bebé. Su contenido daría unos momentos de olvido a su marido, un hombre a quien sin duda había visto responder al llamamiento de su país con entereza, valentía y esperanza, para recibirlo a su regreso con el cuerpo destrozado y sumido en la depresión por los largos años de desesperanza y dolor cotidiano que veía en su porvenir.

A su lado, una mujer que lloraba se desplomó lentamente hasta topar con el suelo, sumida en la sensiblera autocompasión típica de la borrachera de ginebra.

Bella vio a Vida Hopgood y su rostro cansado mostró sorpresa y algo que muy bien podía ser incomodidad.

– Tengo que hablar contigo, Bella -dijo Vida, haciendo como si no viera la botella de ginebra-. No quería hacerlo, ya sé que bastante tienes con tus problemas, pero necesito tu ayuda.

– ¡Mi ayuda! -Bella no podía concebir algo semejante-. ¿Para qué?

Vida se volvió y salió a la calle, pasando por encima de una mujer desplomada sobre los adoquines, insensible al frío. Monk fue tras ella, sabiendo que de nada serviría tratar de incorporar a nadie. Al menos en el suelo no volverían a caerse. Cogerían más frío y humedad pero no se lastimarían más.

Caminaron deprisa de vuelta hasta la puerta a la que Vida y Monk habían llamado poco antes. Bella entró directamente. Hacía frío y la humedad se filtraba por las paredes. Reinaba un olor agrio pero había dos habitaciones, lo cual era más de lo que muchos tenían. La segunda la presidía una pequeña estufa que irradiaba un tímido calor. Sentado junto a ésta había un hombre con una sola pierna. La pernera vacía del pantalón colgaba plana por el borde de la silla, sujeta con un alfiler. Iba bien afeitado y peinado, aunque tenía la piel tan pálida que parecía gris y unas sombras oscuras bordeaban sus ojos azules.

Monk se acordó de Hester con tal sobresalto que se le cortó la respiración. A cuántos hombres como aquél habría conocido y cuidado, tras verlos llegar del campo de batalla, aún aturdidos por el horror y la incredulidad, sin entender todavía lo que les había ocurrido, lo que les deparaba el porvenir, preguntándose tan sólo si lograrían sobrevivir, aferrándose a la vida con la denodada y valerosa desesperación que los había llevado hasta allí.

Ella les había atendido durante sus peores días y noches. Había vendado sus atroces heridas, les había dado aliento, instándolos a luchar, a no darse por vencidos aun cuando toda esperanza parecía perdida. Tal como había hecho con él al final del caso Grey. Entonces quiso darse por vencido. ¿Por qué gastar energía, esperanzas y dolor en una batalla perdida de antemano? Resultaba agotador, fútil. No era siquiera digno.

Sin embargo, ella se negó a darlo por perdido. Quizá estuviera acostumbrada a perseverar, a resistir, a seguir con la labor, a perseguir una meta, a mantener la calma aparente incluso cuando todo indicaba que era inútil. ¿Cómo si no aquellos hombres derrengados iban a luchar contra pronósticos absurdos, a sobrevivir al dolor y la pérdida, y a brindar apoyo a sus compañeros, si las mujeres que cuidaban de ellos no mostraban el mismo coraje y la misma vana fe ciega?

Aunque tal vez la fe nunca fuese vana. ¿Acaso la propia fe era la clave? ¿O era el coraje?

Pero Monk no quería pensar en Hester. Se había prometido no hacerlo. Le causaba un vacío interior, una sensación de pérdida que impregnaba; todo lo demás, impidiéndole concentrarse, ensombreciendo su estado de ánimo. Necesitaba todas sus energías para pensar en los detalles que iba almacenando en su mente acerca de los actos violentos de Seven Dials. La única ayuda con que contaban aquellas mujeres era la que Vida Hopgood consiguiera de él. Merecían que les diera lo mejor de sí mismo.

