La otra cara de la verdad
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:
Vianello levantó un pie, pero Brunetti lo frenó poniéndole la mano en el brazo.
– Antes quiero ver cómo podemos salir de aquí -advirtió que todos hablaban en voz baja, como si fuera peligroso despertar eco.
En lugar de responder, Pucetti resiguió con la luz toda la escalera hasta arriba.
– Por si tenemos que movernos con rapidez -añadió Brunetti. Tomó la linterna de la mano de Pucetti, que lo estaba iluminando-. Esperen aquí -ordenó, y se alejó, deslizando la mano izquierda por la pared del depósito. Avanzó lentamente hasta encontrar la puerta y los ojos de las dos cerraduras.
Un poco más allá, descubrió lo que esperaba encontrar: el cerrojo de una pequeña salida de emergencia practicada en la puerta.
No vio señal de que el cerrojo estuviera conectado a una alarma. Descorrió el cerrojo y la puerta se abrió hacia afuera girando sobre unos goznes bien engrasados. Le dio en la cara un aire cargado de olores, que hizo aún más perceptible la pestilencia del interior. Pensó en dejar la puerta abierta, pero renunció a la idea. La cerró y volvieron el frío y el hedor.
Brunetti regresó junto a los otros. Antes de que pudiera decir algo, Pucetti se acercó y lo tomó del brazo, gesto que le pareció conmovedor por lo que tenía de protector. Cogidos del brazo, avanzaron pisando con cautela la helada superficie y parándose a cada paso, para asegurarse de que tenían los pies bien asentados sobre aquel suelo desigual, de manera que tardaron algún tiempo en llegar al centro de la primera fila de barriles.
Brunetti los recorrió con la luz, en busca de indicios de su contenido u origen. Los tres primeros no los mostraban, aunque la marca de la calavera y las tibias hacía superfluos tales detalles. El siguiente barril tenía restos de una etiqueta arrancada, en los que se veían dos pálidas letras cirílicas. El recipiente que venía a continuación estaba limpio, lo mismo que los tres siguientes. Un barril situado cerca del extremo de la fila tenía un reguero de una sustancia de un verde sulfuroso que salía por debajo de la tapa y había formado una costra en el suelo. Pucetti soltó el brazo de Brunetti y fue más allá del último barril. Brunetti dobló la esquina e iluminó el lateral de la estiba.
– Dieciocho -dijo Pucetti al cabo de un momento. Brunetti, que había contado diecinueve, asintió y retrocedió para examinar el barril de la esquina. Vio una etiqueta de color naranja justo debajo de la tapa. No sabía alemán, pero ésta era una de las lenguas que podía reconocer. «Achtung!» Esto estaba bastante claro. «Vorsicht Lebensgefahr». También este barril tenía una fuga en la parte superior y una mancha verde oscuro al pie, en el barro.
– Me parece que ya hemos visto bastante, Pucetti -dijo y volvió hacia donde creía que esperaba Vianello.
– Bien, comisario -dijo Pucetti, y empezó a andar hacia él.
Brunetti se detuvo a cierta distancia de Pucetti, llamó a Vianello y, cuando éste contestó, dirigió la linterna hacia la voz. Ninguno de los dos vio lo que ocurría. Brunetti sólo oyó que, a su espalda, Pucetti ahogaba una exclamación -de sorpresa, no de miedo- seguida de un largo chirrido que después identificó como el sonido que hizo el pie de Pucetti al resbalar en el barro helado.
Algo le golpeó en la espalda y, durante un momento, Brunetti sintió terror al imaginar que era uno de aquellos barriles. Luego se oyó un ruido sordo, seguido de silencio y de un grito de Pucetti.
Brunetti se volvió lentamente, moviendo los pies con precaución y apuntó con la linterna en dirección a la voz de Pucetti. El agente estaba de rodillas y gemía suavemente mientras se enjugaba la mano izquierda frotándola en la pechera de la chaqueta. Luego introdujo la mano entre las rodillas sin dejar de frotar contra la tela del pantalón.
– Oddio, oddio -murmuraba el joven, y Brunetti vio con asombro que se escupía en la mano antes de volver a enjugarla. Luego se puso en pie tambaleándose.
