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La otra cara de la verdad

Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:

Cuando el comisario Brunetti conoce a Franca Marinello, esposa de un hombre de negocios veneciano, descubre que está lejos de ser la rubia superficial que el vestuario caro y el notorio lifting facial hacían prever. Su evidente operación estética pasa a un segundo plano cuando en su conversación alude a Cicerón y Virgilio. Varios días más tarde, Filipo Guarino, jefe local de los carabinieri, acude a Brunetti para investigar la muerte del dueño de una compañía de camiones, presuntamente relacionada con el transporte ilegal de residuos y la llamada ecomafia. Las pesquisas del comisario demuestran que la deslumbrante Franca Marinello ha estado en contacto con el principal sospechoso, un hombre siniestro con un violento pasado. Pero la verdad siempre tiene un lado oculto.
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Ella le disparó. Le disparó al estómago una vez y después otra y, cuando él estaba tendido a sus pies, adelantó un paso y le disparó a la cara. Llevaba un vestido largo gris perla: los dos primeros disparos mancharon la seda a la altura del estómago y el tercero salpicó de rojo el bajo de la falda.

En la escalera, las detonaciones fueron ensordecedoras. Brunetti miró a Griffoni y la vio mover los labios, pero sólo oía un fuerte zumbido que no cesó después de que ella cerrara la boca.

Vasco y su ayudante se pusieron de pie y miraron al rellano, en el que estaba Franca Marinello, aún con la pistola en la mano. Dieron media vuelta y, como un solo hombre, rápidamente, subieron la escalera y entraron en la sala de juego, de la que no llegaba sonido alguno. Brunetti vio cerrarse y tremolar las puertas, pero aún no podía oír más que el zumbido.

Brunetti se volvió hacia el rellano. Franca Marinello, con ademán negligente, arrojó la pistola sobre el pecho de Bárbaro, levantó la mirada hacia el comisario y dijo unas palabras que él no pudo oír, atrapado como estaba en aquella campana de vidrio llena de un ruido implacable.

Un sonido sordo y apagado penetró en el zumbido y, al volverse, vio acercarse a Griffoni: debían de ser sus pasos en la escalera.

– ¿Está bien? -preguntó Brunetti. Ella le entendió y asintió.

Brunetti vio a Franca Marinello sentada en el suelo con la espalda apoyada en la pared y las piernas dobladas, lo más lejos posible del cuerpo de Bárbaro, apretando la cara contra las rodillas. Nadie había comprobado si estaba muerto, pero Brunetti sabía que el hombre que yacía en el suelo, sangrando por la cabeza sobre el mármol, era cadáver.

Lo sorprendió notar que las rodillas, rígidas, se resistían a bajar la escalera. Percibía sus propios pasos sin oírlos. Sorteando a Bárbaro, se agachó al lado de la mujer, apoyando una rodilla en el suelo. Esperó hasta estar seguro de que ella advertía su presencia y dijo, contento de poder oír su voz, aunque fuera levemente:

– ¿Se encuentra bien, signora?

Ella levantó la cabeza, mostrándole la cara, que él nunca había visto tan de cerca. Los ojos oblicuos parecían aún más extraños a esta distancia, y él observó entonces una fina cicatriz que partía de debajo de la oreja izquierda y desaparecía detrás de ella.

– ¿Ya ha tenido tiempo de leer los Fastos? -dijo ella, y Brunetti se preguntó si se hallaría en estado de shock.

– No -respondió él-. He tenido mucho que hacer.

– Lástima. Allí está todo. Todo -apoyó la frente en las rodillas.

Brunetti se encontró sin saber qué decir. Se levantó y se volvió hacia un sonido que llegaba de arriba, sintiendo alivio nuevamente por poder oírlo. Vio a Vasco en lo alto de la escalera, una figura enorme desde este ángulo, un personaje de película de acción, Conan el Bárbaro en dibujos animados, o…

– He avisado a los suyos -dijo-. Ya no tardarán en llegar.

Brunetti miró la cabeza de la mujer silenciosa y, al otro lado del rellano, el cuerpo definitivamente quieto. Bárbaro estaba tendido boca arriba. Al mirarlo, Brunetti pensó en otro cadáver, el de Guarino, y en la terrible semejanza de estos dos hombres, tan instantánea y brutalmente privados de la vida.

Capítulo 26

Tras unos minutos de revuelo, Vasco consiguió calmar a la concurrencia de las salas de juego, con la explicación de que había ocurrido un accidente. El público se dejó convencer, volvió a dedicarse a perder dinero, y la vida siguió.

