El hombre de la reina
- Автор: Penman Sharon Kay
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:
Estaba frente a la herrería de Gunter y decidió detenerse primero allí porque quería saber cómo estaba Copper.
– ¿Gunter? -llamó. Al no recibir respuesta, probó a abrir la puerta. No estaba cerrada con llave y la empujó hacia adentro. En el interior todo estaba en silencio. La fragua se apagaba por la noche y no se encendía hasta que volvía el herrador, pero sí ardía una lámpara de aceite, lo cual indicaba que no tardaría mucho. La herrería estaba muy ordenada; Gunter era evidentemente un hombre que pensaba que el orden era una de las virtudes de Dios. Un yunque de hierro pesado ocupaba la mayor parte de la fragua y estaba montado sobre un gran tronco de roble. Una selección de martillos, mazos y cinceles se alineaban sobre un banco de madera. Un par de tenazas crepitaban aún en el depósito del agua, señal de que Gunter acababa de terminar su trabajo, porque era demasiado meticuloso y recogía las tenazas apenas se enfriaban. Lo más probable es que estuviera en la taberna del otro lado de la calle, pensó Justino, recordando que Nell le había dicho que al herrero le gustaba venir por la tarde a echar un trago.
La parte de atrás de la herrería daba al establo. Tenía cabida sólo para cuatro caballos y dos plazas estaban ocupadas. Copper había puesto la cabeza sobre la puerta de su compartimiento. Cuando Justino le dio unas palmaditas en el cuello, el animal acarició con el hocico el manto de su amo, buscando en vano algún regalito. El otro caballo era un recién llegado y hasta en la oscuridad del establo le llamó la atención a Justino porque el blanco era un color poco frecuente y altamente valorado en un caballo. Pero cuando se acercó, vio que no era blanco del todo. Era alazán pálido y no era lo que se dice un potro, con la curvatura del lomo muy pronunciada y un tumor en el corvejón. Pero Justino continuó mirándolo. ¿Un caballo blanco que resulta ser alazán lavado? ¿Qué le recordaba? ¿Qué estaba tratando de decirle su memoria?
No se oía nada porque la paja ahogaba los pasos de un intruso. Si no hubiera sido por su caballo, habría muerto en aquel instante, antes de saber lo que estaba pasando. Pero cuando relinchó el caballo, se giró y el lazo no le cogió el cuello únicamente, sino que enganchó también parte de la capucha del manto.
Antes de que Justino pudiera reaccionar, la correa se fue apretando, obstruyéndole el paso del aire. Instintivamente se agarró a la cuerda y el tejido enganchado le dio los segundos que tan desesperadamente precisaba, el tiempo que necesitaba para meter sus dedos debajo del lazo. El cuero se le estaba clavando en la garganta, pero consiguió detener el proceso de estrangulación. Sabiendo que si no se zafaba ahora del hombre que lo tenía agarrado, nunca lo haría, dejó de clavar sus dedos en el lazo y se echó hacia atrás. Oyó que su agresor exhalaba un grito de dolor al chocar ambos contra la pared del establo; entonces retorció el cuerpo hacia un lado y logró soltarse.
– ¡Átalo! -gritó su agresor y fue sólo entonces cuando Justino se dio cuenta de que eran dos hombres. El segundo salió de las sombras y la escasa luz de la lámpara arrancó reflejos de una daga desenvainada. Justino reconoció enseguida al hombre que se había convertido en su némesis y que tenía la intención de ser su verdugo. Sin tiempo para desenvainar su espada lanzó su brazo hacia delante para desviar la hoja. Respirando entrecortadamente al recorrerle el dolor el brazo desde la muñeca hasta el codo, giró sobre sus talones para evitar el segundo golpe y agarró la mano del asesino que sujetaba el cuchillo. Los labios del Flamenco se habían apartado de sus dientes en una mueca que parecía una extraña sonrisa y Justino se encontró frente a unos ojos que reflejaban todos los horrores del infierno, tan desprovistos estaban de compasión, conciencia o humanidad.
– ¡Mátale deprisa -urgió el compinche de Gilbert- antes de que alguien oiga el ruido!