– Vianello, el té -gritó Brunetti haciendo girar la linterna furiosamente, sin saber ya dónde estaban Vianello y la puerta.
– Estoy aquí -dijo el ispettore, y al momento Brunetti lo captó con la luz, termo en mano. Brunetti empujó a Pucetti hacia adelante y lo asió del antebrazo acercando la mano del agente a Vianello. En la palma y parte del dorso había restos de una sustancia negra que había enjugado en la ropa. La piel que asomaba entre lo negro estaba roja, tenía ampollas y sangraba.
– Esto va a doler, Roberto -dijo Vianello. Situó el termo a bastante altura de la mano del joven. Al principio, Brunetti no entendía por qué lo levantaba tanto, pero cuando vio cómo humeaba el líquido dedujo que el ispettore pretendía que se enfriara por lo menos un poco antes de llegar a las quemaduras de Pucetti.
Brunetti oprimió con más fuerza el antebrazo del agente, pero no era necesario. Pucetti comprendió y se mantuvo inmóvil mientras el té le resbalaba por la mano, Brunetti echó el cuerpo hacia atrás, a fin de mantener la luz más firme. El vapor se elevaba del líquido que iba cayendo. El tiempo parecía haberse detenido.
– Bien -dijo Vianello finalmente, dando el termo a Brunetti.
El ispettore se quitó la parka y arrancó una tira del forro polar. Dejó caer la chaqueta en el barro y pasó la tela entre los dedos del joven con el cuidado y la delicadeza de una madre. Cuando hubo limpiado la mayor parte de la sustancia negra, recuperó el termo y vertió más té en la mano de Pucetti, dándole la vuelta cuidadosamente, para asegurarse de que el líquido llegaba a todas partes antes de caer al suelo.
Cuando el termo estuvo vacío, Vianello lo tiró y dijo a Brunetti:
– Dame tu pañuelo -Brunetti se lo dio y Vianello envolvió con él la mano de Pucetti, anudándolo en el dorso. Recogió el termo, rodeó los hombros del joven con un brazo y dijo a Brunetti:
– Vamos al hospital.
Capítulo 25
El médico de Pronto Soccorso del hospital de Mestre tardó casi veinte minutos en limpiar la mano de Pucetti, primero, con un baño en un suave líquido limpiador y después con un desinfectante, para reducir el riesgo de infección de lo que, esencialmente, eran quemaduras. Dijo que quien le había lavado la mano probablemente se la había salvado o, por lo menos, había impedido que las quemaduras fueran mucho más graves. Aplicó una pomada y un abultado vendaje en forma de guante de boxeo blanco, le dio un analgésico y le dijo que, a partir del día siguiente y durante una semana fuera diariamente al hospital de Venecia, para que le cambiasen el vendaje.
Vianello estaba con Pucetti mientras Brunetti, en el pasillo, hablaba con Ribasso, al que finalmente había localizado, no sin dificultades. El capitán de carabinieri, lejos de mostrarse sorprendido por el relato de Brunetti, dijo, una vez el comisario acabó de hablarle de lo ocurrido a Pucetti:
– Pues aún pueden dar gracias a que mis tiradores de primera decidieran no intervenir.
– ¿Qué?
– Mis hombres los han visto entrar y subir por la escala, pero uno de ellos ha decidido comprobar la matrícula. Menos mal que iban en un coche de la policía, o habrían tenido problemas.
– ¿Cuánto tiempo llevan allí? -preguntó Brunetti, haciendo un esfuerzo por hablar con naturalidad.
– Desde que encontramos al maggiore.
– ¿Esperando? -preguntó Brunetti, buscando posibilidades apresuradamente.
– Desde luego. Es raro que lo dejaran tan cerca de donde está la cosa -dijo Ribasso, sin más explicación. Y añadió-: Antes o después, alguien ha de ir a por lo que han dejado allí.
– ¿Y si no van?
– Irán.
– Parece muy seguro.
– Lo estoy.
– ¿Por qué?
– Porque alguien habrá pagado para que le dejen tener eso ahí y, si no se lo lleva pronto, habrá problemas.