El susurro del diablo
- Автор: Миябэ Миюки
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
Media hora más tarde, mientras Mamoru ya andaba atareado en la caja, avistó a Takano que se le acercaba a grandes zancadas.
– Mamoru, ese hombre que ha venido a verte… ¿Lo conoces?
– Sí, me ha invitado a comer.
– Acaba de desplomarse en el vestíbulo de la primera planta. Una ambulancia viene de camino. Empezó a actuar de un modo muy extraño, casi como aquel otro tipo.
– ¿Te refieres a Kakiyama? ¡Tienes que estar bromeando!
– Mamoru no esperó respuesta, sino que se precipitó por la escalera.
Estaba feliz. Se sentía envuelto por una felicidad que no había experimentado en doce años.
«Es un buen chico. Cuando fui a ver a su familia, vino corriendo tras de mí para darme las gracias en persona. Jamás habría imaginado que me hubiese visto en aquella intersección.
»Un buen chico… Se ha convertido en todo un hombrecito honesto y extravertido. He de asegurarme de que le aguarda un futuro prometedor. Es mi deber. Tengo que hacer lo necesario para apoyarlo. Lo mandaré a la universidad o al extranjero, si es eso lo que desea.
»Y después, por qué no darle un buen puesto en la empresa. Lo prepararé para que se convierta en un líder. Heredará la compañía que yo he levantado. Claro, si es que está interesado en lo que yo hago. Podrá hacer lo que quiera; dispondrá de todos mis contactos. No, no, no basta con eso. Lo necesito a mi lado. No puede ser de otro modo.»
El placer lo embriagaba de un modo tan abrumador que ni siquiera vio venir las náuseas.
«Será porque hay demasiada gente. No hay suficiente aire que respirar. ¿Por qué no ventilarán este sitio? ¿Cómo puede Mamoru pasar tanto tiempo aquí? Debe de haber un trabajo mejor para él…
»No hay ninguna razón para esperar. Le propondré un trabajo a media jornada. Están buscando un ayudante en el departamento de contabilidad. Así podré verlo más a menudo. Todo irá bien. No hay de qué preocuparse.»
Empezó a dolerle la cabeza y le costaba respirar. Descontrolado, el corazón le latía con tanta violencia que parecía estar a punto de salirle del pecho. Presa de la taquicardia, resonaba por todo su cuerpo, como el estridente sonido del teléfono en una mañana de resaca.
Miró el enjambre de clientes y se le nubló la vista. Se fijó en la luminosa pantalla. Ya había reparado en ella al entrar; «bonito vídeo» había pensado… Ahora, el brillo le parecía excesivo. Le dolían los ojos.
Una vendedora se le acercó. «¿Se encuentra bien, caballero?».
El quiso contestar que sí, que no pasaba nada. Pero de repente ya no había vendedora, ya no se encontraba en las galerías. Se había transportado a otro sitio… A un sitio que lo aterraba, que tan solo veía en pesadillas. Un lugar del que supo que nunca podría escapar.
«Señor», le decía una dulce voz. No, solo era una fachada. Fingía ser amable pero intuyó que esa voz pertenecía a alguien que representaba una amenaza.
«¡Señor!». Una persistente mano se tendía hacia él. Quería tocarlo. Intentaba agarrarlo y arrastrarlo consigo.
Huir. Tenía que huir, pero las piernas no le respondían. Ahora todos lo miraban. Lo señalaban con el dedo entre cuchicheos. Era su peor pesadilla convertida en realidad.
Tenía que encontrar el modo de salir. Tenía que escapar de allí. Aún le quedaba tiempo. Aún podría conseguirlo. «Estoy intentando arreglar lo que hice, ¿por qué me tiene que pasar esto ahora? ¡No es justo!».
Ni se percató de que perdía el equilibrio. Primero le flaquearon las piernas, después el torso acompañó el inerte movimiento. Estaba cayendo. Intentó llevarse la mano al pecho, quería proteger algo muy valioso que llevaba consigo. Ya no había nada ahí. Aterrizó sobre su brazo.
El suelo estaba frío. Distinguió el olor de algo parecido a la goma de la suela de unos zapatos. Lo último que sintió antes de perder el conocimiento fue que se le partía el labio. La sangre que le empapaba la boca le supo a cobre.
