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El hombre de la reina

Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:

En 1193, el joven Justin de Quincy descubre casualmente una pista que puede desvelar el paradero de Ricardo Corazón de León, a quien se da por muerto. Leonor de Aquitania, la reina que escandalizó al mundo al divorciarse del que sería rey de Francia (Luis VII) para casarse con Enrique II, le encomienda una investigación que le obligará a adentrarse en el complejo y peligroso mundo de las intrigas que rodean la corte de Leonor.
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Justino decidió intentar en El Gallo primero, porque estaba más cerca. Todas las casas de citas estaban encaladas, con el propósito de atraer a los clientes al otro lado del río. Los símbolos de sus nombres -La Grúa, La Campana, La Media Luna – estaban pintados sobre sus puertas y Justino pudo localizar El Gallo sin dificultad. Le sorprendió encontrar el cuarto de estar casi lleno, a pesar de que era temprano. Se ve que el pecar era una actividad incesante en Southwark. Tan pronto como entró por la puerta le acosó una pelirroja regordeta y tuvo dificultad en deshacerse de ella. Se quitó de encima a la siguiente fingiendo timidez y ella se fue a por vino, esperando que éste le tranquilizara los nervios. Justino se aprovechó de su ausencia para dirigirse al extremo de la habitación donde había visto a su presa.

Pepper Clem fue fácil de reconocer. Jonás lo había descrito como un «prodigio sin mentón» y ciertamente la suya era una barbilla singular: hundida, mal disimulada por una barba pelirroja y rala. Todo en este hombre era escaso: un tórax estrecho, una boca pequeña y fruncida y un cabello lacio y ralo, como la barba. Su palidez era enfermiza, incluso en el mes de febrero, y toda su persona le recordaba a Justino a una seta cultivada en una cueva húmeda, lejos del calor del sol. Guiñó los ojos con actitud suspicaz cuando se le acercó Justino, y fluctuó entre la alarma y el interés al oír pronunciar su propio nombre.

Sin esperar a que se lo pidiera, Justino se sentó frente al ladrón.

– Te he estado buscando por todo Southwark, Clem.

– ¿Es que os conozco?

– No, pero tú conoces a alguien que yo necesito encontrar.

– No soy persona que esté dispuesta a hacer favores a los desconocidos.

– ¿Quién ha hablado de favores? Tú me consigues la información que necesito y yo te pago. Pero engáñame y serás tú el que lo pagues.

Clem asimiló la doble intención.

– ¿A quién estáis buscando?

– A un hombre llamado Gilbert el Flamenco -Justino se dio cuenta enseguida de que había apuntado la flecha al mismo centro de la diana. Clem se movió en su asiento y se echó hacia atrás como una tortuga que se esconde en su concha.

– ¿Qué?, ¿qué os hace pensar que lo conozco?

– Eso me ha dicho Jonás. -La reacción de Clem al oír el nombre del sargento fue inconfundible. Justino observó la lucha de las emociones en el rostro de Clem, su temor a Gilbert el Flamenco luchando con el temor a Jonás-, He dicho que te pagaré -le recordó al ladrón-. Averíguame el paradero de ese hombre y tendrás medio chelín más en tu bolsa. -Esa era una suma generosa y Clem se tiró al cebo como una trucha hambrienta sin fijarse en el anzuelo.

– Un chelín -le corrigió Clem y cuando Justino accedió se reflejó en su rostro el asombro de haberlo conseguido, porque no tenía manera de saber que ésa era la suma que Justino pensaba darle desde un principio-. La mitad ahora -regateó, envalentonado por su éxito, pero esta vez Justino hizo un movimiento negativo de cabeza.

– No me insultes, Clem -dijo con frialdad.

Clem aceptó la derrota con un encogimiento de hombros; tenía mucha práctica en estas lides.

– Veré lo que puedo hacer -prometió-. ¿Conocéis la taberna, la que está al lado de los baños públicos de Bankside? ¿Qué os parece si os encuentro allí mañana tres horas después del mediodía…?

Hecho el trato, Justino empujó la mesa para salir.

– Esperad -dijo Clem-, No sé cómo os llamáis.

– No, no lo sabes -asintió Justino-. El único nombre que importa es Gilbert el Flamenco.

– No sabéis cómo alejaros de la botella, ¿verdad?

