El susurro del diablo
- Автор: Миябэ Миюки
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
– Pero el problema sigue siendo el mismo. Por mucho dinero que se sacase con todo esto, ¿quién estaría dispuesto a emplear medios que puedan desencadenar comportamientos peligrosos? Ni los peces gordos que están al mando de Laurel pueden ser tan cicateros.
Takano tomó un sorbo de café, ya frío. Mamoru se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared.
– ¿Se ha notado algún otro cambio de conducta? -Maki hacía lo que podía por ayudar a Takano-. No sé, tal vez personas que se hayan mostrado más agradables que de costumbre.
– ¿Clientes o empleados?
– Clientes. Quizás alguien que se haya deshecho en halagos con un producto en particular. Cualquier otro tipo de comportamiento extraño que haya podido ser causado por un estimulante…
– A la gente le enloquece todo tipo de cosas. Hay algunas personas que adoran el dinero y otras, como Sato, a las que les entusiasma ver fotografías de montañas y desiertos.
– ¿Y a ti Mamoru? ¿Qué es lo que te vuelve loco? -Maki le dio un golpecito juguetón en la cabeza con la bandeja que llevaba en la mano. Takano se echó a reír.
– Espera un momento -dijo Mamoru mientras esquivaba otro golpe en la cabeza-. Sí hay alguien que últimamente se ha mostrado más excitado de lo normal. Makino.
– ¿Makino? -Takano enarcó ambas cejas, perplejo-. Estuvo en las Fuerzas de Autodefensa. De haber un golpe de estado, ni se inmutaría.
– Ya. Y seguro que después se dedicaría a recoger fragmentos de granadas para llevárselas a casa como recuerdo. Pero el día que arrestó al cleptómano de las ocho reincidencias, Makino parecía fuera de sí. Se lo estaba pasando en grande. Y, sin embargo, poco después, cuando le pregunté acerca de ello, me dijo que estaba aburrido. Y ahora que lo pienso, los demás guardas de seguridad están algo alterados últimamente. ¡Por lo visto, se quejan de que la proporción de hurtos ha bajado de forma drástica!
– Hum. ¿También en las demás secciones? -dijo Takano como dando voz a sus pensamientos-. ¿Los hurtos están descendiendo?
– Tú debes de saberlo mejor que nadie. Tienes las cifras, Takano.
– Nunca podemos cuantificar las pérdidas correspondientes a los hurtos hasta que se hace inventario. Pero ahora que lo mencionas…
Mamoru y Maki lo miraron fijamente, inquietos.
La expresión de Takano fue iluminándose gradualmente.
– ¡Eso es! -exclamó-. ¡Los hurtos! Ad Academy ha desarrollado sus anuncios no solo para incrementar las ventas sino también para reducir los hurtos.
Solo la Sección de Libros perdía unos cuatro millones de yenes al año. Madame Anzai ya había expresado su indignación por una situación en la que el perjuicio económico causado por los ladrones equivalía a los beneficios generados en un mes de trabajo.
– Pero ¿por qué tomarse la molestia de instalar un equipo tan aparatoso y caro para eso? Contratar más guardas de seguridad sería igualmente efectivo y mucho más económico.
– Escucha un momento -dijo Takano que se volvió hacia el chico-. Para empezar, esa pantalla actúa como elemento decorativo en cada planta. Además, ofrece información sobre diferentes productos, por lo que también tiene un fin publicitario. Ahora bien, si encima puedes insertar algunos fotogramas subliminales para disuadir a los clientes de cometer hurtos… ¡Dos pájaros de un tiro! Tienes razón, Mamoru. Sí esas pantallas solo sirviesen para prevenir los hurtos, perderíamos dinero. Pero resulta que contamos con mensajes subliminales que reducen el número de hurtos. ¡Es mucho más rentable que contratar a todo un equipo de guardas de seguridad!
«Hoy ha sido muy descuidado». Esas fueron las palabras de Makino al describir a ese ratero que había atrapado. «No suele operar de ese modo». Mamoru recordaba perfectamente que a Makino le sorprendió que le hubiese resultado tan fácil atrapar a ese hombre.
