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El hombre de la reina

Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:

En 1193, el joven Justin de Quincy descubre casualmente una pista que puede desvelar el paradero de Ricardo Corazón de León, a quien se da por muerto. Leonor de Aquitania, la reina que escandalizó al mundo al divorciarse del que sería rey de Francia (Luis VII) para casarse con Enrique II, le encomienda una investigación que le obligará a adentrarse en el complejo y peligroso mundo de las intrigas que rodean la corte de Leonor.
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Cuando dijo que sí con un movimiento de cabeza, ella volvió con una copa de vino diluido en agua y le observó mientras bebía.

– Esta Nell…, ¿es vuestra mujer?

– No -contestó, y Claudine sonrió.

– Me alegro. -Se inclinó y le besó en la frente-. Ahora descansad -le instó-. Yo me quedaré aquí hasta que os durmáis.

A la mañana siguiente, Justino recordaba vivamente los sorprendentes acontecimientos que tuvieron lugar junto a su lecho, aunque no podía estar seguro de si lo que estaba recordando era la realidad o una pesadilla febril. Pero ni siquiera la visita de Claudine pudo disipar el recuerdo de Gilbert el Flamenco, así que aquel día fue un día deprimente para él. Le dolía la cabeza, tenía dolores punzantes en el brazo herido y sus nervios estaban más tensos que la cuerda de un arco. Veía enemigos en las sombras y sombras por todas partes.

El doctor le había recomendado que se quedara en la cama, pero ni su temperamento ni sus circunstancias le permitían una larga convalecencia. Hizo un esfuerzo para levantarse a media mañana, sin preocuparse de sus músculos doloridos y rígidos y se vistió como pudo en una de las breves ausencias de Nell.

Con gran contrariedad por su parte, el simple caminar de un lado a otro por la casita de Gunter le agotaba. ¿Cómo iba a poder defenderse si se encontraba tan flácido y débil como una vela derretida? No tardó mucho en tener que lidiar también con Nell, porque ésta se puso furiosa al ver que se había levantado. Por pura terquedad, se negó a hacer caso de sus reprimendas y permaneció de pie hasta que ella regresó a la taberna. Tan pronto como desapareció, dejó a un lado su orgullo y se desplomó en la cama. No había hecho más que quedarse dormido cuando le despertó una insistente llamada a la puerta, de alguien que quería entrar en el cuarto. Tambaleándose medio adormilado, cruzó la habitación y abrió la puerta. Era Jonás.

En cuanto echó una ojeada al rostro ceniciento de Justino, el sargento se desató la bota de vino de su cinturón.

– Tenéis el aspecto de un hombre que necesita echar un trago. -Tirando la bota en dirección a Justino, se sentó a horcajadas en la única silla que había en la casa y exclamó-: He oído decir que habéis encontrado a Gilbert el Flamenco.

– Supongo que ésa es una manera de describir lo ocurrido. -Justino se sentó en la cama y tomó otro trago de la bota de Jonás; tenía la impresión de que iba a necesitarlo.

– Por supuesto, sería más exacto decir que él os encontró a vos. -Jonás hizo un gesto y cogió hábilmente la bota que Justino le tiró por los aires. Después de echar un buen trago, añadió-: He estado tratando de averiguar qué debe maravillarme más: si vuestra extraordinaria suerte o vuestra sorprendente insensatez.

Esa fue la pulla más horrible que más se acercaba a la verdad para no dejarse afectar por ella.

– Cuando estéis echando la cuenta de mis errores -interrumpió Justino-, no os olvidéis de incluir el haber seguido vuestro consejo de localizar a Pepper Clem.

– La cuestión de Pepper Clem puede esperar. Empecemos con el Flamenco y toda esa carnicería en el establo. El herrador dice que eran dos hombres. ¿Podríais identificar al asesino compinche de Gilbert?

– No estoy seguro -confesó Justino-, Fue el que me echó el lazo al cuello y tuve mucho que hacer después de que ocurriera para fijarme bien en él. Era joven y fornido, con el pelo castaño y rizado. Eso es lo único que os puedo decir. En aquel momento estaba concentrando toda mi atención en la daga de Gilbert.

