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El hombre de la reina

Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:

En 1193, el joven Justin de Quincy descubre casualmente una pista que puede desvelar el paradero de Ricardo Corazón de León, a quien se da por muerto. Leonor de Aquitania, la reina que escandalizó al mundo al divorciarse del que sería rey de Francia (Luis VII) para casarse con Enrique II, le encomienda una investigación que le obligará a adentrarse en el complejo y peligroso mundo de las intrigas que rodean la corte de Leonor.
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Tenía el pelo suave como la seda y negro como una medianoche de verano. Cuando le puso una larga guedeja alrededor de su garganta, Claudine se rió y le mordió el lóbulo de la oreja con unos dientes que parecían pequeñas y perfectas perlas. Apoyando la cabeza en su hombro, le preguntó:

– ¿En qué estás pensando? En mí…, supongo.

Justino no podía decirle qué estaba pensando: quiera demasiado cautivadora para él. En su lugar, le dijo como quien no quiere la cosa:

– Estaba pensando que debía haber una ley que impidiera a una mujer ser tan hermosa. No solamente es injusto para las otras mujeres, sino que es un riesgo para el tráfico que circula por la ciudad. Es muy probable que los hombres que cabalgan por ella te miren más a ti que a la calle y suelten las riendas de sus caballos y pierdan los estribos para postrarse a tus pies en mitad de la calle.

Ella sonrió suavemente.

– ¡Cuánta razón tienes! Hasta el alcalde me pidió quino me aventurara a salir a la ciudad durante el día porque no podían hacer frente al caos que ocasionaba. ¿Te importaría que limitara mis visitas a las horas de la noche?

Justino se incorporó y se apoyó en el codo.

– Tendré que pensarlo. ¿Crees que debe inquietarme el que tú puedas ser un súcubo? Estos seres salen también solamente de noche.

Claudine parpadeó.

– ¿Un qué?

– Un súcubo, un espíritu sensual de mujer que viene por la noche a robar el semen del hombre mientras duerme.

– Me has cogido in fraganti -confesó ella-. Soy ciertamente un súcu… o lo que sea, y uno con mucha suerte. ¡Te he robado tu semen ya dos veces esta tarde y tú no opusiste la menor resistencia!

Justino sonrió.

– Las leyes de la guerra estipulan entrega incondicional a los súcubos. ¿Cómo es posible que no supieras eso, Claudine?

– Desgraciadamente, mi educación intelectual ha sido poca. La tuya, sin embargo, parece haber sido muy completa. ¿Estás seguro de que no eres uno de los hijos ilegítimos del rey Enrique? ¿Quién eres, Justino, de verdad?

– Soy un hombre hechizado por tus ojos oscuros -contestó, eludiendo la pregunta-, un hombre sediento otra vez de tus besos dulces como el vino.

Ella había sido tan generosa con la historia de su vida como lo había sido con su cuerpo, hablando con franqueza de su difunto esposo y de sus hermanos residentes en Aquitania, contándole cosas de una juventud bañada por el sol, que parecían el polo opuesto de los años solitarios de la infancia de Justino. ¿Qué le podría contar él a cambio? ¿Algo sobre los insultos, llamándole «bastardo» y «cachorro del diablo» y la obstinada negativa de Aubrey a reconocer su paternidad?

Claudine se volvió para verle la cara.

– Así que lo que quieres es seguir siendo un hombre misterioso, ¿no es eso? Eso es cosa tuya, pero quiero advertirte que yo soy muy hábil para resolver rompecabezas. Lo primero es lo primero… -y se inclinó sobre él y le dio un beso «dulce como el vino». Echándose hacia atrás, lo estudió detenidamente-. Yo sé poco latín, no más que las respuestas de la misa y unas pocas frases sueltas… como Carpe diem. ¿Sabes el significado de esa frase, Justino?

– Sí -dijo él lentamente-, lo sé. «Apodérate del día.»

Ella asintió.

– Es un pensamiento profundo, ¿verdad? -Cuando él hizo un gesto afirmativo de cabeza, ella sonrió y lo volvió a besar.

