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El hombre de la reina

Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:

En 1193, el joven Justin de Quincy descubre casualmente una pista que puede desvelar el paradero de Ricardo Corazón de León, a quien se da por muerto. Leonor de Aquitania, la reina que escandalizó al mundo al divorciarse del que sería rey de Francia (Luis VII) para casarse con Enrique II, le encomienda una investigación que le obligará a adentrarse en el complejo y peligroso mundo de las intrigas que rodean la corte de Leonor.
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– Os agradezco vuestro interés, señora, pero estoy realmente mucho mejor. Después de todo, llevo así toda una semana. En cuanto al médico, hemos tenido unas opiniones divergentes. El quería sangrarme y yo pensé que ya me habían sangrado bastante. Si he de decir la verdad, señora, nunca he entendido la lógica de estas sangrías. ¿Cómo puede una sangría fortalecer a un hombre? Parece ir en contra del sentido común, ¿no estáis de acuerdo?

– Mi experiencia me dice, Justino, que cuando el médico entra por la puerta, el sentido común sale por la ventana. Siempre consideré afortunado el que se les impidiera a los médicos entrar en el cuarto donde se da a luz, porque de no haber sido así la humanidad habría desaparecido hace siglos. Pero si afirmáis que os encontráis lo suficientemente bien como para llevar una vida ordinaria, no me queda otro remedio que creer en vuestra palabra. ¿Dónde os alojáis ahora? ¿Estáis todavía en casa del herrador?

– Sí, señora, allí estoy. Le he dicho a Gunter, el herrador, que no me encontraría cómodo en su casa si no le pagaba algo y ha accedido de mala gana. No tenía otra alternativa, porque no quería volver a la taberna, por lo menos hasta que hayamos cogido al Flamenco.

– El rata ése con quien os ibais a encontrar, ¿no os habrá traicionado y se lo habrá contado todo al Flamenco?

Justino había pensado eso mismo durante toda la semana.

– No lo sé, señora. Es posible. Eso o es torpe o inepto en la búsqueda del Flamenco. Y si Gilbert se enteró de que estaba olfateando algo y se enfrentó con él, sin lugar a dudas le espetó todo lo que sabía ¡y mucho más que no sabía!

– Decidme, ¿os ha estado ayudando el justicia a averiguar el paradero de ese hombre, como le ordené?

– Ha cumplido vuestros deseos, señora, y me ha mandado a su mejor hombre para que me ayude en esta persecución.

La frente de Leonor se ensombreció y frunció ligeramente el ceño.

– ¿Sólo uno?

– Este, en concreto, es más que suficiente, señora. Es muy…

Había habido varias interrupciones en el curso de esta conversación, pero habían sido discretas; el crujido de los goznes de la puerta, el leve sonido de unos pasos sobre los juncos y una retirada. Esta vez se oyó un portazo inoportuno y sin esperar a que se le anunciara, Will Longsword irrumpió en la estancia. Will tenía un aspecto más inquieto y agitado que la última vez que Justino lo vio en los jardines de Westminster. Su cabello de color claro, desmelenado por el viento, salpicado de nieve, y su rostro tan enrojecido por el frío que las pecas parecían haber desaparecido. Dirigiéndose apresuradamente hacia Leonor, se postró de rodillas ante ella.

– Señora, llegué demasiado tarde. Cuando puse los pies en Southampton, Juan se había hecho ya a la vela.

Leonor se movió para levantarse de su sitial y después se volvió a hundir en él.

– Sé qué hiciste lo que pudiste, Will.

Justino miró a Will y luego a la reina.

– Señora, ¿dónde ha ido lord Juan?

– A Francia -dijo Leonor, y aunque su voz era sosegada, por el ligero movimiento de uno de los músculos de su mejilla se desprendía que estaba desasosegada-, A la corte del rey de Francia.

Justino siguió a Will desde el gran aposento real hasta el salón. Se acercaron al fuego, con lo que Will pudo calentarse las manos sobre las llamas.

– Tal vez los guantes no sean una moda moderna y propia de petimetre, después de todo -reconoció-. ¡Santo Cristo, lo que me disgusta tener que traerle malas noticias!

– ¿Qué ha pasado?

– ¿Sabéis ya lo de la desaparición de Juan la noche de la Purificación? Pues bien, cuando nos enteramos de que lo habían visto en el camino de Winchester, me puse en camino para darle alcance. Supongo que se habría ido en dirección al West Country o a pasar unos días en Gales.

Pero Winchester está a doce millas de la costa, así que me dirigí a Southampton como si la cola de mi caballo estuviera en llamas, pero de nada me sirvió. Cuando llegué allí, él había cruzado la mitad del Canal.