Debía olvidar al hombre dejado caer en la silla, que anhelaba con desesperación las pocas horas de alivio que le proporcionaría la ginebra, y concentrarse en la mujer. Quizá hasta podría interrogarla sin que el hombre cayera en la cuenta de que habían violado a su esposa. Monk podía aludir a los hechos como si se tratase de un mero asalto. Había una gran diferencia entre lo que uno creía saber, en privado, sin reconocerlo abiertamente, y lo que uno se veía obligado a admitir, a oír en voz alta, dándolo a conocer a terceros de modo que nunca podía volver a olvidarse.

– ¿Cuántos hombres fueron? -preguntó en voz baja.

Ella supo a qué se refería; la comprensión y el miedo resultaban patentes en su mirada.

– Tres.

– ¿Está segura?

– Sí. Primero había dos, luego vino un tercero. No vi de dónde salió.

– ¿Dónde ocurrió?

– En el patio de Foundry Lane.

– ¿A qué hora?

– Hacia las dos, no puedo ser más exacta. -Hablaba en voz muy baja y ni una sola vez desvió la vista hacia su marido, como si deseara fingir que no se encontraba allí, que no sabía nada.

– ¿Recuerda alguna característica de ellos? ¿Estatura, constitución, ropas, olor, voces?

Bella meditó unos minutos antes de contestar. Monk comenzó a sentir una pizca de esperanza. Aunque tal vez era una tontería.

– Uno de ellos olía a algo raro -dijo Bella muy despacio-. Como a ginebra, sólo que no era ginebra. Era como… más ácido, como más limpio.

– ¿Alquitrán? ¿Creosota? -aventuró, tanto por mantenerla concentrada como por la esperanza de definir el olor.

– Qué va… Más limpio que eso. Sé cómo huele el alquitrán, y también la creosota. No era pintura ni nada de eso. Además, no eran obreros; tenían las manos muy finas… ¡Más que las mías!

– Caballeros…

– Sí…

Vida soltó un resoplido que dejó clara su opinión.

– ¿Algo más? -insistió Monk-. ¿La tela de la ropa, la estatura, la constitución? ¿Pelo abundante o ralo, patillas?

– Sin patillas. -El semblante de Bella palideció ante el recuerdo, la mirada se le ensombreció. Hablaba prácticamente con susurros-. Uno era más alto que los otros dos. Había uno flaco y otro gordo. El flaco gastaba muy mala uva, como si le reconcomiera la rabia. Para mí que era uno de esos chiflados del camino de Limehouse que mascan drogas chinas y pierden la cabeza.

– El opio no incita a la violencia de esta manera -contestó Monk-. Quienes lo toman suelen dormitar medio inconscientes, tendidos en catres en cuartos llenos de humo. No deambulan por los callejones… -se interrumpió justo antes de emplear el verbo «violar»-… atacando a la gente. La ingesta de opio es una actividad muy solitaria, al menos a nivel mental. Esos hombres trabajaban conjuntamente, ¿no es así?

– Sí…, sí, juntos. -El rostro se le crispó con una expresión de amargura-. ¡Pensé que lo que me hacían era algo que un hombre prefería hacer a solas!

– ¿Y no fue así?

– No… Muy orgullosos, estaban. -Bajó aún más la voz-. Uno se reía. De eso me acordaré hasta el día en que me muera, de verdad. Se reía, sí, justo antes de arrearme.

Monk se estremeció, y no fue sólo por el frío que hacía en la habitación.

– ¿Eran mayores o jóvenes? -preguntó.

– No sé. A lo mejor eran jóvenes. Tenían la piel suave, sin patillas, sin… -se llevó la mano a la mejilla-. No raspaban.

Muchachos ávidos de sangre, pensó Monk para sus adentros, con ganas de saborear la violencia y embriagarse de poder; muchachos inadaptados, incapaces de hallar su sitio en su propio mundo, en busca de desamparados a quienes dominar e imponer su voluntad sin que nadie se lo impidiera, deseosos de humillar en lugar de ser humillados.

¿Sería eso lo que le había ocurrido al muchacho de Evan? ¿Había ido con un par de amigos a Seven Dials en busca de acción, de la sensación de poder que les era negada en su mundo, y por una vez su violencia había topado con una resistencia inesperada? ¿Tal vez su padre lo había seguido precisamente esa vez, recibiendo un castigo que no merecía?

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