Tenía la espada desenvainada y trataba de cogerle por detrás para apuñalar a Justino por la espalda. La lucha los había llevado a la fragua. Mientras forcejeaban el uno con el otro, se acercaban, tambaleándose, a la forja, y cayeron dando tumbos contra el yunque de Gunter. El Flamenco se dio contra el banco en la pantorrilla. Perdido ya el equilibrio, no se pudo enderezar y cayó al otro lado del yunque en las pajas del suelo, arrastrando a Justino con él.
Justino se dio un duro golpe contra el suelo y cuando trató de levantarse, el cuarto parecía que diera vueltas. Cuando al fin recuperó su visión, los dos asesinos estaban de pie, acercándose a él. Pero antes de que pudieran agredirle, la puerta se abrió de golpe y ambos se dieron la vuelta para encontrarse cara a cara con el herrador.
Los ojos de Gunter pasaron de Justino, aturdido y sangrando, a los dos hombres con las dagas desenvainadas. Creyeron que el herrador se daría a la fuga, pero en vez de eso continuó avanzando hasta que estuvo dentro de la habitación. La sorpresa de los criminales fue evidente, pero no perdieron el tiempo en enfrentarse a esta nueva amenaza y Gilbert cambió de posición para impedir la retirada de Gunter.
– No te debías haber metido en esto, viejo -dijo burlonamente-, porque ahora vas a morir tú también. -No pudo decir más porque Gunter se había adelantado a coger algo de las sombras del establo. Retrocedieron al ver esta nueva arma, una horca de aspecto mortal. Para entonces Justino se había levantado del suelo y estaba tratando de desenvainar la espada.
– ¡Cuidado! -gritó Gunter de repente-, ¡cuidado! ¡Ladrones! -Al mismo tiempo que lo decía se acercaba amenazador hacia ellos. Contraventanas y puertas empezaron a portear y se podían oír otras voces, cuyos ecos se levantaban en el aire de la noche. Los forajidos no lo dudaron más, se dieron la vuelta y se lanzaron a la puerta.
Lo que recordaba Justino de lo que pasó a continuación permanecería borroso en su mente. Al huir los hombres, Gunter salió detrás ele ellos, levantando la alarma con tanta eficacia que una docena de ciudadanos se unieron a la persecución y a éstos se unieron después muchos más. En unos momentos la fragua estaba llena de gente que acribillaba a preguntas a Justino. Fue un gran alivio cuando Nell se hizo cargo de ellas, porque él estaba aún muy alterado.
– ¡María, madre nuestra, mirad la sangre! -exclamó y le arrastró hacia el banco que se había vuelto a poner en su sitio-. Sentaos aquí, no os vayáis a caer. Y levantad el brazo: eso detendrá la hemorragia. ¿Qué os ha pasado en la cabeza?
Justino no se había dado cuenta.
– Nada -murmuró, pero cuando se llevó la mano a ella y al retirarla vio que estaba pegajosa y manchada de sangre, rectificó-. Supongo que me caí contra…
Nell se inclinó bruscamente, pasando los dedos por una de las esquinas del yunque.
– Apuesto a que os habéis dado con la cabeza en el banco -anunció triunfalmente-, ¿Veis esta sangre?
Justino se inclinó para mirar y se volvió a echar hacia atrás, asustado, porque la cabeza empezaba otra vez a darle vueltas. Nell vio que se estaba poniendo pálido, se acercó a él y le tocó la frente.
– ¡Estáis tan frío y sudoroso como una tumba! Creo que debemos llevaros enseguida a la taberna, para que yo pueda poneros una venda como Dios manda en ese brazo. ¿No hay nadie que haya mandado venir todavía a una patrulla de vigilancia? Virgen bendita, ¿es que soy yo la que tiene que hacerse cargo de todo? ¡Vete tú, Osborn, date prisa! Y tú, Ellis, ayúdame a poner a este hombre de pie. Y, por piedad, ¿hay alguien que deje entrar a ese perro?
Justino se encontraba cada vez peor, luchando contra las náuseas. Cuando Shadow entró disparado en la fragua y se tiró a Justino, éste se tambaleó y casi se cae otra vez.