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Mujeres peligrosas

Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.
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Finalmente, se habían producido algunos cambios perturbadores en los aspectos más íntimos de nuestra vida marital. Esos asuntos deben quedar entre marido y mujer, pero baste decir que nuestras relaciones se volvieron más frecuentes -y en lo que a mi esposa se refiere, más violentas- de lo que habían sido nunca. La situación había llegado al punto de que yo temía apagar la luz, y había acabado por preferir quedarme lejos de nuestro dormitorio hasta altas horas de la noche, con la esperanza de que Eleanor se hubiera dormido en el momento en que yo finalmente me acostaba a su lado. Sin embargo Eleanor rara vez estaba dormida, y su apetito era horriblemente insaciable.

Estaba oscuro cuando llegué a casa esa noche, no obstante alcancé a ver que había huellas de un vehículo sobre el césped, y un enorme pozo en el sitio en el que había estado el templete. Los escombros de la construcción estaban tirados en un revoltijo de piedra y cemento y plomo sobre el sendero de grava junto a la casa, dejados allí por los hombres responsables de la demolición, revelando ahora la escasez de su base, pues la estructura misma era simplemente una excusa, una manera de cubrir el enorme hoyo que yacía debajo de ella. Una figura se encontraba en el borde del hoyo, con una lámpara en la mano. Cuando se volvió hacia mí, esbozó una sonrisa que, me pareció, estaba colmada de lástima y malicia.

– ¡Eleanor! -grité-. ¡No!

Era demasiado tarde. Me dio la espalda y empezó a bajar por una escalera, mientras la luz que llevaba desaparecía con rapidez de mi vista. Dejé caer mi maletín y corrí por el césped, con el pecho agitado y un pánico creciente aferrándome las entrañas, hasta llegar al borde del foso. Abajo, Eleanor excavaba la tierra con las manos desnudas, revelando lentamente la esquelética figura contraída de una mujer, sus restos aún cubiertos con un andrajoso vestido rosa, y supe instintivamente que era la señora Ellis, y que las sospechas del agente Morris eran fundadas. Ella no había abandonado a su esposo. Más bien él la había enterrado aquí después de que ella excavara bajo el templete; él la había matado y luego se había suicidado en un acceso de horror y remordimiento. El cráneo de la señora Ellis era levemente alargado alrededor de la nariz y de la boca, como si alguna espantosa transformación se hubiera interrumpido a causa de su súbita muerte.

Para entonces, Eleanor ya había conseguido dejar al descubierto un pequeño ataúd, oscuro y ornamentado. Empecé a bajar la escalera para acercarme a ella en el momento en que enarbolaba una barra metálica y la lanzaba contra el gran cerrojo que Gray había colocado a la caja antes de enterrarla. Ya había llegado a los últimos peldaños de la escalera cuando escuché el sonido de goznes y, con un grito de triunfo, Eleanor abrió la tapa del ataúd. Allí, tal como Gray lo había descripto, yacían los restos encorvados, coronados por un extraño cráneo alargado. Ya había empezado a alzarse el polvo y la boca de Eleanor había comenzado a exhalar una delgada estela de rojo vapor. Su cuerpo se convulsionó como si lo sacudieran manos invisibles. Sus ojos parecían salirse de las órbitas, muy blancos, y las mejillas parecieron hundirse en su boca abierta, mientras todas las líneas de su cráneo se hacían muy visibles bajo la piel. La barra se deslizó de su mano y yo la aferré rápidamente. Empujando a Eleanor a un lado, alcé la barra sobre mi cabeza y me erguí junto al ataúd. Desde adentro un rostro gris y negro me miraba con grandes ojos verde oscuro y orificios en lugar de orejas, y su afilado pico chasqueó cuando el ser comenzó a alzarse para atacarme. Las garras se debatían contra los costados de su prisión mientras luchaba por alzarse, y su cuerpo era una parodia de todo lo que era bello en una mujer. Su aliento olía a cosas muertas.

