El Orden Y El Caos
- Автор: Купер Луиза
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Orden Y El Caos». Краткое содержание книги:
Sus manos estaban más firmes cuando siguió vistiéndose. Aunque había desterrado las sacrilegas ideas, parecían reinar las tinieblas en la estancia; si no hubiese sabido que no podía ser, se habría imaginado que una presencia permanecía inmóvil en la sombra del último rincón, acechando; si podía poner su mente a tono casi podría convencerse de que no estaba enteramente solo.
Fue a coger su capa, pero lo pensó mejor. Ahora no tenía necesidad de disfrazarse. Al dirigirse sin ruido a la puerta, se detuvo y sonrió hacia el oscuro y silencioso rincón.
Dijo en voz baja:
—Esta vez no, Yandros...
La puerta se cerró suavemente a su espalda.
El arco deformado de la segunda luna se estaba hundiendo en el mar y, como faltaba menos de una hora para el amanecer, la niebla se había levantado del agua y se había trasladado a ráfagas a la ciudad, donde formaba pálidos y engañosos charcos en las calles y en la plaza del mercado. Tarod, oscuro como una sombra en las vulgares y negras vestiduras por las que había trocado el rico atuendo de mercader, recorrió en silencio un largo callejón, dejando atrás las tabernas cerradas, y salió a los muelles.
El puerto estaba desierto. Con sólo los últimos destellos de las estrellas, desparramadas, la oscuridad era casi absoluta; solamente la silueta de una barca de pesca amarrada que se balanceaba ligeramente se recortaba más negra contra el agua plomiza. Tarod avanzó en su dirección, encontró la escalera del muelle y bajó hasta que un débil y cambiante resplandor y un sonido apagado y rítmico le dijeron que había llegado al nivel de la marea.
Se agazapó en la escalera revestida de algas y observó el agua, borrando de su mente toda idea, salvo la única que inmediatamente le interesaba. Arriba y a su izquierda se movió una sombra; vio los ojos de un gato salvaje reflejando la débil fosforescencia del mar al mirarle furioso desde encima de la pared. Después se alejó corriendo y sin ruido. Tarod volvió de nuevo a su concentración, borrando la suave llamada mental.
Nunca había intentado comunicarse con semejantes criaturas, pero algo, más allá de su instinto normal, le dijo que vendrían. Ayudaron una vez a Cyllan, cuando, de no ser por ellos, se habría ahogado en el mar alborotado frente al promontorio del Castillo. Y sintió intuitivamente que ahora le ayudarían a él.
Cuando la primera cabeza lisa emergió de la superficie a poca distancia del muelle, Tarod soltó el aire que retenía en los pulmones y sonrió aliviado.
Había pensado que podría sentir su presencia antes de que llegasen, pero los fanaani no le avisaron. Curiosos, pero conscientes de que la mente de él era de un orden que les era desconocido, se acercaron en secreto, y solamente cuando tres de los bellos animales marinos, parecidos a gatos, hubieron salido a la superficie, sintió Tarod el primer y débil roce de un contacto telepático.
Extraño. Esta palabra era la mejor interpretación que podía dar un ser humano a la idea que le transmitían las mentes desconocidas de los fanaani. No estaban seguros de él y nada que pudiese él decir o hacer les persuadiría de acelerar su juicio o influiría en ellos. Estas criaturas marinas, eran una ley en sí mismas; nadie podía sondear sus pensamientos ni sus motivaciones. Pero, si una mente estaba realmente abierta, era posible comunicar con ellos en su propia y extraña manera.
Dejó que les tocaran sus sentimientos, uno a uno, y volvió a sentir aquella curiosidad.
¿Me ayudaréis? Como ellos, Tarod empleaba conceptos en vez de palabras, imágenes que traducía en una forma que ellos podían comprender mejor que el habla. La más próxima de aquellas tres criaturas dio una vuelta en el agua, sin producir apenas una ligera onda; era del tamaño de un hombre, y había en sus ojos un brillo de inteligencia cuando miró solemnemente a Tarod.
