El hombre de la reina
- Автор: Penman Sharon Kay
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:
– ¿Y qué le pasó? -preguntó Justino, sabiendo de antemano que la historia del herrero no iba a tener un final feliz.
– Se ahogó cuando tenía trece años. Estaba jugando con unos amigos al lado del río y se cayó en él. Esto ocurrió mucho antes de que yo viniera a vivir a esta calle. Tom tendría ahora más o menos tu edad si viviera.
Nell le contó las desgracias del herrador como una cosa natural, como si le estuviera contando las suyas. Aceptaba el dolor como aceptaba el frío de enero o el calor reseco de julio.
– Déjame que te traiga un poco más de sopa -le dijo, y sin hacer caso de que Justino rechazaba su ofrecimiento, se dirigió a la lumbre y empezó a llenarle otro cuenco.
– ¡Casi se me olvida! -Se volvió con tal apresuramiento que casi derramó la sopa-. Vino ese sargento. No me puedo acordar de su nombre, ése que parece como si se hubiera escapado del infierno cuando el diablo estaba de espaldas. Todos le dijimos lo que pudimos y dijo que volvería mañana, ¡si, por azar, estabas todavía vivo! No tengo más remedio que decirte, Justino, que no me gustan mucho los amigos que tienes.
– A mí tampoco, Nell. -A Justino empezó a dolerle otra vez la cabeza. La apoyó en la almohada, cerró los ojos y se quedó dormido instantáneamente, pero momentos después le despertó la entrada de Gunter.
– Tenéis mejor aspecto que la última vez que os vi -dijo el herrador, con una leve sonrisa, y Justino sintió que lo invadía un sentimiento de gratitud tan intenso que se le hizo un nudo en la garganta.
– Si no hubiera sido por vos, lo tendría mucho peor porque sería un cadáver. Os debo la vida, Gunter. No sé cómo pagar una deuda así. Si hay algo que pueda hacer por vos: acompañaros a una peregrinación a Tierra Santa, atrapar a cualquiera de vuestros enemigos, limpiar de estiércol vuestros establos, estoy a vuestra disposición.
– A lo mejor acepto vuestro ofrecimiento sobre los establos. -Aunque trataba de no dar importancia a lo acontecido, los ojos de Gunter estaban tristes-. ¿Os dijo Nell que aquellos forajidos se escaparon? Por eso me quedé muy inquieto esta tarde cuando un hombre vino a a la taberna preguntando por vos. Dijo que se llamaba Nicolás de Mydden. ¿Lo conocéis?
Justino arrugó el entrecejo.
– No, ese nombre no me dice nada.
– ¿Se acordaba Ellis de lo que le ordené que dijera si alguien venía a preguntar por Justino? -Volviéndose al propio Justino, Nell explicó-: Ellis es un chico del pueblo que me echa una mano en la taberna cuando lo necesito. No me habrá dejado mal, ¿verdad Gunter?
– No, insistió una y otra vez en que nunca había oído hablar de ese tal Justino de Quincy. Pero el hombre vino a buscarme a mí a la herrería. Sabía todo lo de vuestro caballo cojo, Justino, así que a duras penas podía hacerme el tonto, como Ellis. Le dije que fuera a la otra taberna de Gracechurch Street.
– No sabía que hubiera en esta calle otra taberna -dijo Justino sorprendido, y Gunter lo miró con un destello inesperado de buen humor.
– No la hay, por lo que Mydden se dará cuenta de ello y volverá aquí. Más vale que decidamos lo que queremos hacer de él.
Justino estaba perplejo. Ni Gilbert el Flamenco ni Pepper Clem podían haberse enterado de lo de la cojera de Copper.
– Y este Nicolás de Mydden, ¿qué pinta tiene, Gunter?
– Acicalado como un gato. Que Dios nos asista si alguna vez se le salpica su espléndido manto de barro o se le ensucian de fango los zapatos. No tan alto como vos, con el cabello y la barba del color de la paja secada al sol y el tipo de cortesía que es difícil distinguir de un insulto. De origen noble, diría yo, pero también un mentiroso redomado, fijaos que alegó que teníais una cita con él en la Torre antes del mediodía.
