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Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:

El mundo que tan cuidadosamente había construido se estaba derrumbando a su alrededor…
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
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– ¡Eh! -Rachel se asomó a la ventana para asegurarse de que la oyera-. ¡Eso también tiene que llevárselo! -gritó.

El basurero alzó la mirada sorprendido. Sonrojado al saberse descubierto, se dispuso a recoger la basura que se había caído.

– ¡Mamá! -Emily entró corriendo en el estudio-, ¿qué pasa?

– Absolutamente nada.

– Pero estabas gritando.

– Sí, ¿y sabes una cosa? -se volvió hacia su hija-, me siento maravillosamente… Oh, Dios mío -la melena de su hija había desaparecido-, ¿qué demonios has hecho?

Emily sonrió de oreja a oreja y tiró de uno de los mechones extremadamente cortos que todavía quedaban en su cabeza.

– ¿Te gusta?

– ¿Te has cortado la melena?

– Sí -cuadró los hombros y alzó la barbilla-, siempre he querido llevarlo corto, pero tú no me dejabas.

– ¡Y tampoco te habría dejado ahora! -cambió de tono al ver la expresión desolada de su hija-. Comprendo que es tu pelo y que estás comenzando a despegar las alas, a convertirte en una adolescente y todo eso, pero…

– Mamáaaa -comenzó a decir Emily.

– ¡Deberías haber preguntado! -estaba gritando otra vez y no le importaba.

– ¡Quería parecerme a ti! -gritó Emily en respuesta.

– ¿De verdad? -a Rachel se le llenaron los ojos de lágrimas.

– De verdad -contestó Emily llorosa-. Pero tú lo odias. Y estás gritando. ¿Por qué gritas, mamá? Tú nunca gritas.

– Oh, cariño, no lo odio, te lo prometo -Rachel envolvió a su hija en un enorme abrazo-. Supongo que me gustaría que siguieras siendo mi niñita, que continuaras necesitándome para todo.

– Y te necesito, siempre te necesitaré.

Rachel enterró el rostro en el cortísimo pelo de su hija.

– Me alegro de oírtelo decir. Últimamente me he sentido… un poco insegura.

– ¿Sin papá?

La mera mención de Ben era para ella como un cuchillo clavado en el pecho.

– Sí.

– ¿Por eso gritas?

– Grito porque… me hace sentirme bien -sonrió-. Y no voy a reprimirme más, Emily. No voy a continuar fingiendo que mis sentimientos no existen.

– ¿Y eso significa que a partir de ahora vas a gritarme mucho?

– Intentaré controlar los decibelios, ¿de acuerdo?

– Caramba, Rach -Melanie entró en aquel momento en el estudio-, creo que en China no te han oído, ¿por qué no le gritas un poco más alto a ese tipo? Eh, estás genial -le dijo a Emily y le revolvió el pelo.

¿Lo ves?, pareció decirle Emily a Rachel con la mirada.

Rachel elevó los ojos al cielo.

– ¿Interrumpo algo? -preguntó Melanie vacilante.

La vieja Melanie jamás habría preguntado algo así, no le habría importado. Y Rachel sabía que aquellos cambios de actitud se debían a Garret. Estaban viviendo juntos y Melanie había conseguido trabajo… en la consulta de Garret, por cierto.

– No interrumpes nada en absoluto. Estábamos a punto de tomar un aperitivo.

– Para eso siempre estoy dispuesta -dijo Mel, y agarró una silla. Vaciló un instante antes de decir-: ¿Sabes, Rachel? Nunca hemos hablado de…

– ¿Te refieres a cuando te dije que te marcharas a tu casa? -Rachel suspiró-. No debería haberlo hecho, Melanie, lo siento.

– Soy yo la que lo siente. Pero voy a decirte algo: he cambiado.

– Lo sé. Y ahora sólo quiero poder confiar en ti y que seas feliz.

– Puedes confiar en mí, y te aseguro que soy muy feliz -Melanie se acercó a ella y la sorprendió al decirle por primera vez en su vida-: Te quiero.

– Yo también te quiero -contestó Rachel con un nudo en la garganta-. Y quiero que sepas que a partir de ahora voy a decirte muchas cosas. Porque, Em, puede decírtelo, ya no voy a reprimirme más.

