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La otra cara de la verdad

Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:

Cuando el comisario Brunetti conoce a Franca Marinello, esposa de un hombre de negocios veneciano, descubre que está lejos de ser la rubia superficial que el vestuario caro y el notorio lifting facial hacían prever. Su evidente operación estética pasa a un segundo plano cuando en su conversación alude a Cicerón y Virgilio. Varios días más tarde, Filipo Guarino, jefe local de los carabinieri, acude a Brunetti para investigar la muerte del dueño de una compañía de camiones, presuntamente relacionada con el transporte ilegal de residuos y la llamada ecomafia. Las pesquisas del comisario demuestran que la deslumbrante Franca Marinello ha estado en contacto con el principal sospechoso, un hombre siniestro con un violento pasado. Pero la verdad siempre tiene un lado oculto.
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Transcurrió un minuto hasta que se hizo algo parecido al silencio, porque aún se oían motores a lo lejos y en los alrededores zumbaban cables eléctricos en el aire nocturno. Entonces oyeron regresar a Pucetti, que hacía crujir el barro helado con las suelas de los zapatos.

– Hay una escala en el costado -dijo el joven agente, sin poder contener la excitación: policías y ladrones, una aventura nocturna con los muchachos-. Vengan a ver.

Desapareció tras la curva de la pared metálica. Ellos le siguieron y lo encontraron cerca del depósito, apuntando hacia arriba con la linterna. Siguieron con la mirada el haz luminoso y vieron, a unos dos metros del suelo, una serie de travesanos metálicos tubulares que llegaban hasta lo alto del depósito.

– ¿Qué habrá ahí arriba? -preguntó Vianello.

Pucetti retrocedió, iluminando la parte superior de la escala.

– No lo sé. No veo nada -los otros dos se pusieron a su lado, pero tampoco veían nada más que el último travesaño, a un palmo del borde.

– Sólo hay una manera de averiguarlo -dijo Brunetti, sintiéndose intrépido. Se acercó al depósito y levantó la mano hacia el primer travesano.

– Un momento, comisario -dijo Pucetti. Se acercó a Brunetti, le metió la linterna en el bolsillo y se puso de rodillas, a modo de taburete-. Ponga el pie en mi hombro, señor. Le será más fácil.

Cinco años atrás, Brunetti habría desdeñado el ofrecimiento; ahora levantó el pie derecho sin vacilar, pero, al sentir la tensión de la ropa en el pecho, bajó el pie y se desabrochó el abrigo, luego apoyó el pie en el hombro de Pucetti y agarró el segundo travesaño. Trepando e izándose al mismo tiempo con soltura, puso los dos pies en el primer travesaño de la escala. Al empezar a subir oyó hablar a Pucetti y luego a Vianello. El roce de suelas en metal que sonaba debajo de él lo impulsaba a seguir subiendo. Un zapato golpeó el costado del tanque con un tañido bronco.

Brunetti había disfrutado con la primera película de SpiderMan, que había visto con los chicos. Ahora tenía la sensación de que también él trepaba por el costado de un edificio, agarrándose a la pared gracias a sus poderes especiales. Subió otros diez travesaños, se paró y fue a mirar a los hombres que tenía debajo, pero lo pensó mejor y siguió subiendo.

La escala terminaba en una plataforma del tamaño de una puerta. Afortunadamente, tenía barandilla. Una vez arriba, Brunetti se situó en un extremo, para dejar espacio a los otros. Sacó la linterna e iluminó la plataforma a la que se encaramaron, primero, Vianello y, después, Pucetti. Vianello se puso en pie y miró hacia la luz con gesto de fatiga. Brunetti enfocó rápidamente a Pucetti, que estaba radiante. Qué emoción, qué emoción.

Brunetti iluminó la pared del depósito y vio, en el extremo de la plataforma más próximo a él, una puerta. Hizo girar el picaporte y la puerta cedió suavemente. Al otro lado había una plataforma idéntica. Él entró y dirigió la luz a su espalda, para que ellos pudieran seguirle.

Brunetti hizo chasquear los dedos: al cabo de un momento, el sonido reverberó repitiéndose hasta diluirse. Él golpeó la barandilla con la gruesa carcasa de plástico de la linterna y, al cabo de un momento, repercutió un eco más hondo y potente.

Iluminó entonces una escalera que bajaba por el interior de la pared hasta el fondo del depósito. La luz no llegaba al final de la escalera; sólo podían ver parte de ella y la oscuridad circundante impedía calcular la distancia hasta la base.

– ¿Bien? -preguntó Vianello.

– Bajemos -dijo Brunetti.

