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El hombre de la reina

Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:

En 1193, el joven Justin de Quincy descubre casualmente una pista que puede desvelar el paradero de Ricardo Corazón de León, a quien se da por muerto. Leonor de Aquitania, la reina que escandalizó al mundo al divorciarse del que sería rey de Francia (Luis VII) para casarse con Enrique II, le encomienda una investigación que le obligará a adentrarse en el complejo y peligroso mundo de las intrigas que rodean la corte de Leonor.
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– No, creo que no. El hombre de la herrería no era tan alto ni tan fuerte como ese tal Sampson. Además, tenía acento londinense y decís que Sampson es de Winchester. Pero tenéis razón acerca de Gilbert. Era él ciertamente el que vino, navaja en mano.

– Esta es la tercera vez que os encontráis con el Flamenco en una de sus venadas de asesino y las tres habéis escapado con vida para contarlo. Vuestro ángel de la guarda debe de estar muy atareado estos días. -Despreciando la única silla desvencijada que había en el cuarto, Lucas se sentó con las piernas cruzadas en el suelo, al pie de la cama-. ¿Creéis que eso quiere decir que Gilbert y Sampson se han separado?

– Bueno… decís que Sampson no es muy listo. Pero sabemos con certeza que Gilbert sí lo es. Tal vez se haya dado cuenta de que Sampson es un compinche que puede acarrearle conflictos y haya decidido deshacerse de él. Gilbert conoce Londres y no tendrá necesidad de Sampson aquí. Sabe nadar en estas aguas sin la menor dificultad, un tiburón más entre los tiburones. Apuesto a que cada uno siguió su camino una vez que llegaron a la ciudad.

– Esa es una interpretación plausible -asintió Lucas-, Por supuesto, Sampson puede estar muerto. La gente que rodea a Gilbert parece caer fulminada.

– Es posible. Pero decís que Sampson es un hombre corpulento y mezquino y que conoce la habilidad de Gilbert con la navaja. No será tan fácil matarlo. Habrá sido más sencillo para Gilbert dejarle que se fuera por su cuenta.

Lucas asintió pensativo.

– ¿Qué tipo de ayuda estáis recibiendo del justicia?

– Accedió a dejar que uno de sus sargentos me echara una mano, un tal Jonás. ¿Lo conocéis?

– No estoy seguro. He conocido a varios hombres del justicia en anteriores visitas a Londres. Supongo que es uno de ellos.

– Creedme, Jonás no es hombre a quien se pueda olvidar con facilidad. Si lo has conocido, te acuerdas de él para el resto de tus días. A su manera, es tan temible como el Flamenco. Así que vos y él os caeréis mutuamente tan bien como hermanos que no se han visto hace mucho tiempo -añadió Justino irónicamente. Pero casi en el acto su sonrisa se desvaneció-. Lucas, hay otra muerte que añadir a la cuenta de Gilbert. Un mísero delincuente, un raterillo llamado Clem. Nadie llora su muerte, pero no debe olvidarse este asesinato. Hasta el más ínfimo de los ciudadanos merece justicia.

Después de experimentar la indiferencia de Jonás, Justino esperaba que Lucas se encogiera de hombros o se burlara. Pero el auxiliar del justicia simplemente volvió a hacer un gesto de asentimiento con la cabeza.

– Creo recordar que las Escrituras dicen algo sobre las aves, que reza más o menos así: «Ni el más humilde gorrión cae al suelo sin el conocimiento del Altísimo».

Si esto es cierto en relación con los gorriones, debe serlo también en relación con «un mísero delincuente, un raterillo».

Justino examinó el semblante del otro hombre buscando alguna señal de mofa, pero no la encontró.

– Podíais haberme enviado una carta acerca de Sampson. No teníais que haber venido solo. ¿Por qué lo hicisteis, Lucas?

– Tal vez porque me apetecía un viaje a Londres. O porque sabía que solo os meteríais en líos. O porque yo he sido siempre el tipo a quien le gusta estar presente al final de una persecución. ¿Qué importan mis razones?

