Perdona Pero Quiero Casarme Contigo
- Автор: Моччиа Федерико
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
– Dado que has cocinado tú, yo lavo y tú secas.
– Sí, la verdad es que el lavavajillas está vacío y no hay muchos platos que lavar. Mejor que lo hagamos a mano. Si no, puedes meterlos ahora y lo ponemos en marcha mañana por la noche, cuando esté lleno. Es importante no malgastar agua y energía, ¿sabes? Yo presto mucha atención a ese tipo de cosas.
Enrico esboza una sonrisa.
– ¡Está bien, está bien, jefa! ¡Yo también me convertiré a la ecología!
– ¡Y harás bien! ¡El planeta te lo agradecerá! Además, te comunico que mañana pienso comprar bombillas de bajo consumo y cambiar las que tienes. Cuestan un poco más, pero duran mucho y te ayudan a ahorrar.
– De acuerdo, gracias. Te dejaré el dinero sobre la mesa.
– No, ya me lo darás cuando las compre. ¡Venga, empecemos! Usa poca agua y detergente, ¿eh? ¡No necesitamos un pozal!
Se ponen a lavar los platos, los vasos, la sartén, la cacerola y el resto de los utensilios que han usado. Enrico friega y Anna seca. Un sincronismo perfecto. Y, sin dejar de reírse, se cuentan varios episodios, recuerdos de campamentos, de vida en solitario.
– ¿Sabes, Anna? -dice Enrico a la chica mientras le tiende un plato hondo.
– ¿Sí?
– No sé cómo decírtelo…
– ¿El qué? -Anna lo mira con curiosidad porque de repente Enrico se ha puesto muy serio.
– Me da un poco de vergüenza, pero tengo que reconocer una cosa…
– ¿Cuál?
– No es fácil de decir, pero cuando estoy contigo…
Anna deja de secar el plato y lo mira.
– Sí, en fin, por primera vez en mucho tiempo, cuando estoy contigo no sólo pienso en Ingrid…
Anna lo mira y a continuación esboza una sonrisa dulcísima y un poco tímida. Después, para atenuar la tensión que se ha creado entre ellos, coge la sartén y la coloca en su sitio. Enrico la mira por un instante. Le gustaría seguir hablando. Describirle su nuevo estado de ánimo. Esa ligereza que ha vuelto a experimentar después de mucho tiempo. La renovada conciencia de sí mismo. Además, querría decirle que es guapa, sí. Y dulce. Y que a su lado se siente muy bien. Pero cuando Anna está a punto de volverse y él de hablar, no lo consigue y agacha la cabeza. Lava de nuevo el plato que todavía tiene en la mano tratando de disimular. Es uno de esos momentos en que parece que va a producirse un estallido y de improviso, sin una razón aparente, éste se apaga. Y no vuelve. Anna se coloca otra vez a su lado. Espera algo. Una frase. Una palabra. También ella se siente extraña, como si la hubiesen descubierto. Permanecen en silencio por unos instantes. Y el hilo se rompe.
– Sí…, quiero decir que he pasado varios días preocupándome por la niña, pensando en cómo me ocuparé de ella, en darle lo mejor para que no sienta la ausencia de su madre…, y me he anulado. Voy al trabajo, paso por casa de mi madre para dejarle a Ingrid, después regreso Para recogerla y vuelvo aquí. Todos los días lo mismo. Todas las noches igual. Se acabó el futbito, las veladas con Alex, Flavio y Pietro. Nada… Y, en cambio, ahora, gracias a ti consigo relajarme otra vez, pensar que tengo una vida fuera de estas cuatro paredes, amigos. En fin, de no haber sido por tu ayuda me habría perdido. Eres una magnífica colaboradora. Si uno de mis amigos necesita una canguro les daré tu nombre. ¡Puedes estar segura! -dice mientras sigue pasándole la vajilla mojada a Anna.
Ella no lo mira. Se limita a esbozar una sonrisa. Amarga. Distante. Quizá decepcionada. A continuación abre la puerta de un mueble y coloca un cazo en su sitio. Así es. Hay instantes en que todo parece posible y todo puede cambiar. En que todo está al alcance de la mano. Fácil y bonito. Pero de repente llega la duda, el miedo a equivocarse y a no haber entendido bien lo que el corazón siente de verdad. Y puf. Nada. Una promesa fallida.
Cuarenta y nueve
Diletta termina de poner la mesa. Después se dirige a la cocina y echa un vistazo al horno. Bien. La cocción va viento en popa. El agua para la pasta está a punto de romper a hervir. Mira el reloj. Son las ocho. Perfecto. Pocos minutos después suena el interfono. Va a abrir.
