La otra cara de la verdad
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:
Ella lo miró y preguntó, sin poder ocultar el nerviosismo:
– Los oídos… ¿Aún le zumban?
– No. ¿Y a usted?
– Pues no. Sólo un murmullo. Mucho más débil, pero aún hay algo.
– Descanse y por la mañana, si aún lo nota, vaya al hospital. Dígales lo ocurrido. Quizá ellos puedan recomendarle algo.
– Gracias, Guido, eso haré -dijo ella y alargó el brazo para apagar la lámpara de sobremesa. Se levantó y Brunetti la ayudó a ponerse el abrigo y la esperó en la puerta del despacho. Juntos bajaron la escalera, sin hablar. En la planta baja, ella dijo buenas noches. Brunetti se alejó por el pasillo en dirección a la luz que salía de una de las habitaciones del fondo.
Se detuvo en la puerta y Franca Marinello alzó la mirada del libro.
– Buenos días -dijo él-. Siento que haya tenido que esperar.
– Oh, no se preocupe. No importa. De todos modos, no duermo mucho. Además, tenía el libro.
– Estaría más cómoda en su casa.
– Sí, seguramente. Pero pensé que usted preferiría que hablásemos esta noche.
– Sí, creo que es importante -dijo él entrando en la habitación.
Como si estuviera en el salón de su casa, ella señaló con la barbilla la silla que tenía enfrente, y él se sentó. La mujer cerró el libro y lo dejó sobre la mesa, pero él no pudo leer el título porque no veía el lomo.
Ella observó la dirección de su mirada.
– La Cronografía de Pselo -dijo poniendo una mano sobre el libro. Brunetti reconoció el título y el autor, pero nada más-. Trata de la decadencia -añadió.
Eran casi las cuatro y Brunetti ansiaba dormir. No era momento ni ocasión para hablar de libros.
– Deseo hablar de los hechos de esta noche, si es posible -dijo llanamente.
Ella ladeó el cuerpo, como tratando de mirar detrás de él.
– ¿No debería estar presente otra persona con una grabadora o, por lo menos, un taquígrafo? -preguntó con ligereza, haciendo como si bromeara.
– Debería, pero eso puede esperar. Prefiero que antes hable usted con su abogado.
– Pero, ¿no es éste el sueño de todo policía, comisario?
– No sé a qué se refiere
– Brunetti empezaba a impacientarse y estaba muy cansado para disimularlo.
– ¿Una sospechosa que desea hablar, sin grabadora ni abogado?
– Aún no sé muy bien de qué es usted sospechosa, signora -dijo él tratando de hablar con desenfado, sin conseguirlo, según advirtió él mismo-. Y nada de lo que pueda decir tiene mucho valor, sencillamente, porque, al no estar grabado ni filmado, siempre podrá negar haberlo dicho.
– Me temo que estoy deseando decirlo -él observó que se había puesto seria, incluso grave, a pesar de que la cara no lo denotaba, sólo la voz.
– Entonces le ruego que lo diga.
– Esta noche he matado a un hombre, comisario.
– Lo sé. La vi hacerlo, signora.
– ¿Cómo interpreta lo ocurrido? -preguntó ella, como si le pidiera opinión acerca de una película que habían visto ambos.
– Eso no importa. Lo que cuenta es lo ocurrido.
– Ya lo ha visto. Le he disparado.
Él sintió que lo invadía el cansancio. Había subido a lo alto del depósito por la parte de fuera y bajado por la de dentro, había visto la mano de Pucetti, con la piel colgando y el vendaje manchado de sangre. Había presenciado cómo esta mujer disparaba a un hombre. Y estaba muy cansado para seguir hablando, hablando, hablando.
– También he visto cómo usted le hablaba y, a cada cosa que le decía, él hacía algo distinto.
– ¿Qué le ha visto hacer?
– He visto que nos miraba, como si usted le hubiera advertido de nuestra presencia, y entonces le ha dicho algo más y él le ha dado la pistola y, cuando usted ya la tenía, he visto que él echaba el brazo hacia atrás, como si fuera a golpearla.
– Iba a golpearme, no le quepa duda, comisario.