Secreto. El pensamiento fue acompañado de un temblor de risa callada, y se dio cuenta de que los fanaani habían leído en él la necesidad de llegar a la Isla Blanca sin que nadie lo supiese, y que esto les divertía. Entonces llegó otro concepto: un animal terrestre sumergiéndose en profundidades verdes, sin respirar, desapareciendo progresivamente, muriéndose. Tarod sonrió débilmente al darse cuenta de que aquel animal terrestre era él y que los fanaani comentaban, compasivos, su incapacidad de nadar una distancia que para ellos era nada.
Les respondió con la idea de un fanaani tratando de caminar en tierra, completando la imagen con un irónico interrogante. El fanaani pestañeó, rodó de nuevo y desapareció bajo la superficie del mar casi sin producir la menor onda. Cuando reapareció unos segundos más tarde, había un nuevo concepto en su mente.
¿Por qué?
Quería averiguar su objetivo, y Tarod comprendió que cualquier intento de disimulo le apartaría de él y de sus compañeros. Los fanaani le exigían sinceridad a cambio de su ayuda, y les abrió la mente, permitiendo que viesen sus intenciones y su propósito y los interpretasen como pudiesen. La espera pareció interminable, pero al fin sintió que las extrañas y curiosas mentes se retiraban de la suya. Y después:
Demasiado pronto. Luz arriba.
Tarod miró involuntariamente hacia lo alto. Las estrellas habían desaparecido y el cielo empezaba a iluminarse. Cuando miró de nuevo a los fanaani, vio que su abigarrada piel estaba perdiendo su fosforescencia.
Oscuridad arriba. Ven entonces. Ven a este lugar... Y vio claramente en su mente, aunque la imagen era como se veía desde el mar, una cala donde las olas rompían sobre una estrecha barra de arena gris. A un lado se proyectaba agresivamente hacia fuera un acantilado, y allí el constante ataque de las olas había desgastado un estrato blando y había abierto un enorme arco en el espolón de roca. Era un punto de referencia inconfundible, todo lo que él necesitaba.
Dos de los fanaani, que no se habían acercado al malecón en todo el intercambio de ideas, estaban ya dando media vuelta y adentrándose lentamente en el mar. Tarod intercambió una última mirada con la tercera criatura y transmitió cortésmente: Gracias.
Desaparecieron sin apenas dejar rastro, y él se levantó, estirando los entumecidos músculos y satisfecho de lo que había logrado. Aunque tenían fama de aliados de poco fiar, los fanaani no le habían fallado, y cuando se pusiera esa noche el sol, volverían para cumplir su promesa.
Una raya de color como de sangre oscura y seca se extendía ahora a lo largo del horizonte oriental. Tarod subió la escalera del muelle, se detuvo un momento para contemplar el mar que subía lentamente, y se encaminó a la posada.
La cala que le habían mostrado los fanaani estaba a unas nueve millas al este de Shu-Nhadek, donde la hasta allí suave costa se transformaba en los altos e inhóspitos acantilados que dominaban la línea costera de tres provincias antes de descender finalmente en las Grandes Llanuras del Este. El lugar era conocido como Punta de Refugio y fue la salvación de muchos pescadores sorprendidos lejos del puerto por la tormenta; pero raras veces era empleado y no había casas en las cercanías. Tarod salió temprano de la posada, diciendo al dueño que pensaba pasar el día fuera, cabalgando, y que su esposa, que estaba cansada, se quedaría en la cama. Cuando alguien llamase a la puerta para preguntar si la señora del vinatero quería comer o beber algo, él estaría ya muy lejos, y el dinero que dejó en la habitación, añadido al valor de la yegua abandonada por Cyllan, sería más que suficiente para pagar el hospedaje.
Se alegró de trocar la bulliciosa ciudad por la paz del campo, y siguió el estrecho camino a lo largo de la costa. Su caballo estaba nervioso después de haber estado encerrado en el establo de la posada, y él le dio rienda suelta, gozando con las sensaciones de un veloz medio galope al cabalgar en la dirección del sol naciente.