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El hombre de la reina

Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:

En 1193, el joven Justin de Quincy descubre casualmente una pista que puede desvelar el paradero de Ricardo Corazón de León, a quien se da por muerto. Leonor de Aquitania, la reina que escandalizó al mundo al divorciarse del que sería rey de Francia (Luis VII) para casarse con Enrique II, le encomienda una investigación que le obligará a adentrarse en el complejo y peligroso mundo de las intrigas que rodean la corte de Leonor.
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13. LONDRES

Febrero de 1193

A Justino le costó trabajo conciliar el sueño aquella noche. Las sábanas exhalaban aún el aroma del perfume de Claudine, pero el otro fantasma que vagaba por la casa no era tan agradable: el miserable espíritu de Clem le había perseguido desde Moorfields y le observaba desde las sombras en actitud de reproche. Sin embargo, cuando al fin consiguió dormirse, no soñó ni con Clem ni con Claudine. Había regresado al molino de Durngate, sintiendo que la sangre de Kenrick le salpicaba la piel, y que el molino se convertía en la herrería de Gunter, que de nuevo luchaba para defender su vida, tratando de esquivar el acero mortal del Flamenco. Se despertó antes de amanecer. El cuarto estaba frío y una delgada capa de hielo flotaba sobre el agua de la palangana, y manaba sudor de su frente.

Había nevado toda la noche y la nieve seguía cayendo lentamente en copos impolutos, desde unas nubes bajas y grises, copos grandes que parecían benignos, parientes inocentes de la nieve que interceptaba los caminos, que hacía que se derrumbaran los tejados y que los viajes durante el invierno fueran tan peligrosos. Justino dejó a Shadow en la taberna para que jugara con Lucy, ensilló a Copper y cabalgó hasta la iglesia de San Clemente en Candlewright Street, donde oyó misa y rezó por las almas de todas las víctimas del Flamenco. Se le ocurrió que ésta era probablemente la única oración que podía ofrecer por Pepper Clem, el más triste epitafio para la malgastada vida de un hombre.

Después concertó con el sacerdote que se enterrara en sagrado a Clem y le dejó un recado a Jonás en el que le decía que él pagaría el entierro de aquel rata. Estaba todavía de un humor sombrío y meditabundo cuando finalmente regresó a Gracechurch Street y decidió dejar a Shadow con Lucy un rato más. Gunter se había ido a hacer un recado y el joven Ellis, el vecino que había ayudado a Nell, se había quedado vigilando la herrería. Justino dio al muchacho unas monedas para que desensillara y diera pienso a Copper, cruzó hasta la puerta trasera y salió a los terrenos de pasto de detrás de la herrería.

La casa de Gunter no parecía una vivienda urbana porque estaba situada en su propio terreno, rodeada de un prado con una empalizada y protegida por varios manzanos de ramas desnudas. El jardín, que cuidó en sus tiempos la mujer de Gunter, había disminuido de tamaño a causa del descuido en que quedó durante su larga enfermedad, pero el acebo que ella había plantado seguía floreciendo, y sus brillantes ramas verdes se destacaban sobre el suave fondo blanco de la nieve. Fue la nieve y no el acebo lo que atrajo la atención de Justino. Sus pisadas eran aún visibles, no se habían cubierto todavía de nieve, pero al lado de ellas había otras que llevaban a la puerta de la casa.

Justino se paró de pronto. La casa de Gunter no tenía ni cerradura ni llave, porque nunca vio la necesidad de una protección que resultaría cara. En su lugar, puso en la puerta un simple pestillo, una pequeña barra de metal sujeta a un lado que se podía levantar desde fuera con una cuerda pasada por un agujero en la puerta. Cuando Justino salió por la mañana, tomó la precaución de enganchar la cuerda alrededor de un clavo que había en la madera. Ahora la cuerda estaba colgando, prueba de que alguien había levantado la barra y entrado en la casa.

Justino se quedó inmóvil un momento, reflexionan do. No había más que una serie de pisadas. Las contra ventanas estaban aún cerradas, así que quien estuviera dentro no podía ver si se aproximaba. Desenvainó la espada. En un rápido movimiento, abrió el pestillo y empujó la puerta con el hombro, irrumpiendo dentro de la casa.

Entró lenta y sigilosamente con la espada desenvainada. Había encendida una lámpara de aceite y su llama parpadeaba movida por la repentina corriente de aire. Un hombre arrodillado junto a la chimenea trataba de sacar chispas del pedernal. Se echó hacia atrás asustado y profirió un juramento al oír que la puerta se abría súbitamente.

