En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
En realidad se habría puesto un abrigo, pero prefería despedirse de inmediato, antes de que a Gerald se le ocurriera alguna otra excusa.
– Ha sido sumamente con…, confortante charlar con usted, señor Lucas -se despidió sonriendo a su futuro esposo-. ¿Nos veremos en la cena?
Lucas asintió y se levantó para hacer una nueva inclinación.
– Qué duda cabe, milady. En un hora larga se servirá en el comedor.
Gwyneira corrió a través de la lluvia. No quería ni pensar lo que el agua haría con su vestido de seda. Y, sin embargo, poco antes hacía un tiempo muy bonito. Bueno, sin lluvia, la hierba no crecía. El clima húmedo de su nuevo hogar era ideal para la cría de ovejas y ella ya estaba acostumbrada a él en Gales. Sólo que allí no habría salido a caminar por el barro con un vestido elegante; en Gales había caminos adoquinados que conducían a las dependencias. Sin embargo, en Kiward Station todavía no era así: sólo el acceso estaba pavimentado. Si Gwyneira hubiera tenido que decidir habría mandado pavimentar primero el espacio que había frente a los establos en lugar del camino de acceso, magnífico aunque pocas veces utilizado, hacia la entrada principal. Pero Gerald tenía otras prioridades y Lucas también con toda seguridad. Tal vez él también cultivara un jardín de rosas…
Gwyneira se alegró de que saliera una luz clara de los establos. No había sabido al final dónde encontrar un farol para el establo. De los cobertizos y caballerizas también salían voces. Era evidente que en efecto los ovejeros se hallaban ahí reunidos.
– ¡Blackjack, James! -gritó justo entonces alguien con una risa-. ¡A bajarse los pantalones, amigo! Hoy me voy a quedar con tu paga.
«Mientras no jueguen a otra cosa», pensó Gwyneira; tomó aire y abrió la puerta del establo. El pasillo que se extendía delante de ella conducía a la izquierda a las caballerizas y se ensanchaba a la derecha en una cochera en la que los hombres estaban sentados alrededor de un fuego. Gwyneira contó cinco, todos muchachos rudos que no parecían haberse lavado todavía. Algunos llevaban barba o al menos no se habían molestado en afeitarse en los últimos tres días. Junto a un hombre alto y delgado, con el rostro muy moreno, algo anguloso pero surcado de arrugas de expresión, se habían acurrucado tres jóvenes perros pastores.
Otro hombre le tendía una botella de whisky.
– ¡Salud!
Así que ése era James, el que acababa de perder la partida.
Un gigante rubio que estaba barajando las cartas alzó la vista por casualidad y distinguió a Gwyneira.
– Eh, chicos, ¿hay fantasmas? Por lo general sólo veo señoritas tan guapas después de la segunda botella de whisky.
Los hombres rieron.
– ¡Cuánto esplendor en nuestro modesto hogar! -dijo el hombre que acababa de repartir la botella con una voz ya no demasiado firme-. Un… ¡un ángel!
De nuevo se echaron a reír.
Gwyneira no sabía qué responder.
– Callaos, ¡la estáis asustando! -tomó la palabra el hombre de más edad. Era evidente que todavía estaba sobrio. Rellenaba la pipa-. No es ni un ángel ni un fantasma, sino simplemente la joven lady. La que ha traído el señor Gerald para que el señor Lucas… ¡ya sabéis!
Risas sofocadas.
Gwyneira decidió tomar la iniciativa.
– Gwyneira Silkham -se presentó. También hubiera tendido la mano a los hombres, pero por el momento ninguno de ellos hizo el gesto de levantarse-. Quería ver a mi caballo.
Entretanto, Cleo había ido a husmear por el establo, saludó a los pequeños perros pastores y corrió meneando la cola de un hombre a otro, pero se detuvo junto a James, que la acarició con destreza.
– ¿Y cómo se llama esta damita? ¡Magnífico animal! Ya he oído habar de ella, así como de las maravillas de su propietaria guiando las ovejas. Permítame, James McKenzie.
– El hombre tendió la mano a Gwyneira. La miró fijamente con sus ojos castaños. El cabello también era castaño, abundante y algo revuelto, como si se lo hubiera estado tocando de nervios durante la partida.
– ¡Eh, James! No te lances -bromeó uno de los otros-. ¡Es propiedad del jefe, ya lo has oído!
McKenzie puso los ojos en blanco.
– No haga caso de estos canallas, no tienen cultura. Pero aun así están bautizados: Andy McAran, Dave O’Toole, Hardy Kennon y Poker Livingston. El último tiene mucho éxito en el blackjack…
Poker era el rubio, Dave el hombre con la botella y Andy el gigante de cabello oscuro y más edad. Hardy parecía ser el más joven y ese día ya había bebido demasiado whisky para dar ningún tipo de signos de vida.
