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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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Daba la impresión de que fuera a romperse en millones de fragmentos tan sólo con tocarla.

Un trueno sacudió la habitación, y su cuerpo se agitó con tal tormento que Anthony lo sintió en sus propias entrañas.

– Oh, Kate -susurró. Le rompía el corazón verla de ese modo. Áproximó su mano con cuidado y firmeza para tocarla, aun así no estaba seguro de que ella pudiera advertir su presencia; sorprenderla tal vez fuera igual que despertar a un sonámbulo.

Le puso la mano con delicadeza sobre la parte superior del brazo y le dio un mínimo apretón.

– Aquí estoy, Kate -murmuró-. No va a pasar nada.

Un relámpago rasgó la noche y alumbró la habitación con un pronunciado estallido de luz. Kate se encogió todavía más, si es que era posible apretar aún más el ovillo. Se le ocurrió pensar que ella intentaba sellar sus ojos manteniendo la cara contra las rodillas.

Anthony se acercó un poco más y tomó una de sus manos en la suya. Tenía la piel helada, los dedos rígidos de terror. Era difícil despegarle el brazo de sus piernas, pero logró llevarse la mano hasta boca y apretó sus labios contra su piel en un intento de calentarla.

– Aquí estoy, Kate -repitió, ni siquiera estaba seguro de qué otra cosa podía decir-. Aquí estoy, no va a pasar nada.

Finalmente consiguió meterse debajo de la mesa para poder sentarse a su lado en el suelo, con un brazo alrededor de sus hombros temblorosos. Ella pareció relajarse algo con su contacto, lo cual le proporcionó una extrañísima sensacion: sensación casi de orgullo por ser él quien conseguía ayudarla. Eso y una honda sensación de alivio ya que era insoportable verla sufrir aquel tormento.

Le susurró palabras tranquilizadoras al oído y con suavidad le acarició la espalda en un intento de darle consuelo con su mera presencia. Y poco a poco – muy poco a poco, no tenía ni idea cuántos minutos llevaba sentado debajo de la mesa con ella- sintió que sus agarrotados músculos empezaban a relajarse. Su piel perdió aquel tacto sudoroso y su respiración, aunque continuaba fatigosa, ya no sonaba tan espantada.

Tras un rato, cuando consideró que ella podía estar preparada, le tocó debajo de la barbilla con dos dedos, aplicando la presión más suave imaginable para levantar su rostro y verle los ojos.

– Mírame, Kate -le susurró, con voz amable pero cargada de autoridad-. Sólo con que me mires, sabrás que estás a salvo.

Los pequeños músculos que rodeaban sus ojos temblaron durante unos quince segundos antes de que por fin agitara los párpados. Estaba intentando abrir los ojos, pero éstos se resistían. Anthony tenía poca experiencia en este tipo de terror, pero encontraba cierta lógica en que sus ojos no quisieran abrirse, en que, así de sencillo, no quisieran ver lo que tanto miedo les infundía, fuera lo que fuera.

Tras varios segundos más de parpadeo, Kate consiguió abrir 1os ojos del todo y encontrar la mirada de él.

Anthony sintió que le daban un puñetazo en las tripas.

Si los ojos eran de verdad las ventanas del alma, algo se había hecho añicos en el interior de Kate Sheffield aquella noche. Parecía angustiada, atormentada, por completo perdida y desconcertada.

– No recuerdo -susurró con voz apenas audible.

Él le cogió la mano, aunque en ningún momento la había soltado, y volvió a acercarla a sus labios. Le dio un beso tierno, casi paternal en la palma.

– ¿No recuerdas el qué?

Ella negó con la cabeza.

– No lo sé.

– ¿Recuerdas haber venido a la biblioteca?

Ella asintió.

– ¿Recuerdas la tormenta?

Kate cerró los ojos durante un momento, como si el esfuerzo de mantenerlos abiertos requiriera más energía de la que poseía.

– Aún hay tormenta.

Anthony asintió. Era cierto. La lluvia aún daba en las ventanas con tanta ferocidad como antes, pero habían pasado varios minutos desde la última racha de truenos y relámpagos.

Le miró con ojos desesperados.

– No puedo… no sé…

Anthony le apretó la mano.

– No tienes que decir nada.

Notó que el cuerpo de Kate se estremecía y luego se relajaba, luego la oyó susurrar:

– Gracias.

