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La otra cara de la verdad

Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:

Cuando el comisario Brunetti conoce a Franca Marinello, esposa de un hombre de negocios veneciano, descubre que está lejos de ser la rubia superficial que el vestuario caro y el notorio lifting facial hacían prever. Su evidente operación estética pasa a un segundo plano cuando en su conversación alude a Cicerón y Virgilio. Varios días más tarde, Filipo Guarino, jefe local de los carabinieri, acude a Brunetti para investigar la muerte del dueño de una compañía de camiones, presuntamente relacionada con el transporte ilegal de residuos y la llamada ecomafia. Las pesquisas del comisario demuestran que la deslumbrante Franca Marinello ha estado en contacto con el principal sospechoso, un hombre siniestro con un violento pasado. Pero la verdad siempre tiene un lado oculto.
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Antonio Bárbaro, sobrino de un jefe de la Camorra. Antonio Bárbaro, arrestado por violación. Antonio Bárbaro, fotografiado por un hombre que después fue muerto a tiros en un supuesto atraco, cuya foto estaba en poder de un hombre, muerto también por herida de bala. Antonio Bárbaro, presunto amante de la esposa de un hombre al que, en cierta manera, se relacionaba con la primera víctima. Antonio Bárbaro, muerto de varios disparos por esta mujer.

Mientras miraba por el balcón, Brunetti movía actores y actos sobre la superficie de la memoria, añadiendo detalles aquí y allá según iba recordándolos y descartando una hipótesis para sustituirla por otra, a la luz de una nueva especulación que exigía un orden diferente.

Recordó la escena de la mesa de juego: la mano del hombre en la cadera de ella, y cómo ella lo había mirado; las manos de él en los pechos de ella y cómo ella no se había movido, a pesar de que todo su cuerpo parecía repelerlo. Brunetti la veía de perfil cuando ella disparaba, aunque tampoco visto de frente su rostro reflejaría mucha emoción. Sus palabras, pues: ¿qué palabras habían suscitado la cólera del hombre y luego la habían aplacado para provocarla de nuevo?

Brunetti alargó el brazo en busca del teléfono y marcó el número de casa de sus suegros. Contestó uno de los secretarios y él dio su nombre y pidió por la contessa. Con los años, Brunetti había descubierto que la celeridad con que se pasaba su llamada parecía estar relacionada con su empleo del título.

– ¿Sí, Guido? -contestó ella.

– ¿Podría pasar a hablar contigo cuando vaya camino del despacho?

– Ven cuando quieras, Guido.

Él miró el reloj de la mesita de noche y vio con asombro que era más de la una.

– Dentro de media hora, si te parece bien.

– Desde luego, Guido. Te espero.

Cuando ella colgó, Brunetti se levantó y fue al baño a afeitarse y ducharse. Antes de salir, abrió el frigorífico y vio las sobras de la lasaña de la víspera. Puso la fuente en la encimera, sacó un tenedor del cajón y comió la mayor parte de lo que quedaba, puso el tenedor en el fregadero, tapó la devastada lasaña con la lámina de plástico y metió la fuente en el frigorífico.

Diez minutos después, pulsaba el timbre del palazzo y una persona vestida de oscuro a la que no reconoció, lo condujo al estudio de la contessa.

Ella lo besó, le preguntó si quería café, insistiendo hasta que él aceptó y dijo al hombre que había acompañado a Brunetti que les llevara café y biscotes.

– No puedes ir a trabajar sin tomar café -dijo ella. Se sentó en su butaca habitual desde la que podía ver el Gran Canal e inclinó el cuerpo para dar una palmada en el asiento del sillón que tenía a su lado.

– ¿De qué se trata? -preguntó cuando él se hubo sentado.

– Franca Marinello.

No pareció sorprendida.

– Esta mañana me lo han contado por teléfono -dijo con voz grave, que suavizó al añadir-: Pobrecita, pobrecita.

– ¿Qué te han dicho? -le habría gustado saber quién la había llamado, pero prefirió no preguntar.

– Que estaba involucrada en un suceso violento ocurrido en el Casino y que la policía se la había llevado para interrogarla -esperó a que Brunetti se lo explicara y, en vista de que no era así, preguntó-: ¿Estás al corriente?

– Sí.

– ¿Qué pasó?

– Disparó contra un hombre.

– ¿Y lo mató?

– Sí.

