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El susurro del diablo

Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:

Tres muertes se suceden en un breve intervalo de tiempo: una chica salta desde la azotea de un edificio de seis plantas; otra, cae del andén al paso de un tren; y una tercera es atropellada de noche por un taxi. Pero ¿qué relación guardan estos tres casos? ¿Accidentes, suicidios… o asesinatos?
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
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Tenía la ventaja de que los vigilantes lo consideraban un chico servicial y diligente. Mamoru era experto en adoptar una expresión de pura inocencia, una cualidad que, sin duda, le había enseñado su madre. Aquella noche, mientras progresaba en su avance por las galerías, se sintió agradecido por ambas cosas.

La puerta de la sala de control de seguridad le entretuvo unos minutos. Se trataba de un sistema de abertura electrónico que se activaba desde un diminuto teclado numerado del 1 a 12 y con las letras A, B y C. Necesitaba dar con la contraseña.

Mamoru se arrodilló y apuntó la linterna hacia el teclado cuyos detalles examinó detenidamente. De las quince teclas, cinco reflejaban un sutil brillo que unos dedos algo sudorosos o grasientos habían dejado al introducir el código.

De nuevo, Mamoru recurrió a la levadura. La aplicó con un pincel sobre los cinco botones identificados. Cuatro mostraban con toda nitidez la huella dactilar de la última persona que accedió a la sala de control. El 3, el 7 y el 9 y la A. Mamoru sacó un ordenador de bolsillo en el que pretendía ejecutar un programa que determinara las posibles combinaciones. No le debía a Gramps ese último truco, tampoco era un invento propio, sino que lo tomó prestado de una revista de informática que, con descaro, lo divulgó en sus páginas.

Hasta ese momento, todo bien. Pero Mamoru recordó un dato que iba a simplificarlo todo mucho más. Laurel se encontraba en el término del distrito de Joto cuyo código postal correspondía al número 379. Lo único que tenía que hacer era averiguar dónde colocar esa A, y eso reducía las probabilidades a cuatro combinaciones posibles que se dispuso a introducir una tras otra en el teclado. La ganadora resultó ser la 3A79. No fue demasiado complicado.

Una vez dentro de la sala, solo tenía que abrir el armario que contenía las cintas proyectadas en las pantallas de cada planta. De algún modo, la palabra «armario» empleada en su momento por Takano quedaba bastante alejada de la realidad. Se trataba más bien de una caja fuerte equipada con una cerradura de combinación numérica. Lo que demostraba que Ad Academy no escatimaba en medios para mantener en un lugar bien seguro el contenido y, por extensión, que quizás tuviera algo que ocultar.

Antes de examinar la cerradura que le tocaba desarmar, el chico echó un vistazo alrededor del habitáculo. Por la manera en la que la persona encargada de custodiar aquel lugar le había regalado la primera contraseña, no debía de ser especialmente cautelosa. Mamoru pensó que tal vez hubiese anotado la combinación de la caja fuerte en una libreta que podía haber guardado en un cajón, bajo el teléfono, en el interior de un jarrón o bajo la alfombra…

Pero no encontró nada. Era posible que el guarda la llevara consigo. Mamoru cejó en su empeñó y se puso manos a la obra.

Lo primero que hizo fue colocar la punta de una mina de lápiz en el centro de la rueda giratoria. A continuación, pegó un trocito de papel blanco al otro extremo. El resultado le hizo pensar en el punzón y el rollo de papel utilizados en los sismógrafos.

Hecho esto, el chico pegó la oreja izquierda a la fría superficie de la caja y empezó a girar la rueda con minuciosidad. En ciertos puntos, la cerradura respondía con un distintivo clic, un leve movimiento que gracias a la mina de lápiz quedaba marcado en el papel. En esos puntos, se alineaban los pasadores. Acto seguido, el chico echó un vistazo al papel, contó las marcas y giró la rueda según sus cálculos.

Tardó unos treinta minutos en abrirla. Empapado en sudor, agarró las tres cintas, retrocedió por los pasillos y se escabulló por la ventana de los aseos. Las alarmas solo se activaban si la ventana era forzada desde el exterior, no si se abría normalmente.