Para reafirmarse en su intuición, apagó la linterna. Los otros contuvieron la respiración: oscuridad visible. Los pueblos de la Antigüedad conocían esta oscuridad, que las gentes de hoy sólo pueden fabricar artificialmente, para sentir el escalofrío del miedo. La oscuridad era esto: esto y nada más.

Brunetti encendió la linterna y sintió que sus compañeros se relajaban mínimamente.

– Vianello -dijo-. Daré la linterna a Pucetti y tú y yo bajaremos delante, cogidos del brazo -pasó la linterna a Pucetti diciendo-: Usted síganos y vaya iluminando el camino.

– Sí, señor -dijo Pucetti.

Vianello ladeó el cuerpo y tomó del brazo al comisario.

– En marcha -dijo Brunetti.

Vianello, en la parte exterior, apoyaba una mano en la barandilla y daba el brazo a Brunetti: una pareja de jubilados a los que, inesperadamente, se les había complicado el paseo de la tarde. Pucetti les alumbraba enfocando con la linterna el peldaño que habían de pisar y los seguía guiándose más por el instinto que por la vista.

En los peldaños se amontonaba la herrumbre, y Brunetti, que bajaba pegado a la pared, notaba cómo ésta se descascarillaba con el roce de la manga, y hasta le parecía percibir el olor de la corrosión. Descendían hacia la estigia negrura y, a cada paso, a medida que se acercaban al fondo, se hacía más intenso el tufo a petróleo, óxido, metal, a no ser que la sensación de sumirse en la total oscuridad les aguzara los sentidos.

Aunque sabía que ello era imposible, a Brunetti le parecía que el depósito estaba más oscuro ahora que cuando habían entrado.

– Voy a pararme, Pucetti -dijo, para que el joven no chocara con ellos. Se detuvo y Vianello, bien sincronizado, hizo otro tanto-. Ilumine el fondo -dijo a Pucetti, que se asomó a la barandilla dirigiendo la luz hacia la oscuridad.

Brunetti miró hacia arriba y vio una mancha grisácea que debía de ser la puerta por la que habían entrado. Lo sorprendió observar que habían dado más de media vuelta al depósito. Se volvió y siguió con la mirada el haz luminoso: aún estaban a cuatro o cinco metros del fondo. A la luz de la linterna, el suelo relucía y centelleaba con brillo incandescente. No era líquido porque, al igual que el barro del exterior, la superficie se rizaba en sólidas ondulaciones y remolinos a la luz de linterna, como un mar inmóvil de un vino oscuro.

Un escalofrío recorrió el brazo de Vianello, y, de pronto, Brunetti notó el frío.

– ¿Qué hacemos ahora, señor? -preguntó Pucetti haciendo oscilar la linterna para abarcar mayor campo de visión. A unos treinta metros, la luz incidió en una superficie vertical, y él la hizo subir lentamente, como obligándola a trepar por la ladera de una montaña. Pero el obstáculo no tenía más de cinco o seis metros de alto, y la superficie iluminada estaba formada por barriles y recipientes de plástico, unos negros, otros grises y otros amarillos. No estaban apilados con gran esmero. Algunos de la parte alta se habían ladeado, apoyándose unos en otros fatigosamente y los de las hileras exteriores se inclinaban hacia el interior, como pingüinos acurrucados unos contra otros en la noche antartica.

Sin necesidad de que se lo ordenaran, Pucetti enfocó con la linterna un extremo del montón y, lentamente, lo dirigió hacia el otro extremo, para que pudieran contar los barriles de la primera fila. Cuando la luz llegó al extremo, Vianello dijo en voz baja:

– Veinticuatro.

Brunetti había leído que los barriles tenían una capacidad de ciento cincuenta litros, o quizá era más. O menos. Más de cien, desde luego. Trató de hacer un cálculo mental, pero sin saber el volumen exacto ni cuántas hileras había detrás de las que podían ver, era imposible calcular el total; sólo, que cada hilera representaba, por lo menos, doce mil litros.

De todos modos, sin conocer el contenido, la cantidad no significaba nada. Cuando lo supieran podrían deducir la magnitud del peligro. Todos estos pensamientos y cálculos le pasaron por la cabeza mientras la luz se deslizaba por la superficie de los barriles.

– Echemos un vistazo -dijo Brunetti en voz baja -él y Vianello bajaron hasta el último peldaño-. Déme la linterna, Pucetti.

Brunetti se desasió del brazo de Vianello y bajó al suelo del depósito. Pucetti pasó junto al ispettore y se reunió con Brunetti.

– Voy con usted, comisario -dijo el agente, iluminando el lodo que estaban pisando.

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