Claudia Griffoni llevó a la questura a la signora Marinello, envuelta también en un largo abrigo de piel, el mismo que llevaba la noche en que Brunetti la vio por primera vez. Él se quedó en el Casino mientras los técnicos montaban las cámaras en la escalera. Puesto que dos policías habían sido testigos de la muerte, los técnicos hicieron poco más que fotografiar el escenario, poner la pistola en una bolsa de pruebas y esperar la llegada del medico légale.

Poco antes de las tres, Brunetti llamó a Paola y dijo a su soñolienta voz que tardaría en llegar a casa. Una vez el forense declaró muerto a Bárbaro, Brunetti regresó con los técnicos en la lancha, pero se quedó en la cubierta, con el piloto. Ninguno de los dos hablaba; el motor parecía extrañamente silencioso, hasta que Brunetti recordó los tres disparos y el trastorno auditivo que habían provocado. Miraba los edificios de la orilla sin verlos, porque le parecía seguir en aquella escalera observando lo que ocurría, sin entenderlo.

Franca Marinello decía algo a Bárbaro y él sacaba la pistola, ella le hablaba otra vez y él le daba el arma. Y entonces, mientras Brunetti miraba hacia otro lado, ocurría algo -¿volvía a hablar ella?- que lo enfurecía. Y ella disparaba. Todo tiene una explicación racional, eso Brunetti lo sabía. El efecto sigue a la causa. La autopsia revelaría qué sustancias tenía el joven en el cerebro, pero, por lo menos, mientras Brunetti lo observaba, él reaccionaba a palabras, no a sustancias químicas.

La lancha viró por el Rio di San Lorenzo y se acercó al muelle de la questura. Brunetti miró al interior de la cabina y vio a los dos técnicos ponerse en pie. ¿Hablarían entre ellos al regreso de estos viajes?, se preguntó.

Dio las gracias al piloto y saltó a tierra antes de que se detuviera la lancha. Llamó a la puerta de la questura y el agente de guardia que abrió le dijo:

– La comisaria Griffoni está en su despacho, señor.

Él subió la escalera y fue hacia la luz que salía por la puerta del fondo del oscuro pasillo. Allí se paró.

– Pase, Guido -dijo la mujer antes de que él llamara.

El reloj de la pared, a la izquierda de la mesa, señalaba las tres y media.

– Si me da un café, mato a Patta y le asciendo a su puesto -dijo ella levantando la cabeza, y sonrió.

– No nos hablaron de los gajes del oficio cuando aceptamos este trabajo, ¿verdad? -dijo Brunetti cruzando el despacho y sentándose frente a ella-. ¿Qué ha dicho?

Griffoni se pasó las manos por el pelo, con el gesto que él le había visto hacer hacia el final de las reuniones de Patta, señal de que agotaba la paciencia.

– Nada.

– ¿Nada? ¿Cuánto tiempo ha estado con ella?

– Mientras veníamos en la lancha no ha dicho nada más que gracias al piloto, al que nos ha abierto la puerta y a mí -fue a llevar las manos a la cabeza pero se contuvo-. Le he dicho que podía llamar a su abogado, pero me ha contestado: «No, gracias. Prefiero esperar a mañana», como la adolescente arrestada por conducir bebida que no quiere despertar a los papas -meneó la cabeza, por la comparación o por la actitud de Marinello-. Le he dicho que, si venía el abogado y ella hacía una declaración en mi presencia, podría marcharse, y me ha contestado que quería hablar con usted. Se ha mostrado muy cortés, incluso me ha sido simpática, pero se ha negado a hablar y no he conseguido hacer que cambiara de idea. Yo preguntaba y ella contestaba «No, gracias». Es realmente extraño. Y esa cara.

– ¿Dónde está ahora? -preguntó Brunetti, que no deseaba entrar en ese tema.

– Abajo. En una de las salas de entrevistas.

Normalmente, decían «salas de interrogatorio». Brunetti se preguntó por qué habría ella suavizado el término, pero tampoco en eso deseaba profundizar.

– Ahora bajaré -dijo levantándose. Extendió la mano-. ¿Me da la llave?

Ella extendió las manos en ademán de resignación.

– La puerta no está cerrada con llave. Nada más entrar, se ha sentado, ha sacado un libro del bolso y se ha puesto a leer. No he podido cerrar con llave -Brunetti sonrió, comprensivo ante aquella muestra de debilidad-. Además, abajo está Giuffré y tendría que pasar por su lado para marcharse.

– Está bien, Claudia. Ahora quizá debería irse a casa y tratar de dormir. Gracias. Y gracias por venir esta noche.

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