Takano lo esperaba en el aparcamiento. Abrió la puerta de su coche y acució al chico a montarse.

– Un amigo nos espera en su estudio de edición. ¡Venga, vámonos!

El compañero de universidad de Takano era ingeniero de sonido. Se llamaba Kamoshida. Su estatura de gigante, combinada con una fisionomía que denotaba gran afabilidad, le hacía parecer un oso de peluche.

A juzgar por el blanco impoluto de sus suelos de linóleo y sus paredes insonorizadas, el estudio era nuevo. El espacio quedaba abarrotado por aparatos equipados con teclados y contadores de metraje.

Kamoshida se puso manos a la obra de inmediato. En primer lugar, introdujo la cinta que Mamoru había tomado «prestada» en un reproductor y tecleó en el ordenador la señal de comienzo correspondiente a cada fotograma antes de pasar a verlas en pantalla. Dado que cada segundo de la cinta contenía treinta fotogramas, fue un proceso muy lento. La cinta reveló su primer secreto en el fotograma número veinticinco: la imagen de un guarda de seguridad reduciendo a un ladrón en unos grandes almacenes. En el rostro del delincuente se leía su impotencia.

En la siguiente toma insertada, aparecían tres policías que, con las manos en las porras que sujetaban sus cinturones, corrían hacia la cámara con tanta rapidez que el viento parecía inflarles las mangas de las camisas.

Un hombre apresado por dos agentes, con el brazo retorcido a la espalda.

Una mujer que, perseguida por un guarda de seguridad, volvía la vista atrás boquiabierta, en un grito silencioso.

Una toma oculta tras otra se sucedían confirmando secuencias desagradables intercaladas entre escenas otoñales de hojas rojizas, entre paradisíacas imágenes del Pacífico o de desfiles de modelos.

Kamoshida dejó escapar un silbido.

– Así que no se les ocurrió otra cosa para luchar contra los hurtos…

– Nadie sabe qué empuja a la gente a robar -gimió Takano-. Esto no es más que una técnica de intimidación.

– Y también lo que impulsó esos episodios psicóticos -dijo Mamoru, sin apartar la vista de la pantalla del ordenador.

– ¡Imagina los efectos que podría tener en personas mentalmente inestables! -añadió Takano.

Kamoshida se giró sobre su silla y miró a Takano y al chico.

– Si los efectos de la publicidad subliminal no han sido reconocidos, ¿cómo piensas demostrar alguna relación de causa-efecto?

– Bueno, cuando los incidentes tuvieron lugar, eran estas las imágenes proyectadas.

– Es cierto, tú viste las secuencias de las hojas. Hasta ahí, bien. Pero no puedes demostrar que las secuencias subliminales ya estaban en las cintas cuando sucedieron los incidentes. -Kamoshida se encogió de hombros-. Te diré qué vamos a hacer. Me pasaré aquí toda la noche extrayendo el contenido subliminal de los tres vídeos. Aunque no nos servirá de mucho, pues Ad Academy volverá a la carga con otras nuevas. No puedes detenerlos.

Takano se quedó sentado un momento. Su mirada erraba por la pantalla en la que ya no aparecía ninguna imagen.

– ¿Podrías hacerme una copia? -preguntó por fin.

En el silencio del estudio, oyeron el chasquido del termostato. A Mamoru le dio escalofríos.

* * *

Kazuko Takagi pasó los últimos días del año en una cafetería llamada Cerberus. El local quedaba situado en una ciudad alejada tanto de Tokio como de la casa de sus padres.

Cerberus era un lugar diminuto en el que diez clientes bastaban para superar el aforo. Un hombre llamado Mitamura, de la misma edad de Kazuko, lo regentaba. Había pasado una semana desde que abandonó su apartamento. Ahora se alojaba en un piso alquilado por semanas. Kazuko estaba sentada en un banco del parque, sola, cuando conoció a Mitamura.

– ¿Qué haces aquí sentada cada día? -le había preguntado.

Kazuko alzó la vista, aunque permaneció callada. Daba por sentado lo que ese joven añadiría a continuación. «¿No nos hemos visto antes?». O quizás: «Si no tienes ningún plan en particular, ¿por qué no hacemos algo tú y yo?».

Y ocurrió tal y como había imaginado.

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