Yoshitake volvió en sí al cabo de una hora. Yacía en la habitación de un hospital, y Mamoru aguardaba sentado en una silla que había acercado a los pies de la cama.
Puesto que el paciente había adoptado un tono azulado y se había aferrado a su costado izquierdo en el momento de desplomarse, los médicos barajaron la posibilidad de un infarto. Mamoru temió lo peor y esperó en el pasillo sin apartar la vista de la puerta de la sala donde estaban atendiendo a Yoshitake. Sin embargo, en una media hora, el ritmo cardíaco y la presión arterial se estabilizaron y su respiración también volvía a ser regular. El médico no daba crédito, y decidió dejarlo en observación toda la noche.
– ¿Qué ha ocurrido? -Esas fueron las primeras palabras de Yoshitake.
– ¡Eso quisiera saber yo! ¿Cómo se encuentra? -preguntó Mamoru mientras presionaba el botón que alertaba a la enfermera, tal y como le indicaron que hiciese en caso de que Yoshitake despertara.
Mamoru estuvo reflexionando durante la conversación que Yoshitake mantuvo con el médico. En palabras de Takano, «Empezó a actuar de un modo muy extraño, casi como aquel otro tipo.». Con lo cual, Yoshitake podía ser la tercera víctima de esos vídeos subliminales.
– ¿Cuándo se hizo un chequeo por última vez? -inquirió el médico, nada más abrir la puerta.
– La primavera pasada. Estuve semanas haciéndome pruebas -repuso el paciente-. ¿He sufrido un infarto?
– No, en absoluto -contestó el médico-. Todo estaba normal, por eso no entendemos qué le ha podido pasar. ¿No le ha ocurrido nada parecido antes?
– No, nunca. No me lo puedo creer. ¿De veras me desmayé?
– Me gustaría hacerle algunas pruebas más, de modo que tendrá que permanecer aquí unos cuantos días.
– Pero, me encuentro bien. -Las protestas de Yoshitake no fueron atendidas por nadie. Tanto el médico como la enfermera que lo acompañaba se marcharon de la habitación.
– Su salud es lo primero -sonrió Mamoru en un intento por apaciguarlo.
– Está exagerando -suspiró él-. Ha sido por el estrés. Suele ocurrir. Estoy así desde diciembre. Me despierto por las mañanas y me cuesta mucho recordar lo que hice la noche anterior. Quizá esté bebiendo demasiado. ¿Has venido en la ambulancia conmigo? -Miró al chico que aún iba ataviado con el uniforme de Laurel.
Mamoru asintió.
– Llamé a su casa. La criada dice que le traerá algunas cosas.
– Vaya, gracias. Ha sido un detalle por tu parte.
Pendía un olor a medicamento en el aire de aquella habitación austera y aséptica. El mobiliario se reducía a una silla, una pequeña cómoda y una cama blanca, junto a la cual colgaba de una percha de alambre la ropa de Yoshitake.
La criada llegó a las seis de la tarde.
– No necesitaré nada más. Deje mi muda aquí. No es nada, volveré pronto a casa -dijo Yoshitake con tono brusco. Su rostro ya había recobrado su color normal.
– Pero el médico dice que no le dará el alta hasta dentro de unos días, señor… -objetó la criada quien con obvia reticencia, añadió-: ¿Necesita que me quede a pasar la noche?
Mamoru había pensado en marcharse en cuanto llegase la criada pero de repente Yoshitake despertó cierta compasión en él.
– No será necesario -sentenció este-. Ya puede marcharse.
La criada esbozó una sonrisa de alivio.
– ¿Quiere que avise a la señora?
– Tampoco es menester. Ya estaré en casa para cuando ella regrese.
– ¿Qué le parece si me quedo con usted esta noche? -propuso Mamoru una vez que la criada se marchó.
Yoshitake se incorporó.
– De ningún modo. No quiero causarte…
– ¿Y si le da otro ataque?
– ¿Dónde vas a dormir? No permitiré que te quedes en el suelo.
– Me traerán una cama plegable. Hay suficiente espacio para instalarla. Llamaré a casa; no pondrán ninguna pega. Ya sé que no hay mucho que pueda hacer por usted…