El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Con un revuelo de la lana blanca de su toga, el orador dio media vuelta y se apartó del banquero, creando un instante de atención en el que todos los ojos se apartaron del querellante para seguirle a él; todos los ojos, menos los de algunos miembros del jurado en la primera fila, de aspecto no muy distinto a los cincuenta y un miembros que lo componían. Y los ojos de Cayo Mario y Publio Rutilio Rufo. Un miembro del jurado miraba impasible a Opio, moviendo el dedo índice por la parte baja de la garganta, como si se rascase. La respuesta no se hizo esperar: el banquero meneó casi imperceptiblemente su gruesa cabeza. Cayo Mario comenzó a sonreír.
– Gracias, praetor peregrinus -dijo el joven haciendo una reverencia al pretor de extranjeros, ya en actitud rígida y tímida, desposeído del espíritu que había animado su peroración.
– Gracias, Marco Livio -contestó el pretor, dirigiendo una mirada al jurado-. Ciudadanos de Roma, servíos inscribir vuestras tablillas y presentad el veredicto al tribunal.
En el tribunal se produjo un movimiento generalizado, mientras los jurados sacaban unos cuadraditos de cerámica blanca y lapiceros de carbón. Pero no escribieron nada, sino que permanecieron mirando a la nuca de los que ocupaban la primera fila. El que había dirigido la seña al banquero cogió el lápiz y trazó una letra en la tablilla de cerámica y a continuación bostezó aparatosamente, estirando los brazos por encima de su cabeza, con la tablilla en la mano izquierda y los numerosos pliegues de la toga cayéndole sobre el hombro del brazo que sostenía la tablilla en el aire. El resto de los jurados escribió apresuradamente el veredicto y entregó las tablillas a los lictores que recorrían las filas.
El pretor de extranjeros procedió personalmente al recuento, mientras el público esperaba conteniendo la respiración; fue repasando tablilla por tablilla y arrojándolas a uno de los dos cestos que tenía delante: casi todas en uno y unas cuantas en el otro. Cuando acabó con las cincuenta y una, alzó la vista.
– Absolvo -dijo-. Cuarenta y tres a favor y ocho en contra. Lucio Frauco de Marruvio, ciudadano marso de nuestros aliados itálicos, este tribunal os absuelve, con la sola condición de que efectuéis la total restitución como habéis prometido. Podéis acordar los términos con Cayo Opio antes de que concluya el día.
Eso fue todo. Mario y Rutilio Rufo aguardaron a que la multitud acabase de dar la enhorabuena al joven Marco Livio Druso, hasta que sólo quedaron rodeando al abogado sus entusiasmados amigos. Pero cuando el hombre alto de fieras cejas y el hombre bajo, que todos sabían era el tío de Druso, se aproximaron al grupo, éste se abrió respetuosamente.
– Enhorabuena, Marco Livio -dijo Mario, dándole la mano.
– Gracias a vos, Cayo Mario.
– Has estado muy bien -dijo Rutilio Rufo.
Se volvieron hacia el extremo de la Velia del Foro y comenzaron a andar.
Rutilio Rufo dejó que hablaran Mario y Druso, complacido de ver que su joven sobrino tenía tan excelentes dotes de abogado, pero muy consciente de las desventajas por su flemática actitud. El joven Druso, pensaba su tío Publio, era más bien un cachorro sin sentido del humor, brillante pero curiosamente pelmazo, que nunca tendría esa claridad de juicio capaz de discernir la modalidad de las cosas grotescas que se avecinaban y que, conforme fuese madurando, iría cosechando muchos pesares. Serio, tenaz, ambicioso, incapaz de desistir ante cualquier problema que se le presentara, sí, pero, pese a todo -se dijo el tío Publio para sus adentros-, no dejaba de ser un honorable cachorro.
– Habría sido lamentable para Roma que tu cliente hubiera sido declarado culpable -decía Mario.