Ella cerró los ojos y Brunetti la oyó susurrar lo que podía ser una oración o, quizá, otra cosa. Le pareció oír la palabra «dentista», pero no le encontró sentido. Con una voz que había recuperado la firmeza, ella dijo:

– Dime qué pasó.

– Ella estaba en el Casino con un hombre. Él la amenazó y ella le disparó.

La contessa reflexionó y preguntó:

– ¿Estabas tú?

– Sí, pero había ido por el hombre, no por ella.

Nuevamente, la contessa se quedó pensativa antes de preguntar:

– ¿Era el tal Bárbaro?

– Sí.

– ¿Y estás seguro de que le disparó Franca?

– Yo la vi dispararle.

La contessa cerró los ojos otra vez y meneó la cabeza.

Sonó un golpe en la puerta y ahora entró una mujer. Vestía con sobriedad, pero sin delantalito blanco. Puso dos tazas de café, un azucarero, dos vasos de agua y una fuente de biscotes en la mesita de centro, hizo una inclinación de cabeza a la contessa y se fue.

La contessa dio a Brunetti el café, esperó a que él echara dos terrones de azúcar y bebió el suyo sin azúcar. Dejó la taza en el platillo y dijo:

– La conocí… Oh, hace años, cuando vino a Venecia a estudiar. El hijo de mi primo Ruggero era íntimo del padre de Franca. Además, son parientes lejanos por parte de madre -empezó, pero se interrumpió ahogando una exclamación de impaciencia-. Aunque poco importa si hay parentesco o no, ¿verdad? Cuando ella iba a venir a estudiar a Venecia, el hijo de Ruggero me llamó para pedirme que cuidara de ella -tomó un biscote y volvió a dejarlo en la bandeja.

– Orazio me dijo que os hicisteis amigas.

– Sí, es verdad -dijo la contessa rápidamente y trató de sonreír-. Y seguimos siéndolo -Brunetti no preguntó al respecto y ella prosiguió-: Paola ya no estaba en casa -sonrió-, hacía años que os habíais casado, pero sin duda yo aún echaba de menos tener a una hija a mi lado. Ella es más joven que Paola, desde luego, quizá yo echaba de menos una nieta, en fin, una persona joven -hizo una pausa y prosiguió-: Ella casi no conocía a nadie aquí y entonces era muy tímida; sentías el impulso de ayudarla -miró a Brunetti-: Todavía lo es, ¿no crees?

– ¿Tímida? -preguntó Brunetti.

– Sí.

– Yo diría que sí -convino Brunetti, como si no hubiera visto a Franca Marinello matar a tiros a un hombre la noche antes. Se quedó sin saber qué decir y no se le ocurrió sino-: Gracias por sentarme frente a ella en la cena. Nunca tengo con quien hablar de libros. Aparte de ti, desde luego -y, para hacer justicia a su esposa, añadió-: Me refiero a los libros que me gustan a mí.

El rostro de la contessa se animó.

– Eso dijo Orazio. Y por eso te puse frente a ella.

– Gracias -repitió él.

– Pero tú has venido por asuntos de trabajo, no para hablar de libros, ¿verdad?

– No. Para hablar de libros, no -dijo él, aunque no era del todo verdad.

– ¿Qué quieres saber? -preguntó ella.

– Cualquier cosa que pueda servirme de ayuda. ¿Conocías a Bárbaro?

– Sí. No. Es decir, no personalmente, y Franca nunca me habló de él. Pero me hablaban otras personas.

– ¿Que decían que eran amantes? -preguntó Brunetti temiendo que fuera muy pronto para hacer una pregunta tan directa, pero necesitaba saberlo.

– Sí; eso decían.

– ¿Tú lo creíste?

La mirada de ella era tan firme como fría.

– No voy a contestar a esa pregunta, Guido -dijo con sorprendente energía-. Es amiga mía.

Él, recordando lo que la había oído susurrar, preguntó con sincera confusión:

– ¿Has dicho algo de un dentista?

Ella lo miró, sorprendida.

– ¿Es que no estás enterado?

– No; no sé nada de ella. Ni de un dentista -la segunda parte era verdad.

– El dentista que hizo eso con su cara -dijo ella, con lo que aumentó la confusión de Brunetti. En vista de que él no mudaba de expresión, prosiguió con vehemencia-: Si lo hubiera matado a él, lo comprendería. Pero ya era tarde. Alguien se le había adelantado -dicho esto, guardó silencio, mirando hacia el otro lado del canal.

Brunetti se recostó en el respaldo y apoyó la palma de las manos en los brazos del sillón.

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