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El susurro del diablo

Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:

Tres muertes se suceden en un breve intervalo de tiempo: una chica salta desde la azotea de un edificio de seis plantas; otra, cae del andén al paso de un tren; y una tercera es atropellada de noche por un taxi. Pero ¿qué relación guardan estos tres casos? ¿Accidentes, suicidios… o asesinatos?
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
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– Eso no es cierto. Acepto tu oferta con mucho gusto.

La enfermera vino para tomar la temperatura a Yoshitake antes de que apagasen las luces. Le preguntó si Mamoru era su hijo, y en cuanto este reparó en la expresión de desconcierto del enfermo, se apresuró a intervenir.

– Ilegítimo, por supuesto -repuso con un tono burlón, provocando la risa de la enfermera.

– Qué graciosillo. Pero eres un buen chico.

La enfermera se marchó para regresar al cabo de unos pocos minutos.

– Toma, podrás echarles un vistazo antes de que apaguemos las luces -dijo, pasándole unas cuantas revistas-. No tardarás en caer dormido.

Fue una larga noche y, sin embargo, Mamoru no fue capaz de conciliar el sueño. Tenía demasiadas cosas en las que pensar. Por primera vez, ponía en tela de juicio la teoría de Takano. ¿Podían ser demostrados los efectos secundarios que esos vídeos tenían sobre ciertas personas? El perfil de Yoshitake no encajaba en absoluto con el de los protagonistas de los incidentes precedentes. Quizá el embrollo del accidente o los interrogatorios de la policía le hubiesen resultado algo traumáticos. No tenía sentido que el mensaje subliminal «¡Te pillaremos!» actuara en él como el detonante de una crisis.

Llegó a la conclusión de que era posible que Shin Nippon evadiera impuestos y, mientras deseaba que no fuese así, cayó dormido.

En mitad de la noche sintió que algo muy ligero se deslizaba sobre sus mantas y también distinguió un ruido suave. No tenía un sueño muy profundo ya que podía oír con total claridad la respiración suave y acompasada de Yoshitake.

Mamoru echó un vistazo alrededor de la oscura habitación y vio que la chaqueta y la camisa del convaleciente habían caído de la percha de alambre y yacían en un montón arrugado en el suelo.

Aunque no le apetecía levantarse, se obligó a ponerse en pie y recorrer el breve trecho que lo separaba del cuarto de baño. Al regresar, recogió la chaqueta y la camisa. Algo cayó del interior de una de las prendas, algún objeto diminuto que impactó contra el suelo de linóleo.

Valiéndose de la luz de la luna que se filtraba por las cortinas, Mamoru intentó dar con lo que se había caído. Lo encontró por fin, en la sombra que proyectaba una de las patas de la cama.

Se trataba de un anillo de platino. Era tan simple y sobrio que Mamoru supuso que debía de tratarse de un anillo de boda. ¿Por qué llevaría un anillo de boda en el bolsillo? ¿Sería realmente eso lo que acaba de caer al suelo? Mamoru lo llevó consigo hacia la ventana para poder observarlo con más claridad. Una fecha y unas iniciales quedaban grabadas en el interior. «De K. para T.»

Y la fecha… Coincidía con la inscrita en el propio anillo de boda de su madre, Keiko. El mismo que él guardaba desde su muerte.

De K. para T. De Keiko para Toshio.

Mamoru recordó el día en que, yendo montado en su bicicleta, se cayó. Era muy pequeño y cuando miró la herida, le impactó ver que la sangre manaba con tanta fuerza. Ahora que se daba cuenta de que llevaba el anillo de boda de su padre en la mano, experimentaba la misma sensación. Ese hombre debía de ser su padre. Su tía nunca lo conoció, y Mamoru no era más que un bebé cuando se marchó, por lo que tampoco recordaba su aspecto.

Ya no le extrañaba que hubiese reaccionado así a las escenas subliminales. Toshio Kusaka se llamaba ahora Koichi Yoshitake. ¡Su padre había vuelto!

Cuando Yoshitake se despertó temprano a la mañana siguiente, Mamoru ya no estaba. Había ido a ver a Anego. Nadie más estaría despierto a una hora tan intempestiva. Al este, se insinuaban unos tenues rayos de sol, pero el cielo seguía cubierto de estrellas. Un repartidor de periódicos muy joven pasó montado en bicicleta.

