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La otra cara de la verdad

Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:

Cuando el comisario Brunetti conoce a Franca Marinello, esposa de un hombre de negocios veneciano, descubre que está lejos de ser la rubia superficial que el vestuario caro y el notorio lifting facial hacían prever. Su evidente operación estética pasa a un segundo plano cuando en su conversación alude a Cicerón y Virgilio. Varios días más tarde, Filipo Guarino, jefe local de los carabinieri, acude a Brunetti para investigar la muerte del dueño de una compañía de camiones, presuntamente relacionada con el transporte ilegal de residuos y la llamada ecomafia. Las pesquisas del comisario demuestran que la deslumbrante Franca Marinello ha estado en contacto con el principal sospechoso, un hombre siniestro con un violento pasado. Pero la verdad siempre tiene un lado oculto.
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Brunetti volvió a mirar hacia Bárbaro en el momento en que el hombre que estaba de pie daba otro paso hacia la derecha, ensanchando el campo visual del comisario, que entonces vio a Franca Marinello, de pie detrás de Bárbaro, mirando sus cartas. Él se volvió y ella movió los labios. Entonces el joven inclinó la silla hacia atrás mientras los otros pensaban la jugada. Alargó el brazo y la atrajo hacia sí. Distraídamente, como se frota una moneda de la suerte o la rodilla de una imagen milagrosa, le restregó la cadera con la mano. Brunetti vio fruncirse la tela del vestido.

Observaba a la mujer. Vio cómo sus ojos iban de la mano de Bárbaro a la mesa. Dijo algo, quizá sobre el crupier. Él retiró el brazo y dejó caer la silla hacia adelante. La expresión de ella no cambió. Bárbaro pidió una carta, que el crupier puso frente a él. Bárbaro miró la carta, movió la cabeza negativamente y el crupier se volvió hacia el siguiente jugador.

Bárbaro paseó la mirada alrededor de la mesa y luego la extendió en dirección a Brunetti, pero el comisario ya había sacado el pañuelo del bolsillo y se sonaba, fija la atención en otra parte. Cuando volvió a mirar hacia la mesa, el crupier empujaba más fichas hacia Bárbaro.

Hubo movimiento en la mesa cuando el crupier se levantó, diciendo unas palabras a los jugadores, hizo una ligera reverencia y se situó detrás de su silla, que ocupó otro hombre, vestido de impecable etiqueta.

Bárbaro aprovechó la ocasión para ponerse de pie. De espaldas a la mesa, levantó los brazos y juntó las manos sobre la cabeza, como un deportista fatigado. Con el movimiento, se le subió la chaqueta, y Brunetti vio la mitad inferior de lo que parecía una pistolera de cuero marrón, encima del bolsillo posterior izquierdo del pantalón.

El crupier recién llegado sacó una baraja nueva y se puso a barajar. Al percibir el sonido de las cartas, Barbaro bajó las manos y se acercó a Franca Marinello. Lentamente, con naturalidad, le pasó la palma de las manos por los pechos antes de volver a sentarse. Brunetti vio cómo a ella le blanqueaba la piel alrededor de los labios, pero no intentó apartarse de la mesa ni miró a Bárbaro.

Ella parpadeó, cerrando los ojos quizá un segundo más de lo normal. Cuando los abrió, miraban a Brunetti. Lo había reconocido.

Él esperaba un gesto de la cabeza, una sonrisa, pero ella no dio señal alguna de conocerlo. Entonces pensó que quizá dijera algo a Bárbaro, pero la mujer siguió sin moverse, como una estatua que mira a otra estatua. Al cabo de un rato, volvió a mirar las cartas de Bárbaro. Se reanudó el juego, pero ahora las fichas fueron para el crupier, lo mismo que en la siguiente partida, y en la otra. Entonces ganó el hombre que estaba a la derecha de Bárbaro, después el de la izquierda y otra vez el crupier.

Las fichas del joven menguaban y ya sólo quedaba una pila que fue decreciendo hasta desaparecer. Bárbaro se levantó con un movimiento brusco, volcando la silla. Golpeó el tapete con la palma de las manos e, inclinándose hacia adelante, gritó al crupier:

– Tú no puedes hacer esto. No puedes hacer esto.

De pronto, Vasco -Brunetti no habría podido decir de dónde había salido- y otro hombre estaban uno a cada lado de Bárbaro ayudándole a enderezar el cuerpo y hablándole en voz baja. Brunetti observó que los nudillos de la mano derecha de Vasco estaban blancos y que la tela de la manga de Bárbaro se fruncía más aún de lo que antes se había fruncido la del vestido de Franca Marinello.

