El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
Dillon abrió la puerta y entró en un recinto polvoriento. La tienda apenas iluminada era un batiburrillo de objetos, televisores, vídeos, relojes; en un rincón incluso se divisaba una cocina a gas y un oso de peluche.
El mostrador tenía una defensa de malla de acero y, al otro lado, un hombre sentado en un taburete se dedicaba a reparar un reloj de pulsera, con la lente de aumento puesta en un ojo. Alzó la mirada y el visitante vio las facciones pálidas y avejentadas de un individuo que podría contar unos sesenta años.
– ¿En qué puedo servirle?
Dillon replicó:
– Nada cambia nunca, Patrick. Este lugar tiene el mismo olor de toda la vida.
Macey se quitó la lupa del ojo y frunció el ceño.
– ¿Nos conocemos de algo?
– Ya lo creo, Patrick. ¿No recuerdas aquella noche caliente de junio del setenta y dos, cuando pegamos fuego a los almacenes de aquel protestante y le matamos a él y a sus dos sobrinos cuando salían corriendo? A ver si me acuerdo bien. Estábamos los tres -Dillon se colocó un cigarrillo en los labios y lo encendió despacio-. Tú y tu hermanastro, Tommy McGuire, y yo.
– ¡Virgen Santísima! ¿Eres tú? ¿Sean Dillon?-exclamó Macey.
– El mismo de siempre, Patrick.
– Jesús! Sean, no creí que volvería a verte nunca en Belfast. Pensábamos que estabas…
Hizo una pausa y Dillon preguntó:
– ¿Pensabas que yo estaba dónde, Patrick?
– En Londres -contestó Patrick Macey-. O en algún sitio así -añadió en tono desmayado.
– Y ¿de dónde sacasteis semejante idea? -Dillon se encaminó hacia la puerta, la cerró y bajó la persiana.
– ¿Qué haces? -preguntó Macey, alarmado.
– Será una pequeña charla en privado, Patrick, muchacho. Nada más.
– No, Sean. No quiero nada de eso. Ya no tengo nada que ver con el IRA, estoy retirado.
– Ya sabes lo que se dice, Patrick. Cuando te metes con ellos no hay jubilación que valga. ¿Cómo está Tommy últimamente, dicho sea de paso?
– ¡Ah, Sean! Creí que estabas enterado. El pobre Tommy murió hace cinco años, liquidado por uno de los suyos. Una querella estúpida entre los provisionales y uno de los grupos escindidos. Se sospechó del Ejército Nacional de Liberación de Irlanda.
– ¿Estás seguro? -cabeceó Dillon-. ¿Has visto últimamente a alguno de los viejos? ¿A Liam Devlin, por ejemplo?
Entonces vio que lo tenía atrapado, porque Macey no supo evitar que la alarma asomase a su rostro.
– ¿Liam? No le he visto desde los años setenta.
– ¿De veras? -Dillon levantó la trampilla que estaba al final del mostrador y se coló en el interior de la tienda.
– ¡Qué mal embustero eres! -se burló, y le cruzó la cara de una bofetada-. Entra ahí.
De un empujón, lo metió en el despacho de la trastienda. Macey estaba aterrorizado.
– No sé nada.
– Nada, ¿de qué? Todavía no te he preguntado, pero antes voy a decirte un par de cosas. Tommy McGuire no está muerto, sino que vive en algún lugar de esta bonita ciudad, bajo otro nombre, y tú vas a decirme dónde está. Segundo, que Liam Devlin ha estado aquí para hablar contigo. Tengo razón en los dos puntos, ¿verdad? -Macey estaba helado de pavor, atemorizado, y Dillon le abofeteó nuevamente-. ¿A que sí?
La resistencia del viejo se rompió en seguida.
– Por favor, Sean, ¡por favor! Estoy enfermo del corazón. Podría darme un ataque.
– Y te dará, si no hablas. Te lo prometo.
– Está bien. Devlin estuvo aquí esta mañana para preguntar por Tommy.
– ¿Quieres que adivine lo que dijo?
– Por favor, Sean -Macey estaba temblando-. Me encuentro mal.
