Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El Ojo Del Huracan
El Ojo Del Huracan - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Ojo Del Huracan

Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:

Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
1 ... 42 43 44 45 46 47 48 49 50 ... 62
Перейти на страницу:

Dillon abrió la puerta y entró en un recinto polvoriento. La tienda apenas iluminada era un batiburrillo de objetos, televisores, vídeos, relojes; en un rincón incluso se divisaba una cocina a gas y un oso de peluche.

El mostrador tenía una defensa de malla de acero y, al otro lado, un hombre sentado en un taburete se dedicaba a reparar un reloj de pulsera, con la lente de aumento puesta en un ojo. Alzó la mirada y el visitante vio las facciones pálidas y avejentadas de un individuo que podría contar unos sesenta años.

– ¿En qué puedo servirle?

Dillon replicó:

– Nada cambia nunca, Patrick. Este lugar tiene el mismo olor de toda la vida.

Macey se quitó la lupa del ojo y frunció el ceño.

– ¿Nos conocemos de algo?

– Ya lo creo, Patrick. ¿No recuerdas aquella noche caliente de junio del setenta y dos, cuando pegamos fuego a los almacenes de aquel protestante y le matamos a él y a sus dos sobrinos cuando salían corriendo? A ver si me acuerdo bien. Estábamos los tres -Dillon se colocó un cigarrillo en los labios y lo encendió despacio-. Tú y tu hermanastro, Tommy McGuire, y yo.

– ¡Virgen Santísima! ¿Eres tú? ¿Sean Dillon?-exclamó Macey.

– El mismo de siempre, Patrick.

– Jesús! Sean, no creí que volvería a verte nunca en Belfast. Pensábamos que estabas…

Hizo una pausa y Dillon preguntó:

– ¿Pensabas que yo estaba dónde, Patrick?

– En Londres -contestó Patrick Macey-. O en algún sitio así -añadió en tono desmayado.

– Y ¿de dónde sacasteis semejante idea? -Dillon se encaminó hacia la puerta, la cerró y bajó la persiana.

– ¿Qué haces? -preguntó Macey, alarmado.

– Será una pequeña charla en privado, Patrick, muchacho. Nada más.

– No, Sean. No quiero nada de eso. Ya no tengo nada que ver con el IRA, estoy retirado.

– Ya sabes lo que se dice, Patrick. Cuando te metes con ellos no hay jubilación que valga. ¿Cómo está Tommy últimamente, dicho sea de paso?

– ¡Ah, Sean! Creí que estabas enterado. El pobre Tommy murió hace cinco años, liquidado por uno de los suyos. Una querella estúpida entre los provisionales y uno de los grupos escindidos. Se sospechó del Ejército Nacional de Liberación de Irlanda.

– ¿Estás seguro? -cabeceó Dillon-. ¿Has visto últimamente a alguno de los viejos? ¿A Liam Devlin, por ejemplo?

Entonces vio que lo tenía atrapado, porque Macey no supo evitar que la alarma asomase a su rostro.

– ¿Liam? No le he visto desde los años setenta.

– ¿De veras? -Dillon levantó la trampilla que estaba al final del mostrador y se coló en el interior de la tienda.

– ¡Qué mal embustero eres! -se burló, y le cruzó la cara de una bofetada-. Entra ahí.

De un empujón, lo metió en el despacho de la trastienda. Macey estaba aterrorizado.

– No sé nada.

– Nada, ¿de qué? Todavía no te he preguntado, pero antes voy a decirte un par de cosas. Tommy McGuire no está muerto, sino que vive en algún lugar de esta bonita ciudad, bajo otro nombre, y tú vas a decirme dónde está. Segundo, que Liam Devlin ha estado aquí para hablar contigo. Tengo razón en los dos puntos, ¿verdad? -Macey estaba helado de pavor, atemorizado, y Dillon le abofeteó nuevamente-. ¿A que sí?

La resistencia del viejo se rompió en seguida.

– Por favor, Sean, ¡por favor! Estoy enfermo del corazón. Podría darme un ataque.

– Y te dará, si no hablas. Te lo prometo.

– Está bien. Devlin estuvo aquí esta mañana para preguntar por Tommy.

– ¿Quieres que adivine lo que dijo?