– Deben de intercalar algún tipo de mensaje subliminal con escenas de detenciones o guardas de seguridad que van tras los rateros. Cuando se disponen a apropiarse de algún artículo, el vídeo los convence de que alguien acabará pillándolos con las manos en la masa. Imagino que eso debe de desestabilizarlos y por ello es más fácil atraparlos. Y, por ende, los hurtos acaban descendiendo.
»La chica y el hombre que presentaron esos episodios psicóticos tenían algo en común. Ambos eran mentalmente vulnerables. Por un lado, tenemos a una persona que sufría una tendencia cleptómana; por otro lado, un adicto a las drogas que contaba con antecedentes penales. Pues imagina que su subconsciente se ve bombardeado por semejantes mensajes. ¡Se les acaban cruzando los cables! ¡El conjunto de factores es nitroglicerina pura!
– Es horrible. -Maki se estremeció-. Y eso que a nosotros nos gusta creer que actuamos por voluntad propia.
«Puedo someter a las personas a mi voluntad.» De nuevo, la espeluznante voz resonaba en la mente de Mamoru. «Es demasiado pronto para que todo cobre sentido en tu cabeza.»
– Vayamos a comprobarlo -terció Mamoru con determinación-. La cinta debe de estar en la sala de control de seguridad. Podríamos echar un vistazo y ver qué averiguamos.
Takano se dio una palmada en la rodilla.
– Podría valer la pena pero ¿cómo conseguirlo? La puerta está cerrada y nadie que no esté autorizado puede entrar ahí. Además, las cintas están guardadas bajo llave en un armario. Ni siquiera yo tengo acceso.
«Al rescate de nuevo», se resignó Mamoru. ¿Qué otra opción tenía sino recurrir a sus habilidades de cerrajero?
Maki tuvo que presentir que su primo tenía algo en mente porque se levantó con la intención de dejarlos a solas.
– Iré a fregar estos platos. Tomaros vuestro tiempo.
Una vez se hubo marchado, Takano se volvió para mirar a Mamoru a la cara. El chico aún no había resuelto el dilema. Jamás le había contado a nadie lo que Gramps le había enseñado. Pretendía guardárselo para sí mismo, pero tampoco estaba dispuesto a mentir a Takano.
– ¿Sabes, Takano? -empezó-. Creo que tengo el modo de entrar en esa sala y de extraer las cintas.
– ¿Tú?
– Es difícil de explicar y, en realidad, no me apetece mucho intentarlo, así que te pido que confíes en mí.
Takano reflexionó durante unos instantes.
– Cuando saliste a la azotea para rescatar a esa chica… Dijiste que la puerta estaba abierta… -Su semblante se hizo grave-. Y, sin embargo, cuando lo comprobé más tarde, reparé en el candado. ¿Acaso pretendes hacer algo… parecido, otra vez?
Mamoru asintió.
Takano enmudeció durante un buen par de minutos antes de añadir:
– Cuenta conmigo. ¿Cuál es el plan?
Decidieron pasar a la acción la noche siguiente, víspera de Año Nuevo. Después del cierre, los grandes almacenes no volverían a abrir sus puertas hasta el tres de enero, de modo que contarían con tiempo de sobra. Tras la jornada de trabajo, los empleados asistieron a una breve fiesta en la que se celebraba formalmente el fin de año. Cuando todo acabó, Mamoru fingió marcharse y se escondió en los aseos. Al cabo de una hora, los pasillos estaban vacíos y las luces apagadas, excepto las de emergencia y las de la sala de los vigilantes. Mamoru sacó su linterna del bolsillo y se adentró en las galerías sumidas en las tinieblas.
Había trazado su ruta durante el día, por lo que no tuvo problemas a la hora de encontrar el camino a seguir. Se agachó, se deslizó sigilosamente junto a las paredes y sorteó la indiscreta mirada de las cámaras de seguridad. Se detuvo en varias ocasiones para sacar un pequeño bote de desodorante y hacer una ligera pulverización. Las partículas en suspensión le ayudaron a detectar el sistema de infrarrojos diseminado en su itinerario.
Mamoru había pasado la tarde hablando con los guardas y vagando por los grandes almacenes. Incluso leyó el folleto de la agencia de seguridad contratada por Laurel. Procedió con suma prudencia para no levantar la menor sospecha. Uno de los guardas se sintió tan agradecido por su muestra de interés que se tomó su tiempo para explicarle cómo funcionaba todo.