– ¿Y qué pensabais hacer? -preguntó Justino con curiosidad. Will le dedicó una sonrisa triste.

– ¡Maldita sea, ni yo mismo lo sé! Tratar de razonar con él, supongo. No es que haya conseguido nunca que me escuche, pero tenía que intentarlo, aunque no sacara ningún provecho de ello más que ampollas del roce de la silla y congelarme.

Justino sabía, como la mayoría de la cristiandad, que Juan y Ricardo tenían un vínculo fraternal en la tradición de Caín y Abel. Le parecía ahora ver a Juan de una manera diferente porque si podía inspirar tal lealtad en un hombre como Will, no podía ser tan despreciable.

– Estoy de acuerdo con la reina -dijo-. Hicisteis lo que pudisteis y ¿qué otra cosa puede hacer un hombre?

Will se encogió de hombros.

– El problema, muchacho -añadió-, es que el rey francés está también haciendo lo posible, y si consigue lo que quiere, el rey Ricardo no volverá a ver Inglaterra.

Justino se despidió de Will, cruzó el salón y llegó a las escaleras. Estaba muy oscuro porque se había apagado una antorcha de la pared, así que empezó a bajar las escaleras muy despacio. Inmerso como estaba en la caza del Flamenco, no oyó las pisadas debajo de él, ligeras y apresuradas. No se dio cuenta de la mujer que subía apresuradamente las escaleras hasta que ésta al girar chocó con él. Al tropezar ella, Justino alargó el brazo para sostenerla y aspiró una fragancia familiar.

– ¡Oh! -hablaba en tono bajo, como sorprendida-. Lo siento.

– Yo no…

Claudine sonrió en las sombras, al reconocer la voz…

– Justino de Quincy, sois el hombre más imprevisible que he conocido jamás. ¿Qué hacéis aquí escondido en las escaleras?

– Esperando encontraros, demoiselle.

– Bien -dijo ella suavemente-, pues aquí me tenéis.

Tal vez Justino no hubiera llegado a tener nunca una relación con una mujer como Claudine, pero sí tenía suficiente experiencia para reconocer una invitación cuando se le hacía. Acercándose para que no hubiera ningún espacio entre ellos, le puso los dedos bajo la barbilla e inclinó su rostro para poder unir sus bocas. Su reacción fue precisamente lo que él deseaba: sus labios se entreabrieron y sus brazos le rodearon el cuello.

Finalmente, el ruido de una puerta al abrirse allí cerca interrumpió el hechizo erótico, y se separaron.

– Vamos -susurró Claudine-, esos pasos pueden ser los del capellán de la reina.

Bajaron las escaleras corriendo cogidos de la mano y salieron al patio. Había estado nevando sin cesar toda la mañana y los copos de nieve oscilaban perezosamente alrededor de ellos, tan suaves y leves al tacto que bien pudieran haber sido un aguacero de delicadas flores de invierno. Cuando Claudine cogió un poco de nieve con la punta de la lengua, Justino se echó a reír.

– ¡Hazlo otra vez y no respondo de las consecuencias!

– Me importan un bledo las consecuencias -dijo con un tono de ligereza, haciendo como si estuviera chupando otro poco de nieve con el labio inferior-. Llevo algún tiempo pensando en preguntarte, Justino, si has encontrado el broche de mi manto, una luna creciente de plata. Tal vez lo perdí en tu casita, porque lo echo de menos desde que te visité aquella noche.

– Lo buscaré -dijo Justino y le cogió la mano para llevársela a los labios, besándole la palma, y luego la parte interior de la muñeca.

– Será más fácil encontrarlo si lo buscamos juntos.

– ¿A qué esperamos? -Cuando lo cogió del brazo, Justino pensó que si Eva tenía una sonrisa tan cautivadora como la de Claudine, no era de extrañar que Adán hubiera estado tan dispuesto a probar el fruto prohibido.

La casa estaba fría, nadie se había molestado en encender el fuego en la chimenea, y no tuvieron más remedio que calentar la cama. Se metieron debajo de las mantas para calentarse y compartieron una comida que Justino había improvisado de su escasa despensa. Se disculpó por la sencillez de la comida, pero lo único que hizo Claudine fue reírse, asegurándole que era un anfitrión perfecto en lo que realmente importaba. El no había conocido jamás una mujer tan juguetona y provocativa y observándola mientras comía con fruición su ración de pan moreno y queso de cabra, experimentó una sensación de inquietud. Sería muy fácil enamorarse de ella, tan fácil como peligroso.

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