– Por favor, Sean -Macey estaba temblando-. Me encuentro mal.

– Dijo que el malvado de Sean Dillon andaba suelto por Londres y que era menester echarle el guante, y qué mejor fuente de información sino Tommy McGuire, el antiguo compañero de Dillon, ¿estoy en lo cierto?

Macey asintió.

– Sí.

– Bien. Por fin vamos a alguna parte. -Dillon encendió otro cigarrillo y contempló la voluminosa y anticuada caja fuerte del rincón-. ¿Es ahí donde están las armas?

– ¿Qué armas, Sean?

– Vamos, no quieras tomarme el pelo. Has sido traficante de armas toda la vida. Ábrela.

Macey sacó la llave de un cajón del escritorio y fue a abrir la caja. Dillon lo apartó a un lado. Contenía varias armas cortas, una Webley antigua y un par de revólveres Smith & Wesson.

Pero su vista reparó en seguida en una automática Colt 45 del ejército americano. La tomó en la mano para sopesarla y comprobó el cargador.

– Magnífico, Patrick. Sabía que se puede confiar en ti -dejó la pistola sobre el escritorio y se sentó frente a Macey-. Dime, ¿qué más pasó?

El rostro de Macey tenía un color muy extraño.

– No me encuentro bien.

– Te encontrarás mejor cuando me lo hayas dicho todo. Continúa.

– Tommy vive solo, como a ocho manzanas de aquí, en Canal Street. Hizo reformar el viejo almacén al final, y se hace llamar Kelly, George Kelly.

– Conozco esa zona palmo a palmo.

– Devlin preguntó el número del teléfono de Tommy y le llamó desde aquí mismo. Dijo que necesitaba hablar con él, y que se trataba de Sean Dillon, y Tommy quedó en recibirle a las dos.

– Muy bien -dijo Dillon-. ¿Has visto lo fácil que es? Ahora iré a verle yo antes de que lo haga Devlin, y hablaremos de los viejos tiempos, sólo que yo no voy a molestarme en telefonear. Prefiero darle una sorpresa; me parece que será más divertido.

– No te dejará entrar -replicó Macey-. Sólo se puede entrar por delante, todas las demás puertas están condenadas. Está paranoico desde hace años, aterrorizado pensando que alguien podría venir por él. Y la puerta de delante está llena de alarmas y cámaras de televisión y todo eso.

– Siempre hay una manera -dijo Dillon.

– Siempre la hubo para ti -Macey tiraba del cuello de su camisa como si le ahogase-. Las píldoras -jadeó al tiempo que intentaba abrir el primer cajón del escritorio. Pero el frasco del medicamento se le cayó de la mano y se derrumbó en la silla.

Dillon se puso en pie y acudió a recoger el botellín.

– Lo malo es, Patrick, que tan pronto como salga yo por esa puerta tú telefonearás a Tommy, y eso no estaría bien, ¿verdad?

Se acercó a la chimenea y arrojó el frasco a las brasas. A su espalda se oyó el ruido de un gran golpe y cuando se volvió pudo ver que Macey había caído de la silla al suelo. Dillon se acercó un instante. Macey tenía el rostro de un color púrpura intenso y sus piernas se agitaban convulsivamente. De súbito exhaló un gran suspiro, como si se le escapara el aire, volvió la cabeza a un lado y quedó completamente inmóvil.

Dillon se guardó la Colt en un bolsillo, salió a la tienda y fue a abrir. Luego predispuso el cierre de seguridad, dejando la persiana bajada, e instantes después doblaba la esquina para regresar a Falls Road y se encaminó a su hotel andando con la mayor celeridad posible.

Extendió el contenido de la maleta sobre la cama, en la mugrienta habitación del hotel, y luego se desnudó. Primero se puso los pantalones vaqueros, las zapatillas viejas y un grueso suéter. Luego se ajustó la peluca. Sentado frente al espejo del pequeño tocador, desordenó los grises cabellos hasta darles el aspecto de una melena despeinada y descuidada. Después se ató el pañuelo a la cabeza y estudió su propio aspecto. Por último se puso la falda, que le cubría hasta los tobillos, y completó el personaje con la vieja gabardina de talla demasiado grande.

1 ... 42 43 44 45 46 47 48 49 50 ... 62
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)