– No, no importan -dijo Justino, pero estaba mintiendo. Las razones de Lucas le importaban muchísimo. Pudiera muy bien haber una explicación menos inocente de la repentina aparición del justicia por allí. Juan había pasado por Winchester camino del puerto de Southampton. ¿Habría mandado a Lucas a Londres para que fuera su espía? Por poco que le agradara a Justino tal suposición, no podía rechazar esa sospecha sin más ni más. No se atrevía a hacerlo. Había cometido hasta ahora algunos errores, pero el error más grave de todos sería subestimar a Juan.

Smithfield era un área extensa, situada al noroeste de las murallas de la ciudad, un lugar popular de reunión para los londinenses. Se celebraban allí ferias semanales de caballos y, si el tiempo lo permitía, juegos bulliciosos de pelota, tiro al arco, lucha libre y parodias de justas y torneos.

Lucas había visitado la feria de caballos durante una anterior estancia en Londres y fue idea suya ir a Smithfield y preguntar a los tratantes si les habían ofrecido a alguno de ellos en el curso del pasado mes un caballo ruano pálido de gran calidad. Justino se sentía escéptico pero Lucas insistió. Era una posibilidad muy remota, comentó, porque, aunque lograran encontrar a un tratante que recordara al robado palafrén de Gervase Fitz Randolph, la probabilidad de que esta pista les llevara a Gilbert el Flamenco era muy dudosa. Pero Lucas añadió que tenían que seguir todas las pistas y que si no iban esa tarde, tendrían que esperar una semana entera hasta la próxima feria de caballos. Como Justino no podía refutar la lógica de tal razonamiento, la opinión de Lucas prevaleció.

Pero al llegar a Smithfield descubrieron que la memoria de Lucas había fallado: las ferias de caballos tenían lugar los viernes y no los lunes. En los campos no había nadie a excepción de unos cuantos jóvenes imprudentes que habían venido a competir en justas a pesar del tiempo y un puñado de espectadores, porque no era un día para estar al aire libre sin necesidad. La temperatura había bajado durante la noche convirtiendo la nevada del domingo en una nieve fangosa; el viento era implacable, cortaba como el filo de una navaja, masculló Lucas, con el que ni siquiera el acero del Flamenco podía competir.

Lucas llevó muy a mal la decepción.

– Esto ha sido una locura, De Quincy. Aunque la feria de caballos hubiera tenido lugar hoy, habrían vendido probablemente ese maldito semental hace ya algunas semanas.

Justino agarró al otro hombre por el brazo, parándole a tiempo antes de que pisara un montón de estiércol reciente.

– ¿Es preciso recordaros que esta idea fue vuestra, Lucas?

– ¿Y qué? ¿Por qué no me la quitasteis de la cabeza? Que el diablo se lleve al caballo, al tiempo y sobre todo a Gilbert. Si no nos metemos pronto dentro corro el peligro de que se me congelen las partes de mi cuerpo que no puedo permitirme el lujo de perder.

Girando sobre sus talones, Lucas empezó a coger los caballos de nuevo.

– No puedo creer que haya arrastrado a los dos aquí para llevar a cabo una misión tan inútil. Pero me dolían los huesos de ir de una taberna a otra toda la mañana, esperando sin esperanza que Sampson estuviera emborrachándose dentro. Si tenemos que depender del azar o de la casualidad para encontrar a este hombre, es muy posible que tengamos que andar vagabundeando año tras año por los barrios más sórdidos de Londres. Pero ¿qué otra cosa podemos hacer? No parece que ese amigo vuestro os haya sido de mucha ayuda.

– Yo no llamaría amigo a Jonás. Pero en algo tenía razón. No conoce a Sampson porque no lo ha visto nunca, ni lo reconocería si se tropezara con él. Vos sois el único que le habéis visto. Jonás habría cooperado de mejor grado si no hubierais sido tan prepotente con él. -Justino tenía frío y sentía una gran irritación. La mirada que dirigió al auxiliar del justicia no fue precisamente una mirada de amistad-. No podéis siempre exigir, Lucas. A veces es más prudente suplicar.

– ¿Qué es eso, el evangelio según Justino de Quincy?

Pero después de unos momentos de silencio preñados por ambas partes de resentimiento, Lucas fue el primero en limar asperezas.

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