Riéndose burlonamente, Rauf llenó otra botella de uno de los barriles de vino y la puso delante de Justino, aunque éste no se la había pedido. Parecía defraudado al ver que Justino no le invitaba a compartirla con él, pero Justino no quería que el incesante parloteo del otro le distrajera. Ahora que la persecución parecía estár llegando a su fin, se estaba poniendo tenso y nervioso. Una vez que encontrara a Gilbert el Flamenco, ¿qué? Seguro que el justicia ordenaría el arresto. Estuviera o no estuviera por medio el incendio en Lime Street, el hombre era un asesino. Tal vez sería mejor ponerse en contacto primero con Jonás. Asumiendo que el justicia cooperase plenamente y que el Flamenco fuera capturado, ¿conseguiría hacerle hablar? Justino no dudaba que Jonás sabría muchas maneras de soltarle la lengua, pero la reina no querría que Gilbert se desahogara con nadie que no fuera Justino. Estaba metido ciertamente en un callejón sin salida.

Justino nunca se imaginó que Clem fuera exageradamente puntual, así que al principio no le preocupó su retraso. Pero conforme iba pasando el tiempo y empezaron a alargarse las sombras, creció su turbación y empezó a intranquilizarse. ¿Dónde se había metido ese maldito ratero? Aunque no tuviera todavía nada útil que comunicar, debía estar allí, jurando por todos los santos de la corte celestial que iba a cumplir su promesa. Con un chelín en juego, tendría que hacer todo lo posible y lo imposible para disfrutar de la confianza de Justino. ¿Se habría emborrachado y dormido más de la cuenta?

Justino esperó dos horas más antes de darlo todo por perdido. Si Clem tenía la intención de acudir a la cita, tenía que haber llegado ya. Lo dejaría y volvería otra vez mañana. Pagó a Rauf la botella de vino y llamó a Shadow con un silbido. Una vez en la calle, se escondió en la entrada de la casa de baños para ver si alguien le estaba siguiendo. Nadie más salió de la taberna. Justino no había sospechado de ninguno de los otros parroquianos, pero estaba decidido a no arriesgarse, y mucho menos tratándose de un hombre como el Flamenco. Sus recuerdos del molino, salpicado por todas partes de sangre, eran todavía demasiado recientes.

Cuando Justino llegó al puente, las sombras del ocaso cubrían los tejados de Southwark. Las antorchas empezaban a cabecear sobre la superficie del río. Se detuvo un momento para observar cómo un barco pasaba por debajo del puente, moviéndose entre los inmensos pilares de madera en una peligrosa maniobra conocida como «salvar el puente». Justino hacía generalmente un alto en el camino en el puente para observar el progreso de la construcción del nuevo puente de piedra, muy cerca de allí, empezada por el rey Enrique quince años antes. Ahora los que transportaban los materiales se encontraban silenciosos porque se estaban llevando a los albañiles y carpinteros a la costa. Justino continuó su camino hacia Londres.

Estaba enojado, defraudado y preocupado porque Pepper Clem no hubiera acudido a la taberna, pero como el apetito le arañaba el estómago se dirigió a una casa de comidas junto al río. Estaba abarrotada de parroquianos y tendría que esperar un buen rato hasta que le sirvieran.

La comida tampoco era muy apetitosa; se les había acabado el cordero, cerdo no había, así que tuvo que contentarse con una empanada de anguila. Eso no mejoró su humor, porque no le gustaba mucho el pescado y estaba a punto de comenzar la cuaresma: seis largas semanas de ayuno y arenques salados.

Shadow mostró mucho más entusiasmo por la comida que su amo; engulló su empanada con cómico regodeo y pidió más, haciendo que Justino se echara a reír, muy a su pesar.

– Te tendré que encontrar un amo rico, muchacho -le dijo-, porque ¿qué otra persona puede mantenerte a ti?

Ya de mejor humor, inició el camino de regreso a Gracechurch Street. Clem aparecería antes o después, porque no estaría dispuesto a desperdiciar la oportunidad de ganar un chelín.

Las iglesias de la ciudad tocaban a vísperas. Justino empezó a aflojar el paso. Como la mayoría de los jinetes, no estaba acostumbrado a andar grandes distancias y se alegró de divisar un familiar y torcido poste de taberna proyectándose sobre la calle como una bandera a media asta. Shadow estaba ya retozando por delante de él y Justino sintió una punzada de compasión por el perro. Había necesitado sólo cuatro días para que la taberna se convirtiera en su hogar, indudablemente el primero que había tenido.

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