– Sí, muy lamentable. Frauco es uno de los ciudadanos más importantes de Marruvio y un personaje del pueblo marso. Desde luego que no será tan importante una vez que haya pagado el dinero que debe a Cayo Opio; pero ya ganará más -respondió Druso-. ¿Subis al Palatino? -inquirió el joven al llegar a la Velia, deteniéndose ante el templo de Júpiter Stator.
– Ni mucho menos, sobrino -respondió Rutilio Rufo, abandonando sus reflexiones-. Cayo Mario viene a cenar a casa.
El joven Druso hizo una solemne inclinación de cabeza a sus mayores y comenzó a ascender despacio el Clivus Palatinus. A espaldas de Mario y Rutilio Rufo apareció la figura poco agraciada de Quinto Servilio Cepio hijo, el mejor amigo del joven Druso, echando a correr para alcanzar a su amigo que, aunque debía haberle oído, no le aguardaba.
– Esa amistad no me gusta -dijo Rutilio Rufo, contemplando a las figuras de los dos jóvenes perderse en la distancia.
– ¿Por qué?
– Los Servilios Cepio son de intachable nobleza e inmensamente ricos, pero con tan poco cerebro como solera aristocrática; por eso no es una amistad entre iguales -contestó Rutilio Rufo-. Mi sobrino prefiere, por lo visto, la clase de deferencia y adulación que le ofrece el joven Cepio que otro tipo de compañía más estimulante con sus iguales que le rebaje los humos. Lástima; porque temo, Cayo Mario, que la devoción de ese Cepio confiera a mi sobrino una falsa impresión sobre su habilidad para dirigir a los demás.
– ¿En la batalla?
Rutilio Rufo se detuvo de repente.
– ¡Cayo Mario, hay otras actividades aparte de la guerra y otras instituciones distintas al ejército! No, me refería a su quehacer en el Foro.
Aquella misma semana, Mario volvió a visitar a su amigo Rutilio Rufo y le encontró absorto, haciendo el equipaje.
– Panetio agoniza -le dijo Rutilio, conteniendo las lágrimas.
– ¡Mala noticia! -exclamó Mario-. ¿Dónde está? ¿Llegarás a tiempo?
– Eso espero. Está en Tarso y me ha pedido que vaya. ¡Es curioso que me reclame a mí, con tantos romanos como ha tenido por discípulos!
– ¿Y por qué no? -replicó Mario con cierto aire admirativo-. Al fin y al cabo eres su mejor alumno.
– No, no -adujo Rutilio, como distraído.
– Me marcho a casa-dijo Mario.
– No digas tonterías -replicó Rutilio Rufo, conduciéndole a su despacho, un cuarto sucio en extremo, lleno de escritorios y mesas atiborradas de libros, en su mayoría medio desenrollados y algunos sujetos por el extremo, dejando caer hasta el suelo una cascada de precioso papiro egipcio.
– Me quedaré en el jardín -dijo Mario con firmeza, no viendo otro sitio donde descansar en medio de aquel caos, aunque sabedor de que Rutilio Rufo era capaz de localizar rápidamente cualquier libro por muy desordenado que el cuarto pareciera-. ¿Qué estás escribiendo? -inquirió al ver en una mesa un largo documento en papel con tratamiento de Fanio, ya medio cubierto por la inconfundible escritura de Rutilio, muy clara y fácil de leer, en contraste con el desbarajuste del cuarto.
– Algo en lo que deseo tu consejo -contestó Rutilio invitándole a salir-. Es un manual de información militar. Después de lo que me dijiste sobre la ineptitud de los generales romanos estos últimos años, pensé que era hora de que alguien competente redactase un tratado útil. Hasta el momento sólo llevo escrito lo relativo a logística y planificación de bases, pero ahora voy a comenzar con tácticas y estrategia, temas en los que tú eres experto. Así que tendré que estrujarte la mollera.
– Dalo por hecho -dijo Mario sentándose en un banco de madera en aquel pequeño jardín oscuro y bastante descuidado, lleno de yerbajos y con una fuente que no funcionaba-. ¿Ha venido a visitarte Metelo? -inquirió.
– Pues sí, a primera hora de la mañana -contestó Rutilio, sentándose en un banco enfrente de Mario.