– Sí, así que cuidado -le advirtió Emily.

Melanie le sonrió.

– Se siente una bien, ¿eh?

– Desde luego.

Melanie alargó el brazo para pasárselo a Emily por los hombros.

– ¿Por qué no me traes un refresco?

– Lo que quieres es que me vaya para poder hablar sin que os oiga. Pero te advierto que sólo voy a tardar dos minutos en ir a la cocina y volver.

– Entonces, ahora que has decidido no reprimirte nada, ¿vas a decirle a Ben que no querías que se fuera? -le preguntó Melanie a Rachel cuando se quedaron a solas.

– Bueno, esa parte es un poco complicada… No sé, Melanie, estoy pensando en ello. En todo.

Emily regresó casi inmediatamente con una bandeja llena de cosas ricas.

– ¿Tienes a mano el número del móvil de tu padre? -le preguntó Rachel.

– ¿Qué pasa? -preguntó Emily preocupada-. ¿Por qué lo necesitas?

Melanie miró a Rachel, sonrió lentamente y le pasó el brazo por los hombros a su sobrina.

– Creo que va a intentar conquistarlo.

Rachel sonrió. Sí. Iba a intentar conquistarlo. Con el corazón en la garganta, marcó el número de teléfono de Ben. El corazón le palpitaba con fuerza, las manos le sudaban y se preguntaba qué demonios iba a decir.

Pero al final no sirvió de nada. Porque la única respuesta que recibió fue la del mensaje del móvil diciéndole que Ben no estaba disponible.

La historia de la vida de Ben.

– Lo echas de menos -dijo Emily con una sonrisa-. Lo sabía, lo echas de menos.

– Sí, lo echo de menos -contestó Rachel suavemente, y enmarcó el rostro de su hija con las manos-. ¿Y sabes qué? Me he dado cuenta de que hace mucho tiempo que no salimos de South Village, así que, ¿qué te parecerían unas vacaciones?

– Faltan tres días para que me den las vacaciones.

– Entonces tenemos tres días para hacer el equipaje.

– ¿A dónde nos vamos?

– A África.

En realidad tardaron dos semanas en preparar el viaje. No era fácil localizar a Ben. Lo único que Rachel había sabido de sus planes era el nombre del lugar en el que pensaba estar mientras hacía un reportaje y, cuando estuvo al tanto de los detalles sobre la dureza y la lejanía del lugar al que se dirigían, tragó saliva.

Aquellos no eran unos agradables días de vacaciones. Aquello era una tragedia de gran magnitud que iba en contra de todos los principios de Rachel. Y, sin embargo, estaba deseando emprender la aventura.

Era Melanie la que las iba a llevar al aeropuerto, la que las conduciría al inicio de aquel viaje que podría cambiar sus vidas para siempre.

Asumiendo que Rachel fuera capaz de convencer a Ben de que se dieran otra oportunidad.

Miró a Emily, que esperaba tan paciente y confiadamente que pudieran llegar a vivir los tres juntos y se llenó de amor.

– Emily, te quiero.

– ¡Oh, no! Vas a cambiar de opinión.

– No, no voy a cambiar de opinión -se echó a reír ante el terror que reflejaba el rostro de su hija-. Sólo quería decirte que te quiero, eso es todo.

Evidentemente, no la creía. Tiró suavemente de su mano.

– Vamos, salgamos fuera a esperar a tía Mel. Creo que la he oído llegar.

Sí, era una buena idea. Y aquel sería el primer paso que las llevaría a Ben. Con un profundo suspiro, abrió la puerta, y estuvo a punto de chocar con… ¿Ben?

El corazón dejó de latirle.

Ben la miró a los ojos y le dirigió una de sus infalibles sonrisas.

– ¿Ben?

Se volvió hacia Emily, como si no estuviera segura de lo que estaba viendo.

Emily sacudió la cabeza. Eso quería decir que no había sido ella la que lo había llamado en aquella ocasión. Y eso significaba… Rachel volvió a mirar a Ben, que permanecía apoyado en el marco de la puerta con expresión de cansancio.

– Sí, soy yo -y entró cojeando en la casa.

Abrazó a Emily con fuerza y se volvió hacia Rachel.

El corazón que segundos antes se había paralizado comenzó a latir violentamente.

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