La otra cara de la verdad
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:
– Pero la otra vez se marchó tranquilamente, ¿no?
– Sí -dijo Vasco arrastrando la sílaba-. Pero entonces no iba con una mujer. Eso hace que ganar les parezca más importante.
– ¿Cree que volverá?
Después de un largo silencio, Vasco dijo:
– El crupier cree que sí, y lleva aquí mucho tiempo. Es hombre de temple, pero estaba nervioso. Y es que esta gente tiene que irse andando a casa a las tres de la mañana.
– Esta noche iré -dijo Brunetti.
– Bien. Pero no hace falta que venga antes de la una, comisario. Según el registro, él siempre llega más tarde.
Brunetti le dio las gracias, sin haber aludido a la mujer, y colgó.
– ¿Por qué no podemos ir a echar un vistazo a plena luz del día? -preguntó Vianello cuando Brunetti le habló de las dos llamadas y de la necesidad que cada una de ellas planteaba de hacer una visita nocturna-. Somos la policía, allí ha aparecido un hombre asesinado: es natural que registremos la zona. Recuerda que aún no hemos encontrado el lugar en el que fue asesinado.
– Es preferible que nadie advierta que sabemos lo que buscamos -dijo Brunetti.
– Es que no lo sabemos, ¿o sí? -preguntó Vianello-. ¿Sabemos lo que buscamos?
– Buscamos dos cargamentos de residuos tóxicos escondidos cerca del lugar en el que Guarino fue asesinado -dijo Brunetti-. Eso me ha dicho Vizotti.
– Y yo digo que no sabemos dónde lo asesinaron, de modo que tampoco sabemos dónde buscar tus barriles.
– No son mis barriles -dijo Brunetti secamente-, y no pueden haber trasladado el cadáver a mucha distancia, en aquel descampado, donde podían ser vistos.
– Pero nadie los vio -dijo Vianello.
– No se puede entrar en la zona petroquímica con un cadáver, Lorenzo.
– Yo diría que eso es más fácil que entrar con camiones cargados de residuos tóxicos -respondió el ispettore.
– ¿Eso significa que no quieres acompañarme? -preguntó Brunetti.
– Claro que no -dijo Vianello sin disimular la exasperación-. Y también quiero ir al Casino -pero no pudo evitar añadir-: Si esta demencial expedición termina antes de la una.
Haciendo caso omiso de esta última frase, Brunetti preguntó:
– ¿Quién conducirá?
– ¿Eso quiere decir que no piensas pedir un chófer?
– Preferiría que nos llevara alguien en quien podamos confiar.
– A mí no me mires. No he conducido más de una hora en los cinco últimos años.
– ¿Quién entonces?
– Pucetti.
Capítulo 24
La Fincantieri trabajaba tres turnos construyendo cruceros, por lo que el flujo de gente que entraba y salía de la zona petroquímica e industrial era constante. Cuando, a las nueve y media de la noche, llegaron tres hombres en un sedán sin distintivos, el guarda no se molestó en salir de la garita sino que se limitó a agitar una mano amistosamente dándoles paso.
– ¿Recuerdas el camino? -preguntó Vianello a Brunetti, que iba delante, al lado de Pucetti. El inspector miraba por las ventanillas a uno y otro lado-. Todo parece diferente.
Brunetti recordaba las indicaciones que el guarda les había dado la vez anterior y las repitió a Pucetti. A los pocos minutos, llegaban al edificio rojo. Brunetti propuso dejar el coche allí y seguir a pie. Vianello, un tanto cohibido, les preguntó si no querían beber algo antes de empezar a andar, y explicó que su esposa había insistido en que se llevara un termo de té con limón y azúcar. Cuando ellos rehusaron, él añadió, dando unas palmadas en el bolsillo de su parka de plumón, que él, por su cuenta, le había añadido whisky.
