El susurro del diablo
- Автор: Миябэ Миюки
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
Mamoru esbozo una sonrisa de alivio.
– Quienes merecéis mis disculpas sois tu hermana y tú -continuó-. Desaparecí como un cobarde con la esperanza de que no tuviera que testificar, de que apareciese alguien más. Lamento todo el dolor que os he causado.
– Pero al final acudió a la policía.
– Por supuesto que sí. Era lo correcto. -Yoshitake adoptó entonces una expresión de inquietud-. Oye ¿has perdido un poco de peso, verdad?
– ¿Yo? -repuso Mamoru, desprevenido.
– ¡Ahora soy yo quien te pilla por sorpresa! Me acerqué por aquí poco después del siniestro; aún no me había presentado en comisaría. Quería contárselo todo a tu familia. Pero no tuve agallas, aunque a ti sí que te vi.
Mamoru intentó situar el momento evocado.
– ¿Estaba usted dentro de este coche?
– Eso es.
Ahora lo recordaba.
– Estaba aparcado junto a la orilla del río, ¿verdad?
– Y tú estabas corriendo -repuso Yoshitake, asintiendo-, Y creo recordar que no tenías las mejillas tan hundidas.
– ¿En serio? -Seguramente tuviese razón. No había tenido un momento de descanso desde aquella turbadora conversación telefónica.
– Mira -añadió Yoshitake, algo cohibido-. Está claro que nuestros caminos se cruzaron a raíz de circunstancias desafortunadas. No obstante, quiero que sepas que me alegro mucho de haberte conocido a ti y a los tuyos. Sois muy afortunados de teneros los unos a los otros. Sé de lo que hablo, mi esposa y yo no tenemos hijos.
Su agridulce sonrisa habría emocionado a cualquiera.
– Me alegra haberos conocido a tu hermana y a ti. Si alguna vez te ves en apuros, espero que sientas la suficiente confianza como para acudir a mí. Te aseguro que si está en mis manos, haré lo que sea por ayudarte.
– Gracias -dijo Mamoru-. Muchas gracias por todo.
Yoshitake miró al chico a los ojos.
– Se lo debo a tu padre. Quiero hacer lo correcto, eso es todo.
Conforme pasaban los días, Mamoru se preguntaba si volvería a saber del hombre de la misteriosa llamada. Quizás todo hubiese acabado. Quizás ya no tuviera que preocuparse por nada. Sin embargo, cada vez que contemplaba esa posibilidad, las palabras del desconocido volvían a su mente, y la ronca voz parecía susurrarle al oído: «Cuando llegue el momento de deshacerse de la cuarta, te pondré sobre aviso», recordándole que todo era muy real y no había terminado.
Ni los periódicos ni los telediarios informaron sobre la muerte de una mujer cuya descripción correspondiera a la de Kazuko Takagi. Por mucho que Mamoru buscó el modo de contactar con ella, todos sus esfuerzos fueron en vano, tal y como había vaticinado el siniestro anciano.
Se trataba de un apellido bastante común. Miró en la guía telefónica, y empezó a llamar a todos los Takagi de Tokio, pero no pudo dar con la Kazuko Takagi que andaba buscando. Era posible que no viviera en la ciudad, e incluso que ese no fuera siquiera su verdadero nombre. Mamoru acabó dándose por vencido. Lo único que consiguió fue quedarse afónico, de tanto llamar.
No tuvo más remedio que esperar. Cuando llegase el momento, detendría al asesino. No permitiría que Kazuko Takagi muriese.
La única pregunta era por qué aquel misterioso hombre lo había contactado precisamente a él. ¿Qué habría querido decir con eso de «tenemos mucho en común»? Le dijo que se lo explicaría todo a su debido tiempo. De modo que lo único que podía hacer era esperar. Apretó con fuerza los dientes en un intento de armarse de valor.
Una noche cuando regresó a casa tras su habitual carrera, reparó en un coche desconocido que había aparcado frente a la casa. La puerta del pasajero se abrió, y Maki se apeó. El hombre que iba al volante seguía hablando con ella, pero su prima cerró la puerta y se alejó sin volver la vista atrás.