– ¿Puede decirme por qué?
– ¿A usted qué le parece?
– Signora, lo que a mí pueda o no pueda parecerme no importa. Lo que importa es que la comisaria Griffoni y yo vimos que iba a golpearla.
Ella lo sorprendió al decir:
– Es una lástima que aún no los haya leído.
– ¿Cómo?
– Los Fastos: «La fuga del rey». Sí, es una obra menor, pero otros escritores la han encontrado interesante. Me gustaría que se le dedicara la atención que merece.
– Signora -dijo Brunetti secamente, echando la silla hacia atrás y levantándose bruscamente-. Son casi las cuatro y estoy cansado. Cansado por haber estado la mayor parte de la noche a la intemperie pasando frío y, si me permite decirlo, cansado de jugar al ratón y el gato por el jardín de la literatura -quería estar en casa, durmiendo en una cama caliente, sin zumbido en los oídos ni provocaciones de nadie.
La máscara no acusó el efecto de estas palabras.
– Bien -dijo la mujer suspirando-. En tal caso, esperaré a que se haga de día y llamaré al abogado de mi marido -se acercó el libro, miró a Brunetti a los ojos y dijo-: Gracias por venir a hablar conmigo, comisario. Y gracias por haber hablado conmigo las otras veces -abrió el libro-. Es bueno descubrir que puedo interesar a un hombre por algo más que la cara.
Con una última mirada y algo que podía ser una sonrisa, volvió a la lectura.
Brunetti se alegró de que ella desviara de él la atención. No había nada que decir a esto, ni respuesta ni pregunta.
Le dio las buenas noches, salió de la habitación y se fue a casa.
Capítulo 27
Brunetti dormía. Paola, a las nueve, antes de salir para clase, trató de despertarlo, pero sólo consiguió que se diera la vuelta hacia el otro lado de la cama. Al cabo de un rato, sonó el teléfono, pero el timbre no llegó hasta dondequiera que se encontrara Brunetti, un lugar en el que Pucetti tenía las dos manos sanas, Guarino no yacía muerto en el barro ni Bárbaro en el suelo de mármol y Franca Marinello era una bonita mujer de treinta años que movía toda la cara cuando sonreía.
Eran más de las once cuando Brunetti despertó, miró por el balcón, vio que llovía, y se durmió otra vez. Al volver a despertarse, lucía el sol y, durante un momento, se preguntó si no seguiría dormido y estaría soñando. Permaneció quieto un minuto por lo menos y, lentamente, sacó una mano, contento de oír el roce de la sábana. Trató de hacer chasquear los dedos y, aunque no consiguió producir más que el sonido de una fricción, lo oyó claramente, sin zumbido, y entonces apartó la ropa de la cama, deleitándose con su murmullo.
Ya de pie, sonrió al sol y reconoció que necesitaba un afeitado y una ducha, pero, más que nada, necesitaba café.
Se llevó el café a la habitación y puso la taza y el plato en la mesita de noche. Se quitó las zapatillas, se metió en la cama y alargó el brazo hacia su viejo ejemplar de Ovidio, sacándolo del montón de libros que tenía al alcance de la mano. Lo había encontrado hacía dos días, pero nunca tenía tiempo, no tenía tiempo. Fastos. ¿Qué había dicho ella? ¿El nosequé del rey? Fue al índice. Allí estaba: «La fuga del rey», el 24 de febrero. Se subió las mantas, pasó el libro a la mano derecha y tomó un sorbo de café. Dejó la taza y se puso a leer.
Después del primer párrafo, recordó la historia. O mucho se equivocaba o también la contaba Plutarco. ¿Y no la había utilizado Shakespeare? El malvado Tarquino, último rey de Roma, expulsado del reino por el populacho, a cuyo frente iba el noble Bruto, furioso por la muerte de su esposa, la bella Lucrecia, que se había suicidado tras ser violada por el malvado hijo del rey, el cual la había amenazado con destruir la reputación de su esposo.
Volvió a leer el pasaje, cerró el libro con suavidad, lo dejó en la cama, a su lado, y miró por el balcón el nítido cielo.