– ¡Santo Dios! -exclamó Justino y se incorporó bruscamente, lo que le produjo un vivísimo dolor. Cuando vio a la reina en Westminster el día de la Purificación, le prometió que le presentaría un informe el lunes siguiente-. ¡La Torre, se me había olvidado! ¡Hoy es lunes!
Gunter lo observó detenidamente.
– ¿Así que os gustaría verle, después de todo?
– Sí -Justino vaciló, atormentado ante el dilema, por una parte del silencio que le debía a Leonor y, por otra, de la honestidad y lealtad que les debía a Gunter y a Nell-. De verdad que no conozco a ese hombre -dijo al fin-, pero tengo que verle. Es uno de los caballeros de la corte de la reina. Os contaría más cosas si pudiera hacerlo. Y espero conseguirlo más adelante. Hasta ese momento, os ruego que confiéis en mí y que me lo traigáis aquí.
– Entonces, más vale que vaya a buscarlo -dijo Gunter sin alterarse, y se dirigió a la puerta.
A diferencia del herrador, Nell no hizo nada por controlar su curiosidad. Clavó su mirada en Justino.
– ¡La corte de la reina! -repitió con un tono de incredulidad-. Pues ¿quién eres tú, Justino de Quincy?
A Justino, Nicolás de Mydden le recordaba a un gato. Esmeradamente acicalado, distante y reservado. Si llevaba su cabellera alborotada por la desesperada e infructuosa caza que se le había encomendado, nada, en cambio, ni en su comportamiento ni en su semblante le delataba esa inquietud. Siguió a Gunter hasta la casa sin quejarse y, una vez allí, esperó serenamente a que Justino le diera una explicación.
Resultó ser una persona que sabía escuchar y así lo hizo sin interrumpirlo. Sólo cuando Justino terminó, dijo:
– Cuando no aparecisteis en la Torre esta mañana como habíamos convenido, la reina temió que os hubiera ocurrido algo. Después de todo, a las reinas no se les hace esperar porque un hombre se haya despertado tarde o porque se haya detenido en una taberna en el camino. Yo no sé nada de la misión que estáis llevando a cabo para la reina -continuó prudentemente-, sólo sé que era necesario que os viera. Pero asumo que ese ataque que habéis sufrido no ha sido la consecuencia de un robo al azar.
– Podéis jurarlo sin temor a equivocaros -dijo Justino con gravedad-. Su Majestad ha demostrado su bondad al enviaros para interesarse por mí. Haced el favor de decírselo así y que me presentaré ante ella en cuanto pueda levantarme, dentro de uno o dos días.
Nicolás asintió…
– ¿Alguna otra cosa?
– Sí. -Justino levantó la vista y la clavó en el otro hombre-. Decidle que he sido imprudente. Pero decidle también que no volverá a ocurrir.
El médico llegó poco después de haberse marchado Nicolás de Mydden; le diagnosticó que estaba reponiéndose y pidió el dinero de la consulta. Nell pasó la tarde entrando y saliendo de la habitación cuando encontraba un momento libre en la taberna. También le hicieron otra breve visita Gunter y Agnes y Úrsula, la viuda, las vecinas que actuaban de enfermeras de Justino, y unos cuantos de los habituales parroquianos de la taberna que habían tomado parte en el revuelo de la persecución de sus agresores. Cuando cayó la tarde y empezó a oscurecer, Justino estaba agotado y se quedó finalmente dormido en una habitación llena de gente que no hacía más que entrar y salir.
Su sueño era todavía inquieto, lleno de presentimientos. No cesaba de dar vueltas y más vueltas en la cama, hasta que se despertó sobresaltado. Las gotas de sudor se le metían en los ojos y el corazón le latía tan fuerte que le golpeaba las costillas.
– Tranquilizaos -murmuró una voz suave y femenina-. Era sólo un mal sueño.
– Nell… -susurró apenas, y se habría quedado dormido otra vez si la mujer no se hubiera adelantado a corregir.
– No, soy Claudine.
– ¿Claudine? -preguntó Justino, y sus ojos se abrieron de repente.
A Claudine le divirtió su evidente perplejidad.
– Convencí a Nicolás de que me trajera aquí; está esperándome en la taberna para volver a llevarme. Quería ver con mis propios ojos que no estáis en vuestro lecho de muerte -y extendiendo la mano le tocó la barba con los dedos y los verdugones de la garganta-. ¿Tenéis sed?