Justino comprendió mucho más que la mera traducción de la frase latina. Comprendió que lo que ella estaba tratando de decirle, con el mayor tacto posible, era que no había un futuro para los dos juntos. Eso ya lo sabía él. Ella era una criatura privilegiada, viuda con propiedades en Aquitania y un lejano parentesco con la reina. En cambio, él era un hijo del pecado, sin propiedades, sin tierra donde pudieran enterrarle. Todo lo que poseía cabía en las alforjas de su montura. Podían compartir un lecho, pero no un mañana, hacer el amor pero no hacer planes. Se alegró de su discreta advertencia. En bien de ambos no debía pedir más de lo que ella podía dar.

– «Apodérate del día» -repitió, y la cogió en sus brazos. Pero unos momentos después, les sorprendieron unos fuertes golpes en la puerta. Arropándose en una manta, Justino desenvainó la espada antes de descorrer el cerrojo y entreabrir la puerta.

El hombre que estaba fuera era un desconocido.

– ¿Señor De Quincy? Me manda mi sargento.

Justino abrió la puerta un poco más.

– ¿Jonás?

– Sí. Me ha dicho que os lleve a su presencia.

– ¿Por qué?

– El señor Jonás no es hombre que dé explicaciones. Dice: «¡Hazlo!» y lo hacemos o Dios nos asista. Quiere que os encontréis con él inmediatamente en Moorfields.

Justino estaba todavía aprendiendo los vericuetos, los alrededores y los barrios de Londres.

– ¿Dónde está Moorfields?

El hombre lo miró con el asombro integral de un nativo de Londres.

– ¡Pero si todo el mundo sabe dónde está Moorfields! Son los prados al norte de las murallas de la ciudad. ¿Queréis que os espere? -Cuando Justino hizo un ademán negativo con la cabeza, se preparó para marcharse y después miró hacia atrás-. Creo -añadió- que os quiere para no sé qué de un cadáver.

Moorfields era un lugar de recreo para la gente joven y aventurera de Londres. Tan pronto como en el invierno se helaban las aguas acudían las multitudes a los pantanos a patinar. Descendían en picado por el hielo, los más atrevidos propulsándose a sí mismos con los pies atados a las tibias de los caballos y valiéndose de bastones rematados en puntas de hierro que hacían de palanca para ganar velocidad. Era un lugar generalmente animado y bullicioso, en donde resonaban gritos de alegría. Ahora estaba todo sombrío y silencioso y había grupos de jóvenes a lo largo de la orilla observando solemnemente a Jonás y a sus hombres mientras éstos daban vueltas en torno a un ancho y profundo agujero en el hielo, rastreando por el agua helada y turbia con largos palos de madera.

Aunque daba la impresión de estar concentrando toda su atención en su trabajo, no por ello dejaba Jonás de darse cuenta de lo que acontecía a su alrededor. Cuando Justino detuvo a Copper a la orilla del agua, el sargento ordenó a sus hombres que continuaran la búsqueda y él se dirigió a Justino, tan seguro de sus pasos sobre el hielo como lo estaba en tierra firme.

– Cómo vinisteis, ¿por Dover?

Justino no le iba a explicar que tuvo primero que acompañar a Claudine a la Torre. Desmontó rápidamente, haciendo caso omiso de la irritación de Jonás.

– ¿Qué pasa?

– Unos muchachos insensatos estaban patinando sobre el hielo, que se resquebrajó bajo su peso. Sus amigos lograron salvar a uno, pero el otro chaval se ha ahogado. Estamos intentando recuperar el cuerpo.

– ¡Que Dios le perdone! -Justino trazó un rápido esbozo de la señal de la cruz en el aire de la tarde, preguntándose al mismo tiempo por qué querría Jonás que él viera el cuerpo de este pobre muchacho ahogado-. ¿Os acostumbráis alguna vez a esto? Debe de ser difícil, teniendo que mirar la muerte a la cara día tras día.

– Nada es fácil en este trabajo -dijo Jonás, escupiendo en la nieve-. Venid aquí donde nadie nos pueda oír, porque tengo noticias para vos.

Justino ató el caballo a un arbusto cercano y siguió a Jonás caminando sobre la nieve. El sargento dio nuevas órdenes a gritos a los hombres que estaban en el hielo y después se dio la vuelta para mirar cara a cara a Justino.

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