La luna era casi llena, y no necesitaban la linterna de Vianello, que él guardó en el otro bolsillo. Era difícil determinar la fuente de la fantasmagórica claridad que los alumbraba: parecía venir tanto de la llama de la combustión de gas que ondeaba en lo alto de una torre cercana como del reverbero en la laguna de las luces de Venecia, la ciudad que había vencido a la oscuridad.
Brunetti se volvió a mirar el edificio rojo que, de noche, ya no era rojo. Su noción de la distancia y la proporción se había alterado: tanto podían estar en el lugar en el que había sido hallado el cadáver de Guarino como a cien metros. Brunetti veía ante sí la silueta de los depósitos, torres que se alzaban en el vasto damero de la explanada. Pucetti preguntó, en voz baja:
– Si hay puertas nuevas, ¿cómo entramos?
Por toda respuesta, Vianello se golpeó el bolsillo de la chaqueta, y Brunetti comprendió que traía su juego de ganzúas, causa de escándalo en un funcionario de policía. Y más escandalosa aún era la habilidad con la que el ispettore las manejaba.
La humedad dejaba en sus ropas gotitas de agua y, de pronto, los tres hombres notaron el olor. No era ácido ni era el olor penetrante del hierro sino una combinación de sustancia química y gas que se pegaba a la piel e irritaba ligeramente la nariz y los ojos. Mejor sería no respirar ni andar mucho por aquí.
Llegaron frente al primer depósito y lo rodearon hasta encontrar una puerta practicada toscamente en el metal con un soplete. Se pararon a pocos metros y Vianello iluminó con la linterna el terreno de delante de la puerta. El barro estaba helado, liso y reluciente, intacto desde las últimas lluvias de semanas atrás.
– Ahí no ha entrado nadie -dijo Vianello innecesariamente, y apagó la linterna.
Lo mismo observaron frente a otro depósito: no había en el barro más huellas que las de un animaclass="underline" perro, gato o rata, que ninguno de ellos supo identificar.
Retrocedieron a la pista de tierra y siguieron hacia el tercer depósito que, con sus más de veinte metros de altura, parecía una mole amenazadora, recortándose sobre las luces del lejano puerto de San Basilio. A derecha e izquierda se veían los miles de luces de los tres grandes cruceros amarrados en la ciudad, al otro lado de la laguna.
A su espalda oyeron el zumbido sordo de un motor que se acercaba, y se desviaron hacia los lados del camino, en busca de camuflaje. Mientras el ruido crecía y crecía, corrieron hacia el tercer depósito y se pegaron a su corroído costado.
El avión pasó sobre ellos, envolviéndolos en su estruendo. Brunetti y Vianello se taparon los oídos; Pucetti no se tomó esa molestia. Cuando el avión se alejó dejándolos aturdidos, se apartaron del depósito y empezaron a caminar alrededor de él, en busca de la puerta.
Vianello paseó por delante de la puerta el haz luminoso de la linterna, que aquí reveló una imagen muy distinta: huellas de neumáticos y de pasos que iban y venían. Además, esta puerta no era un burdo boquete rectangular abierto con un soplete y tapado con tablas, para impedir la entrada. Era una puerta corredera curva, como de un garaje, pero no garaje de casa particular sino de terminal de autobuses. O de un almacén.
Vianello se adelantó a examinar la cerradura. La linterna reveló otra cerradura situada más arriba y un candado sujeto a unas anillas soldadas a la puerta y a la pared del depósito.
– No soy lo bastante bueno para abrir la cerradura de arriba -dijo dando media vuelta.
– ¿Y qué hacemos? -preguntó Brunetti.
Pucetti fue hacia la izquierda, manteniéndose pegado al depósito. Después de dar varios pasos, retrocedió en busca de la linterna de Vianello y volvió a alejarse. Brunetti y Vianello oían sus pasos camino de la parte posterior del depósito y percibieron un extraño aldabonazo cuando el agente golpeó la pared metálica. De pronto, el sonido de los pasos de Pucetti quedó ahogado por la llegada de otro avión que llenó el ambiente de ruido y de luz y se alejó.