– Siento que todos estemos un poco alegres -dijo McKenzie con franqueza-. Pero cuando el señor Gerald nos hace llegar una botella para festejar el feliz regreso…
Gwyneira sonrió con benevolencia.
– Está bien. Pero pongan cuidado en apagar bien el fuego después. No vaya a ser que me prendan fuego a los establos.
Mientras tanto, Cleo saltó hacia McKenzie, que enseguida siguió rascándola con dulzura. Gwyn recordó que McKenzie había preguntado el nombre de la perra.
– Ésta es Silkham Cleopatra. Y los pequeños Silkham Daisy, Silkham Dorit, Silkham Dina, Daffy, Daimon y Dancer.
– Vaya ¡todos nobles! -se asustó Poker-. ¿Tenemos que hacer una reverencia siempre que los veamos? -Amistosamente, pero con firmeza, separó a Dancer, que justo quería mordisquear sus cartas.
– Ya tendría que haberlo hecho al recibir a mi caballo -replicó impasible Gwyneira-. Tiene un árbol genealógico más largo que el de todos nosotros.
James McKenzie rio y sus ojos centellaron.
– ¿Pero no siempre debo llamar por su nombre completo a los animales, no?
También la picardía brilló entonces en los ojos de Gwyneira.
– Con Igraine debe averiguarlo usted mismo -respondió-. Pero la perra no es arrogante. Responde al nombre de Cleo.
– ¿Y a qué responde usted? -preguntó McKenzie, con lo cual deslizó una mirada complacida pero no ofensiva por el cuerpo de Gwyneira. Ella se estremeció. Tras el paseo por la lluvia empezaba a tener frío. McKenzie se dio cuenta enseguida.
– Espere, le daré una capa. Se acerca el verano, pero fuera la atmósfera todavía es desapacible. -Cogió un abrigo encerado.
– Tenga, por favor, miss…
– Gwyn -dijo Gwyneira-. Muchas gracias. ¿Y dónde está ahora mi caballo?
Igraine y Madoc estaban bien alojados en unos compartimentos limpios, pero la yegua piafó impaciente cuando se le acercó Gwyneira. El lento paseo de la mañana no la había cansado, se moría por más actividad.
– Señor McKenzie -dijo Gwyneira-, me gustaría salir a cabalgar mañana, pero el señor Gerald piensa que no sería decoroso que lo hiciera sola. No quiero ser una carga para nadie, ¿pero existe quizá la posibilidad de acompañarlos a usted y sus hombres en alguna tarea? ¿A inspeccionar los cercados, por ejemplo? Me agradaría también mostrarle cómo están adiestrados los perros jóvenes. Tienen por naturaleza el instinto para guiar las ovejas, pero con un par de pequeños trucos su conocimiento todavía puede mejorarse.
McKenzie sacudió la cabeza con pesar.
– En principio aceptamos con agrado su ofrecimiento, por supuesto, Miss Gwyn. Pero para mañana ya tenemos la orden de ensillar dos caballos para su paseo. -McKenzie sonrió con ironía-. Seguro que lo prefiere a una salida de inspección con un par de pastores sin lavar.
Gwyn no sabía qué decir, o peor, no sabía qué pensaba. Al final se dominó.
– Es una buena noticia -respondió.
3
Lucas Warden era un buen jinete, si bien no le apasionaba montar. El joven gentleman estaba cómoda y correctamente sentado a la silla, sostenía las riendas con seguridad y sabía mantener el caballo tranquilo junto a su acompañante para hablar con ella de vez en cuando. Para sorpresa de Gwyneira, sin embargo, no tenía caballo propio y tampoco mostraba la menor curiosidad por probar el nuevo semental, mientras Gwyn se moría de ganas de hacerlo desde que Warden había adquirido el caballo. De todos modos, hasta el momento no le habían permitido montar en Madoc con el argumento de que un semental no era caballo para una dama. Sin embargo, era evidente que el pequeño potrillo negro tenía un temperamento más tranquilo que la obstinada Igraine, aunque era posible que no estuviera acostumbrado a las sillas laterales. A ese respecto, no obstante, Gwyneira era optimista. Los pastores, que a falta de lacayos también hacían las veces de mozos de cuadra, no tenían ni idea de decencia. Así que Lucas tuvo que ordenar ese día al sorprendido McKenzie que preparase la yegua de Gwyneira pero con la silla de amazona. Para sí pidió uno de los caballos de la granja que, si bien eran por lo general más altos, también eran más ligeros que los otros. La mayoría de ellos parecían ser realmente briosos, pero la elección de Lucas recayó en el animal más tranquilo.