Los tres hombres fueron hacia la puerta. Vasco se inclinaba hacia Bárbaro hablándole con expresión serena y amistosa, como si él y su empleado no hicieran sino acompañar a un cliente a un taxi acuático. La mujer del vestido amarillo se acercó a la mesa rápidamente, enderezó la silla, se sentó, se puso el bolso delante, lo abrió y sacó un puñado de fichas.

Brunetti vio que la comisaria Griffoni iba hacia la puerta, cruzó con ella una mirada y se apresuró a seguirla. Franca Marinello iba varios pasos delante de ellos, caminando rápidamente hacia los tres hombres que ya llegaban a la puerta. Sin detenerse, Vasco volvió la cabeza y, al ver acercarse a los policías, dejó de sonreír y llevó al joven rápidamente por el primer tramo de la escalera abajo. Marinello los siguió, acompañada del sordo murmullo de voces de la sala de juego.

Los hombres se pararon en el primer rellano y Vasco dijo unas palabras a Bárbaro, que asintió, cabizbajo. Vasco y el otro hombre se miraron por encima de la cabeza del joven y, como si hubieran ensayado el movimiento muchas veces, le soltaron los brazos y se separaron de él al mismo tiempo.

Marinello apartó al empleado de Vasco y se situó al lado de Bárbaro. Le puso una mano en el brazo. A Brunetti le dio la impresión de que él tardaba un momento en reconocerla y entonces pareció relajarse. Considerando zanjado el incidente, Vasco y su empleado empezaron a subir la escalera y se pararon antes de llegar junto a Brunetti y Griffoni, que estaban dos escalones más arriba.

Franca Marinello acercó la cara a la de Bárbaro y dijo algo. Él, sobresaltado, alzó la mirada hacia las otras cuatro personas y a Brunetti le pareció ver a la mujer mover los labios, como si volviera a hablar. La mano derecha de Bárbaro se movió tan despacio que Brunetti no podía creer lo que hacía hasta que la vio buscar debajo de la chaqueta y aparecer sosteniendo la pistola.

Bárbaro gritó, Vasco y su ayudante volvieron la cabeza y aplastaron el cuerpo contra los escalones. Griffoni, ya pistola en mano, se situó en la barandilla, lo más lejos posible de Brunetti, quien, a su vez, sacó el arma y apuntó a Bárbaro, que se movía lentamente. El comisario, con una voz que se esforzó en hacer serena y autoritaria, dijo:

– Antonio, nosotros somos dos -no quería pensar en lo que ocurriría si los tres disparaban en este espacio cerrado, en cómo rebotarían las balas en las superficies, duras o blandas, hasta que se agotara su energía.

Como si saliera de un trance, Bárbaro miró de Griffoni a Brunetti, luego a Marinello, a los dos hombres tendidos en la escalera y otra vez a Brunetti.

– Deja la pistola en el suelo, Antonio. Aquí hay mucha gente, esto es muy peligroso -Brunetti veía que Bárbaro le escuchaba, pero se preguntaba qué era lo que le empañaba los ojos, si la droga, el alcohol, el furor o las tres cosas. Más importante que lo que dijera era la entonación, y también mantener la atención del joven.

La signora Marinello dio un paso corto hacia Bárbaro y dijo algo que Brunetti no pudo oír. Muy despacio, ella levantó la mano, la puso en la mejilla izquierda de él y le hizo girar la cara obligándole a mirarla. Volvió a hablar y extendió la mano. Tensó los labios y movió la cabeza de arriba abajo alentadoramente.

Bárbaro entornó los ojos, desconcertado. Se miró la mano, casi pareció sorprenderse al ver en ella la pistola, y la bajó hasta medio muslo. En otras circunstancias, Brunetti se habría acercado, pero estando ella tan cerca del joven optó por permanecer a distancia prudencial, pero sin dejar de apuntarle.

Ella volvió a hablar. El joven le dio la pistola, meneando la cabeza con un gesto que a Brunetti le pareció de confusión. Ella tomó la pistola con la mano izquierda y la pasó a la derecha.

Brunetti bajó el arma a su vez y fue a guardarla en la pistolera. Cuando volvió a mirar a la pareja que estaba en el rellano, vio que Bárbaro miraba a la mujer con cara de asombro y que echaba el brazo derecho hacia atrás con el puño cerrado mientras adelantaba rápidamente la mano izquierda y la agarraba por el hombro, y Brunetti comprendió lo que iba a hacer.

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