El hombre salió del coche, lo rodeó para interceptarla y la agarró por el brazo. Mamoru estuvo a punto de correr hacia ella, pero Maki se liberó del hombre que la sujetaba y le dio un bofetón en la cara.
Entonces, entró corriendo en casa y cerró de un portazo. Mamoru pasó junto al tipo que se había quedado allí, pasmado, y siguió a su prima hacia el interior de la vivienda.
Maki no estaba llorando. Al contrario, se la veía bastante animada.
– Vaya, eso ha sido impresionante -dijo Mamoru, provocando la risa de su prima-. ¿Así que ese era Maekawa?
– Sí, ese era. Empezó a comportarse de un modo muy extraño después del accidente de papá. Estoy segura de que pensó que alguien tan selecto como él jamás podría salir con una chica cuyo padre estuviese en prisión.
– Pero no ha ido a la cárcel. -Gracias a los esfuerzos del abogado Sayama, el intachable expediente de Taizo, y el acuerdo al que llegaron con la familia de Yoko Sugano, la condena se quedaría en un simple apercibimiento, lo mínimo para un conductor que atropella a un peatón. Quizás solo debiese pagar una multa.
– He tenido suerte porque ahora sé cómo es en realidad, aunque me ha costado mucho dejarlo. Ya no me gusta, pero no quiero que la gente piense que me ha abandonado. Estaba orgullosa porque muchas chicas iban tras él. Supongo que me puse a su altura y fui tan arrogante como él.
– Encontrarás un chico mejor.
– Sí. Al siguiente no le preocuparán tanto las apariencias.
– Conozco a alguien que no le importa lo más mínimo lo que piense la gente.
– Pues tendrás que presentármelo.
Mamoru se refería a su jefe, Takano. Aunque, en el fondo, no era el momento más adecuado para hacer las presentaciones. Se había producido cierto distanciamiento entre los dos. Y Mamoru se sentía responsable. No quería hacer correr ningún riesgo a su superior que, por su posición y proximidad, podría convertirse en una víctima colateral más de ese juego macabro. Y, encima, el chico confiaba demasiado en Takano y temía acabar contándoselo todo. De modo que para evitar cualquier desastre, prefirió guardar las distancias.
Al final, fue Takano quien dio un paso adelante. El trece de diciembre llamó a la puerta de los Asano.
– Sé que es una época del año algo ajetreada -dijo Takano-. Espero que no te moleste que haya venido.
Tenía mucho mejor aspecto, y ni siquiera se le notaban los vendajes que todavía llevaba bajo el jersey.
– ¡Ya estás recuperado! Supongo que tu club de fans estará más tranquilo.
– ¿Mi club de fans?
Maki se coló discretamente en la habitación cargada con una bandeja. En un gesto grácil, colocó las tazas de café frente a los dos jóvenes, aprovechó para dirigir a Takano una sonrisa sutil y sensual, sello distintivo de una buena anfitriona, y se marchó sin hacer el menor ruido.
– Esta debe de ser el miembro más reciente -rió Mamoru-. Pero ándate con ojo, no es ni por asomo tan dócil como aparenta.
Los dos charlaron durante un buen rato sobre todo y nada en particular. Takano seguía sin especificar el motivo de su visita. Y Mamoru prefirió no forzar las cosas.
– Bueno, vayamos al grano -dijo finalmente Takano mientras dejaba su taza vacía sobre la mesa-. Mamoru, has estado actuando de un modo muy extraño últimamente, así que he venido a ver cómo te va. Es imposible cruzar unas palabras contigo en la tienda. Y cuando hablamos por teléfono, casi me respondes de malas maneras.
– Lo siento. -A Mamoru le conmovió comprobar que Takano no le guardaba ningún rencor; solo estaba preocupado.
– Cuéntame, ¿tienes algún problema?
– Lamento haberte dado esa impresión. Pero estoy bien -Se preguntó si la mentira se le vería reflejaba en la cara.
– Bien, es un alivio oírlo. Ahora que hemos aclarado ese punto, quisiera consultar tu opinión sobre cierta cuestión.