Cerré los ojos y descerrajé el golpe. Algo gritó, y el cráneo se partió con un ruido hueco y húmedo como si fuera un melón. La criatura cayó hacia atrás, y yo cerré la tapa con violencia. A mis pies, Eleanor yacía inconsciente, mientras las últimas volutas del vapor rojo brotaban lentamente de sus labios. Tal como lo había hecho Gray años atrás, usé la barra de hierro para trabar el cerrojo. Desde adentro brotaba el ruido de un furioso golpeteo, y la barra se agitó con violencia sobre el cerrojo. La cosa gritó repetidamente, con un sonido largo y agudo semejante a los chillidos de los cerdos en el matadero.

Cargué a Eleanor sobre mis hombros y, con cierta dificultad, trepé por la escalera hasta el nivel de la tierra, mientras los golpes y la agitación que venían del ataúd disminuían poco a poco. Llevé a mi esposa en auto hasta Bridesmouth, donde la dejé al cuidado del hospital local. Permaneció inconsciente durante tres días, y cuando recobró el conocimiento no recordaba nada del templete ni de Lilit.

Mientras ella estaba en el hospital, hice arreglos para que ambos regresáramos a Londres de manera permanente, y para que Norton Hall fuera cerrado. Y después, una tarde brillante, observé cómo el hoyo del jardín era revestido con cemento reforzado con vigas de acero. Luego vertieron en él más cemento, tres camiones enteros, hasta que sus fauces estuvieron rellenas hasta la mitad. Después, los albañiles emprendieron la tarea de construir un segundo templete para tapar todo, esta vez más grande y más ornamentado que su predecesor. Me costó medio año de ganancias, pero no tuve dudas de que valía la pena. Finalmente, mientras Eleanor continuaba su convalecencia con su hermana, en Bournemouth, vi cómo colocaban las últimas piedras y los albañiles empezaban a retirar su equipo del jardín.

– Supongo que a la señora no le gustaba el otro templete, ¿no es cierto, señor Merriman? -me dijo el capataz, mientras contemplábamos la puesta del sol detrás de la nueva estructura.

– Me temo que no era adecuado para su temperamento -respondí.

El capataz me lanzó una mirada perpleja.

– Son criaturas muy raras, las mujeres -añadió al fin-. Si se salieran con la suya, dominarían el mundo.

– Si se salieran con la suya -repetí.

Pero no lo harán, pensé.

Al menos no mientras yo pudiera evitarlo.

A mil millas de ninguna parte – Lorenzo Carcaterra

El hombre alto estaba sentado con la espalda apoyada contra el grueso cristal de la ventana. Tenía los ojos cerrados, y con tres dedos de la mano derecha aferraba el cuello de una botella de cerveza tibia. En una radio que murmuraba a la distancia, las Dixie Chicks se hacían oír con el tema “Give it up or let me go”. El hombre respiró hondo y se pasó la mano libre sobre la rodilla izquierda, tratando de aliviar el dolor que demasiados años de medicación y tres operaciones no habían logrado apaciguar. Estaba cansado, sin la paciencia necesaria para esperar que pasara otra invernal tormenta de nieve, con el estrépito que había añadido, apenas unas horas antes, al trajín de una terminal de aeropuerto, ahora reducido a los plácidos movimientos de los equipos de limpieza y a las intermitentes cabeceadas de los pasajeros varados que conseguían conciliar fugazmente el sueño.

Se suponía que debía haber estado en Nashville cuatro horas atrás, para terminar su trabajo una hora más tarde, y a esta hora ya habría dado cuenta de la mitad de una buena cena consistente, algo así como una costilla ahumada y alubias al horno. En cambio, ahí estaba, sentado en el fondo de un bar cuyo nombre ignoraba, atendido por un barman de mediana edad que prestaba tanta atención a lo que se le pedía como él mismo al juego de lacrosse que transmitían en diferido y que aparecía sin sonido en el aparato de televisión instalado en un ángulo del local. El hombre alto abrió los ojos, giró la cabeza y miró por la ventana cubierta de vapor. La nieve caía oblicua; los densos copos se amontaban sobre las silenciosas pistas de aterrizaje y contra las ruedas de los Boeing varados. Un equipo terrestre del aeropuerto estaba rociando un jet de American Eagle con una espuma amarilla, en un vano esfuerzo por impedir que sus motores se congelaran en medio del viento implacable. El hombre alto se retiró de la ventana y alzó su botella de cerveza, terminándola con dos sorbos generosos. No habría vuelos esa noche.

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