– ¿Quieres que te hable? -preguntó.

Ella cerró los ojos, no con la misma fuerza de antes, y asintió.

Él sonrió, aunque sabía que ella no podía verle. Pero tal vez podía percibirle. Tal vez fuera capaz de oír la sonrisa en su voz.

– Pues bien -caviló-, ¿de qué puedo hablarte?

– De la casa -susurró ella.

– ¿De esta casa? -preguntó Anthony con sorpresa.

Ella volvió a hacer un ademán afirmativo.

– Muy bien -continuó él con una sensación absurda de complacencia porque ella se interesara por aquel montón de piedras y argamasa que tanto significaba para él-. Yo crecí aquí, sabes.

– Eso dijo tu madre.

Anthony sintió una chispa de algo cálido y poderoso en el pecho cuando ella habló. Él le había dicho que no tenía que decir nada, y era obvio que ella se había sentido agradecida, pero ahora estaba tomando parte activa en la conversación. Sin duda aquello tenía que significar que se encontraba mejor. Si abriera los ojos, y si no se encontrara debajo de la mesa, podría parecer casi normal.

Y era asombroso cuánto deseaba él ser la persona que le hiciera sentirse mejor.

– ¿Te apetece que te explique la vez en que mi hermano ahogó la muñeca favorita de mi hermana? -pregunto.

Ella negó con la cabeza, luego se estremeció cuando el viento cobró fuerza, lo que hizo que la lluvia diera contra las ventanas con ferocidad. Pero ella se armó de valor y dijo:

– Cuéntame algo de ti.

– De acuerdo -dijo Anthony despacio, intentando pasar por alto aquella sensación vaga e incómoda que se extendió por su pecho. Era mucho más fácil contar alguna historia de sus muchos hermanos que hablar de sí mismo.

– Háblame de tu padre.

Se quedó paralizado.

– ¿Mi padre?

Ella sonrió, pero la petición le había conmocionado demasiado como para advertirlo.

– Seguro que tuviste uno -dijo.

A Anthony se le hizo un nudo en la garganta. No hablaba a menudo de su padre, ni siquiera con su familia. Se había dicho a si mismo que era porque había llovido mucho desde entonces; hacía más de diez años que su padre estaba muerto. Pero la verdad era que algunas cosas dolían demasiado.

Y había algunas heridas que no cicatrizaban, ni siquiera en diez años.

– El… él fue un gran hombre -dijo con voz suave-. Un gran padre. Le quería mucho.

Kate se volvió para mirarle, la primera vez que encontraba su mirada desde que él le había alzado la barbilla con los dedos minutos antes.

– Tu madre habla de él con mucho afecto. Por eso he preguntado.

– Todos le queríamos -dijo sencillamente, y volvió la cabeza para mirar por la habitación. Su vista se centró en la pata de una silla, pero en realidad no la veía. No veía otra cosa que los recuerdos en su mente-. Era el mejor padre que un muchacho puede desear.

– ¿Cuándo murió?

– Hace once años. En verano. Cuando yo tenía dieciocho años. Justo antes de que me fuera a Oxford.

– Es una edad difícil para que un hombre pierda a su padre -murmuró ella.

Anthony se volvió de forma repentina hacia ella.

– Cualquier edad es difícil para que un hombre pierda a su padre.

– Por supuesto -se apresuró a corroborar ella-, pero hay veces peores que otras, creo. Y sin duda debe de ser diferente para los chicos y para las chicas. Mi padre falleció hace cinco años y le echo muchísimo de menos, pero no creo que sea lo mismo.

No hizo falta que Anthony formulara su pregunta. Estaba en sus ojos.

– Mi padre era encantador -explicó Kate, cuyos ojos se animaron con el recuerdo-. Amable y bondadoso, pero firme cuando hacía falta. Pero el padre de un muchacho… bien, tiene que enseñarle a su hijo a ser un hombre. Y perder a un padre a los dieciocho años, cuando empiezas a aprender todo lo que significa… -soltó una larga exhalación-. Es probable que sea presuntuoso por mi parte hablar de ello, puesto que no soy un hombre y no es posible que me ponga en su lugar, pero pienso que… -hizo una pausa y frunció los labios como si pensara las palabras-. Bien, pienso sencillamente que sería muy difícil.

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