– ¡Santo cielo! A la mayoría de los hombres les hasta con abrir una puerta y entrar. ¡Teníais que ser vos, De Quincy, el que entrara bruscamente, como un viento de borrasca que sale rebotando de las paredes!

Le tocó ahora a Justino el proferir su propio jura mentó.

– ¡Fuego del infierno y maldición sempiterna! ¿Qué estáis haciendo aquí, Lucas?

– Pasé por casualidad por estos alrededores. ¿Qué otra cosa creéis que puedo estar haciendo?

– Creo que os faltó poco para que os atravesara con la espada y ¿quién podría censurarme por ello?

Se miraron fijamente el uno al otro, pero sus fulminantes miradas se convirtieron pronto en sonrisas avergonzadas. Cerrando la puerta, Justino puso otra vez la barra en su sitio y echó cuidadosamente el pestillo.

– He de confesar que me alegro de veros, Lucas. Al menos el Flamenco podrá ahora elegir cuál de los dos es su blanco.

– Me parece que estáis algo confuso, De Quincy. Se suponía que vos ibais a ser el cazador y Gilbert el cazado, ¿no os acordáis?

– Aprecio vuestra amabilidad en hacerme ver las cosas de ese modo -repuso Justino. Se dirigió a la chimenea a ayudar a Lucas a encender el fuego-. ¿Cómo os enterasteis de dónde estaba? Toda la calle está implicada en una conspiración para mantener secreto mi paradero, ¡y no hay gente más obstinada ni suspicaz que los londinenses!

– No es preciso que me lo digáis, porque ya he trabado conocimiento con esa arpía ahí en la taberna. Bien podía haber estado hablando galés, ¡para lo mucho que me ha servido! «¿A Justino qué? No he oído nunca hablar de ese hombre.» Y la frialdad aumentó cuando confesé ser ayudante del justicia. No les gusta mucho la ley a la gente de por aquí, ¿me equivoco?

Justino se sonrió.

– Me habría encantado presenciar esa escena y a Nell peleándose con vos. Y finalmente, ¿cómo os la ganasteis?

– Por pura cabezonada. Me negué a irme e insistí una y otra vez en que éramos aliados. Hasta llegué a decir, exagerando un poco la verdad, que éramos amigos. Finalmente se me ocurrió enseñarle vuestra carta, prueba de que se podía fiar de mí. Pero entonces tuve que esperar mientras mandó venir al cura, porque es el único hombre en la calle que sabe leer y ella no estaba dispuesta a creer mi palabra sobre el contenido de la carta. Si os protegen la mitad de bien de Gilbert el Flamenco de como os protegen de mí, ¡no tenéis razón para preocuparos!

Justino miró de un lado a otro de la casa en busca de alimento y vino para ofrecérselo a Lucas; la búsqueda fue en vano y tendrían que ir a la taberna y convencer a Nell de que les diera de comer. Pero tendrían que esperar, porque Justino estaba haciendo un rápido cálculo matemático.

– Hoy es catorce, sólo diez días después de que yo os mandara la carta. Debéis de haber salido para Londres tan pronto como la recibisteis. ¿Por qué?

La sonrisa de Lucas fue una sonrisa triunfal y un tanto autosuficiente.

– Mientras vos estabais jugando al gato y al ratón con el Flamenco, yo estaba teniendo mejor suerte. ¿Os acordáis del desconocido compinche del Flamenco? Pues bien, ya no es desconocido. El hombre que estamos buscando es un patán llamado Sampson, uno de los menos amados hijos de Winchester. Estoy seguro de que toda la ciudad dio un suspiro de alivio cuando huyó con Gilbert. Desgraciadamente no nos faltan criminales, pero al menos Sampson le pertenece ahora a Londres. Son ellos los que se tienen que preocupar de él y no nosotros.

– ¡Enhorabuena, Lucas! Pero ¿estáis seguro de que ése es el hombre? Yo dudo poder identificarlo.

– Por lo que me habéis dicho de él, es joven, fuerte y lerdo como él solo, ¿no es verdad? Pues bien, Sampson tiene la fuerza y los sesos de un buey, fuerza suficiente para sujetar a un semental aterrado y la suficiente necedad para pronunciar en voz alta el nombre de Gilbert. Se sabe, por añadidura, que ha trabajado con Gilbert en el pasado y que desapareció de Winchester al mismo tiempo que lo hizo Gilbert. No tengo la menor duda de que ése es nuestro hombre. ¿Creéis que también pudo haber tomado parte en vuestra emboscada en Londres? La fierecilla me habló, muy a su pesar, de que os atacaron en la herrería la semana pasada. Yo asumo que fue nuestro amigo el Flamenco. ¿Era Sampson el otro?

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