Había luz en la cocina de la casa de Anego. Sus padres trabajaban hasta muy tarde en una editorial, así que era la chica quien se levantaba, tal y como ella mismo decía, «escandalosamente temprano».

Mamoru se quedó plantado frente a la casa, con sus manos frías embutidas en los bolsillos. Anego abrió la puerta para recoger el periódico. A punto estaba de darse la vuelta para regresar dentro, cuando reparó en su amigo.

– ¿Kusaka? -Se sobresaltó-. ¿Qué estás haciendo aquí tan temprano?

Mamoru no era capaz de articular palabra. Apenas pudo encogerse de hombros. Anego se acercó a él.

– Estás congelado. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

Aún no podía hablar, pero sí sabía lo que quería decir: «Tenías razón. Mi padre estaba muy cerca. Es increíble, ¿verdad?».

– ¿Qué ha pasado?

Mamoru puso las manos sobre los hombros de la chica y la atrajo hacia sí. No deseaba abrazarla tanto como ella deseaba abrazarlo a él. Pero necesitaba a alguien en quien apoyarse.

– ¿Qué ocurre? -repitió Anego con calma. Llevada por el instinto, hizo algo que el chico había estado esperando: lo estrechó entre sus brazos para darle algo de calor.

* * *

– Hola chico. -La mañana del siete de enero, Mamoru oyó por fin la siniestra voz-. Me alegro de que estés bien. ¿Cómo han ido las vacaciones?

Mamoru no estaba recuperado de las recientes emociones que habían dado un vuelco a su vida y tampoco había puesto de su parte para hacerlo. Tenía la impresión de que le acababan de entregar algo extremadamente frágil que se haría añicos al menor movimiento.

El anillo de boda de Toshio Kusaka cayó del bolsillo de la chaqueta de Yoshitake. Eso era todo, pero significaba demasiado como para que el chico fuese capaz de abordar el tema con cualquiera. No se lo había contado a nadie y desconocía si alguna vez podría hacerlo.

Al final, había acabado dando un pretexto a Anego, y alegó que había ido a su casa solo porque quería verla. Ella no insistió demasiado y se comportó con él como de costumbre.

– Si eso es lo que te apetece, ven a verme cuando quieras -le había dicho entre risas.

Y la mañana del siete de enero, Mamoru seguía sintiéndose envuelto por un banco de niebla. La voz pareció abrirse camino entre la bruma para despertarlo de su sopor.

– Esta tarde a las tres. En la intersección de Sukiyabashi. Sabes dónde está, ¿verdad?

– Lo sé.

– Ven si te apetece ver lo que soy capaz de hacer. Será el final de Kazuko Takagi. Te estaré esperando.

Mamoru se apeó del tren que llevaba hasta Yurakucho a las doce en punto y recorrió a pie la distancia que lo separaba del cruce de Sukiyabashi, en el distrito de Ginza. El cielo estaba despejado. No podía hacer otra cosa que esperar. Sujetó con fuerza su ejemplar de Canal de Información e intentó recordar la cara de Kazuko Takagi.

Sabía que a una mujer le bastaba un corte de pelo o un cambio de vestuario para parecer otra. Maki le dijo una vez que ese cambio de aspecto solía producirse con la llegada de un nuevo novio, pero Mamoru no quiso considerar siquiera la opción de no poder reconocer a Kazuko.

La zona estaba atestada de gente. Era como si todo Tokio se concentrase en ese punto. Compras, citas, cines. También había familias. Y en mitad de aquella bulliciosa escena, Mamoru se sentía como un explorador perdido en la jungla, como un montañista atrapado en una llanura nevada sin mapa para orientarse. Caminó en soledad. Reparó en los rostros de las jóvenes, las siguió rezagado detrás hasta cansarse. Entonces, se quedaba parado unos instantes hasta que divisaba alguna otra cara que le llamase la atención y volvía a repetir la misma operación.

Intentó recordar la expresión de su prima el día que esa maldita voz la poseyó para demostrar sus poderes. Maki no mostró la más mínima alteración, excepto cuando dijo «Escúchame, chico». En ese momento su mirada ya no era la misma, estaba vacía, como si sus ojos no estuviesen fijos en ningún punto.

Era de suponer que la mujer que buscaba estuviese riendo y hablando como las demás. Tal vez Kazuko no llegase hasta las tres.

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