– Dijo que el malvado de Sean Dillon andaba suelto por Londres y que era menester echarle el guante, y qué mejor fuente de información sino Tommy McGuire, el antiguo compañero de Dillon, ¿estoy en lo cierto?
Macey asintió.
– Sí.
– Bien. Por fin vamos a alguna parte. -Dillon encendió otro cigarrillo y contempló la voluminosa y anticuada caja fuerte del rincón-. ¿Es ahí donde están las armas?
– ¿Qué armas, Sean?
– Vamos, no quieras tomarme el pelo. Has sido traficante de armas toda la vida. Ábrela.
Macey sacó la llave de un cajón del escritorio y fue a abrir la caja. Dillon lo apartó a un lado. Contenía varias armas cortas, una Webley antigua y un par de revólveres Smith & Wesson.
Pero su vista reparó en seguida en una automática Colt 45 del ejército americano. La tomó en la mano para sopesarla y comprobó el cargador.
– Magnífico, Patrick. Sabía que se puede confiar en ti -dejó la pistola sobre el escritorio y se sentó frente a Macey-. Dime, ¿qué más pasó?
El rostro de Macey tenía un color muy extraño.
– No me encuentro bien.
– Te encontrarás mejor cuando me lo hayas dicho todo. Continúa.
– Tommy vive solo, como a ocho manzanas de aquí, en Canal Street. Hizo reformar el viejo almacén al final, y se hace llamar Kelly, George Kelly.
– Conozco esa zona palmo a palmo.
– Devlin preguntó el número del teléfono de Tommy y le llamó desde aquí mismo. Dijo que necesitaba hablar con él, y que se trataba de Sean Dillon, y Tommy quedó en recibirle a las dos.
– Muy bien -dijo Dillon-. ¿Has visto lo fácil que es? Ahora iré a verle yo antes de que lo haga Devlin, y hablaremos de los viejos tiempos, sólo que yo no voy a molestarme en telefonear. Prefiero darle una sorpresa; me parece que será más divertido.
– No te dejará entrar -replicó Macey-. Sólo se puede entrar por delante, todas las demás puertas están condenadas. Está paranoico desde hace años, aterrorizado pensando que alguien podría venir por él. Y la puerta de delante está llena de alarmas y cámaras de televisión y todo eso.
– Siempre hay una manera -dijo Dillon.
– Siempre la hubo para ti -Macey tiraba del cuello de su camisa como si le ahogase-. Las píldoras -jadeó al tiempo que intentaba abrir el primer cajón del escritorio. Pero el frasco del medicamento se le cayó de la mano y se derrumbó en la silla.
Dillon se puso en pie y acudió a recoger el botellín.
– Lo malo es, Patrick, que tan pronto como salga yo por esa puerta tú telefonearás a Tommy, y eso no estaría bien, ¿verdad?
Se acercó a la chimenea y arrojó el frasco a las brasas. A su espalda se oyó el ruido de un gran golpe y cuando se volvió pudo ver que Macey había caído de la silla al suelo. Dillon se acercó un instante. Macey tenía el rostro de un color púrpura intenso y sus piernas se agitaban convulsivamente. De súbito exhaló un gran suspiro, como si se le escapara el aire, volvió la cabeza a un lado y quedó completamente inmóvil.
Dillon se guardó la Colt en un bolsillo, salió a la tienda y fue a abrir. Luego predispuso el cierre de seguridad, dejando la persiana bajada, e instantes después doblaba la esquina para regresar a Falls Road y se encaminó a su hotel andando con la mayor celeridad posible.
Extendió el contenido de la maleta sobre la cama, en la mugrienta habitación del hotel, y luego se desnudó. Primero se puso los pantalones vaqueros, las zapatillas viejas y un grueso suéter. Luego se ajustó la peluca. Sentado frente al espejo del pequeño tocador, desordenó los grises cabellos hasta darles el aspecto de una melena despeinada y descuidada. Después se ató el pañuelo a la cabeza y estudió su propio aspecto. Por último se puso la falda, que le cubría hasta los tobillos, y completó el personaje con la vieja gabardina de talla demasiado grande.