– ¡Soy yo, cariño!
Diletta abre la puerta y la deja entornada. Filippo llega jadeante después de haber subido los cuatro pisos a pie.
– ¿Soy puntual, cariño? ¡Como verás, esta vez no hay retraso!
Diletta sonríe. Ahora más que nunca, esa palabra tiene un significado especial. Retraso. No, cariño, no has llegado con retraso, le gustaría decirle…, ¡pero yo sí!
– ¿Cuándo piensan arreglar el ascensor? -Filippo la besa dulcemente en los labios-. ¡Ten! -le da una botella de vino blanco que acaba de comprar-. ¿La metemos un poco en la nevera?
Diletta vuelve a sonreír.
– ¡Sí! Pero que sepas que te viene bien subir por la escalera… ¡Sobre todo si comes en mi casa! ¡Ya sabes que aquí las raciones son abundantes!
La cena está lista. Es una de ésas improvisadas, en cierto modo robadas, tras esperar pacientemente a que la casa quede libre. Una cena tranquila, sin salir, porque algunas cosas requieren un poco de intimidad. Un buen entrante a base de gambas con salsa rosa y tostadas. Un primer plato ligero consistente en dorada y verduras, además de sardinas gratinadas al horno con pan rallado. Ríen, hablan y bromean sobre cualquier cosa.
– ¿A qué hora vuelven tus padres?
– El teatro se acaba a medianoche, pero está lejos, de manera que supongo que alrededor de las doce y media…
– ¡Bien! En ese caso podemos comernos el postre con calma… -sonríe malicioso.
Diletta coge la botella de vino y escancia un poco. A continuación alza su copa.
– ¿Brindamos?
– ¡Por supuesto! ¿Por qué?
– Por las sorpresas que cambian la vida.
Filippo alza la suya.
– ¡Sí! -Hacen sonar el cristal en el aire mientras se miran a los ojos.
Después Diletta se levanta.
– Espera…
Sale y regresa al cabo de unos instantes con una bolsita de plástico. Saca la caja que hay dentro y la sostiene en las manos.
– ¿Qué es, cariño?
– La sorpresa que cambia la vida.
– ¿A qué te refieres? ¿Por qué? ¿Qué pasa?
– Pasa que tengo un retraso de varios días…
Filippo la mira sin comprender una palabra. A continuación se inclina sobre la mesa y coge la caja. Lee y abre desmesuradamente los ojos.
Diletta sonríe tratando de quitar hierro al asunto.
– Sí. ¿Quieres que lo hagamos juntos? A mí también me asusta… -Rodea la mesa y se aproxima a él. Le da un beso y le coge la mano.
Filippo se mueve como un autómata. La mira. Mira la caja. La sigue por la casa. Cuando llegan a la puerta del cuarto de baño Diletta le quita la caja de las manos.
– Espérame… -y entra.
Filippo se queda en el pasillo aturdido. No me lo puedo creer. ¿Esto es real? No…, es un sueño. Y, de todas formas, puede que hasta sea un error. Pero ¿y si no fuese así? ¿Qué hago? Mejor dicho, ¿qué hacemos? Empieza a andar de arriba abajo por el pasillo con los puños en los bolsillos, la cabeza llena de dudas y el corazón acelerado.
Diletta abre la caja y coge uno de los dos test que ha comprado por la tarde en el supermercado con cierta vergüenza. Antes intentó ir a la farmacia, pero no se atrevió. Se imaginó pidiéndole la prueba a la propietaria. Ella la habría mirado tratando de adivinar su edad, quizá alguien a sus espaldas la habría oído, juzgado, pensado… No, no se atrevió. Entonces recordó que los había visto en el supermercado, en la sección de tiritas, desinfectantes y compresas. Y fue allí. Cuando llegó la hora de pagar intentó esconder la caja entre los paquetes de bollería, galletas saladas y yogures, cosas que había comprado sin necesitarlas, quizá para consolarse o para disimular ese objeto tan insólito colocado sobre la cinta negra. Después se apresuró a meterlo todo en la bolsa de plástico y salió corriendo del supermercado como una ladrona que ha conseguido escapar sin que la pillen, como alguien que tiene un secreto que esconder. Se encaminó hacia su casa. Encendió el ordenador, buscó varias recetas sencillas y se puso a cocinar. Se despidió de sus padres, que salieron elegantemente vestidos para acudir al estreno, y siguió cocinando. Resistió al deseo de hacerlo sola. Quería esperar a Filippo. Y disfrutar antes de esa cena para dos que había preparado con tanto amor. Comer y pensar. Comer y mirarlo a él. Comer y saber que todo estaba a punto de cambiar. De una manera u otra.