– Se puede aplicar esa descripción a la mitad de los asesinos de Londres -dijo Jonás muy a su pesar-. Así que, volvamos a Gilbert. Supongamos que empezáis por decirme cómo os localizó en esa fragua.

– Yo había quedado con Pepper Clem en una taberna de Southwark, pero no acudió a la cita. Los asesinos estarían escondidos esperándome, no en la misma taberna, donde habría reconocido a Gilbert, sino al otro lado de la calle o en la casa de baños. Cuando decidí dar a Clem por perdido, me seguirían hasta Londres. Como las calles estaban abarrotadas a esas horas y ellos sabían bien lo que querían, yo no los vi hasta que fue demasiado tarde.

– Todo eso me lo imaginaba. -Jonás lanzó la bota hacia la cama donde estaba sentado Justino-, Fuisteis realmente estúpido al no tomar precauciones. Pero de eso ya estaréis más que curado. He de decir en vuestro favor que lograsteis impedir que os mataran en el acto, que es más de lo que la mayoría de las víctimas de Gilbert podrían decir.

– Lo que me sorprende es por qué se molestaron en echarme el lazo. Justino se llevó los dedos a la garganta, siguiendo la trayectoria de las magulladuras causadas por la tralla de cuero. ¿No era más fácil meterme una daga por debajo de las costillas?

– Os voy a explicar el porqué. Querían haceros primero algunas preguntas y el lazo es la manera más eficaz de conseguir respuestas. Impide el paso del aire por la garganta de un hombre, hasta que se desmaya, y cuando recupera el sentido, se aprieta la cuerda hasta que él mismo te suplique que le preguntes lo que quieres saber. Si no lo calculas bien y lo estrangulas en la lucha, no importa, porque lo habrías matado de todas maneras después.

– Es una ciudad muy acogedora, este Londres -dijo Justino con acritud, yjonás sonrió amargamente.

– Dad las gracias de haber estado en posesión de una información que Gilbert quería conseguir, de lo contrario os habrían cortado a trozos como a un ganso de otoño antes de tener tiempo de daros cuenta de lo que pasaba. ¿Sabéis lo que quería que le dijerais?

– Fui testigo de un asesinato que él cometió y tal vez por eso haya decidido asegurarse de que yo no pueda actuar de testigo contra él. Pero primero querrá saber por qué voy tras él.

– Tampoco me importaría a mí saber eso. La relación que tenéis con ese auxiliar del justicia me parece algo turbia, pero supongo que no me lo vais a contar. De momento, basta saber que los dos queremos ver ahorcado a Gilbert. Así que empecemos a hacer planes para lograrlo.

– ¿Es que me vais a ayudar? ¿Y qué ocurrirá con el incendio en Lime Street y ese indignado concejal?

– No existe un justicia en la cristiandad que obedezca los deseos de un concejal antes que los de una reina. Parece ser que olvidasteis mencionar que tenéis amigos en la corte. Al justicia se le ordenó anoche acudir a presencia de la reina y ella le dijo sin ambages que quería que se atrapara a Gilbert el Flamenco lo antes posible, mejor ayer. Así que parece que vos y yo vamos a ir juntos de caza.

Justino agradeció la intercesión de Leonor. Jonás tal vez fuera más irritable que un erizo, pero a Justino le gustaba tener al sargento como aliado. Manda un lobo atrapar a otro lobo.

– Sugiero que empecemos esta persecución tratando de encontrar las huellas de Pepper Clem.

– Eso es precisamente lo que yo estaba pensando -Jonás agarró otra vez su bota, tomó un último trago y a se puso de pie-. Mientras os estéis recuperando, veré lo que puedo averiguar.

– Buena suerte. Pepper Clem tiene mucho que explicaros.

Jonás había llegado a la puerta. Mirando hacia atrás dijo, con escalofriante certeza.

– Si tiene las respuestas que necesitamos, nos las dará. -Pero a continuación asustó aún más a Justino cuando añadió-: Suponiendo, claro está, que esté todavía vivo.

12. LONDRES

Febrero de 1193

Leonor pidió a Justino que se acercara a la luz más próxima, un alto candelabro de varios brazos.

– Venid aquí que os pueda ver mejor. ¿No es muy pronto para estar levantado y andar de un lado a otro? ¿Qué os ha dicho el médico?

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