En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
El granjero sonrió con franqueza.
– De acuerdo, Miss Helen. Quiere conocerme. Pero, no hay mucho que explicar. Ella se casó con otro…, lo que quizá sea la razón de que quiera arreglar deprisa este asunto ahora. Me refiero a nuestro asunto…
Helen se tranquilizó. Así que no era falta de corazón, sino únicamente un miedo comprensible a que ella pudiera abandonarlo como hizo la primera muchacha que entonces amó. De todos modos, no acababa de entender cómo ese hombre parco en palabras y de aspecto tosco podía escribir cartas tan maravillosas, pero ahora creía comprenderlo mejor. Howard O’Keefe era como un lago de aguas agitadas bajo una superficie serena.
Sin embargo, ¿quería ahora precipitarse a ciegas? Helen examinaba febrilmente las alternativas. No podía seguir viviendo por más tiempo con los Baldwin, no entenderían por qué le daba largas a Howard. Y el mismo Howard consideraría el retraso como un rechazo y tal vez se echaría para atrás. ¿Y entonces? ¿Una colocación en la escuela local, que en absoluto era segura? ¿Enseñar a niñas como Belinda Baldwin y convertirse así paso a paso en una solterona? No podía arriesgarse. Howard tal vez no fuera lo que ella se había imaginado, pero era un hombre franco y honrado, le ofrecía una casa y un hogar, deseaba formar una familia y trabajaba duro para sacar adelante la granja. No podía pedir más.
– Bien, señor Howard. Pero al menos debe darme uno o dos días para prepararme. Una boda así…
– Por supuesto que organizaremos una pequeña ceremonia -intervino la señora Baldwin melosa-. Seguro que quiere que asistan Elizabeth y las otras niñas que se han quedado en Christchurch. Su amiga Miss Silkham ya se ha marchado…
Howard frunció el ceño.
– ¿Silkham? ¿Esa aristócrata? ¿Esa Gwenevere Silkham que iba a casarse con el hijo del viejo Warden?
– Gwyneira -le corrigió Helen-. Exactamente ella. Nos hemos hecho amigas durante el viaje.
O’Keefe se volvió hacia la joven y el rostro amable que había mostrado hasta entonces se contrajo de cólera.
– Que quede totalmente claro, Helen, ¡a mi casa no invitas a un Warden! ¡No, mientras yo viva! ¡Mantente lejos de esa chusma! El viejo es un timador y el joven un blando. Y la chica no debe de ser mejor, o no se dejaría comprar. Toda esa gentuza debería ser eliminada. Así que no te atrevas a traerla a mi granja. Puede que yo no tenga el dinero del viejo, pero mi escopeta dispara igual de fuerte.
Después de dos horas de conversación, Gwyneira se sentía más agotada que si hubiera pasado ese tiempo a lomos de un caballo o en un criadero donde adiestrar perros. Lucas Warden abordaba todos los temas en los que la habían introducido en el salón de su madre, pero las pretensiones del joven eran con toda claridad más elevadas que las de Lady Silkham.
La velada había empezado bien. Gwyneira había conseguido servir el té a la perfección, pese a que todavía le temblaban las manos. La primera visión de Lucas la había superado sin más. Al final, sin embargo, el joven gentleman no le brindó más oportunidades de que se emocionara. No daba muestras de ansiar contemplarla, de rozar sus dedos como por azar, mientras ambos por pura casualidad asieron a la vez el azucarero, o de mirarla a los ojos aunque fuera por un segundo de más. En lugar de ello, durante la conversación la mirada de Lucas se mantuvo obstinadamente prendida en el lóbulo de la oreja izquierda de la joven y sus ojos sólo destellaban eventualmente cuando planteaba alguna pregunta que le apremiara en especial.
– He oído que toca usted el piano, Lady Gwyneira. ¿En qué pieza ha estado usted trabajando últimamente?
– Oh, mi conocimiento del piano es muy incompleto. Sólo toco para entretenerme, señor Lucas. Yo…, yo me temo que estoy muy poco dotada… -Una mirada desconcertada de arriba abajo y un ligero fruncimiento del ceño. La mayoría de hombres hubiera dado por concluido el tema con un cumplido. No así Lucas.
– No puedo imaginármelo. No si le produce placer. Todo lo que hacemos con alegría acaba saliéndonos bien, estoy convencido. Conoce el «Pequeño cuaderno de notas» de Bach? Minuetos y danzas, sería el adecuado para usted. -Lucas sonrió.
Gwyneira intentó recordar quién había compuesto los Estudios con que tanto la había torturado Madame Fabian. Al menos le sonaba el nombre de Bach. ¿No había compuesto música religiosa?
– ¿Al verme piensa en cantos corales? -preguntó con picardía. Tal vez la conversación podía descender a un nivel de intercambio relajado de cumplidos y bromas. A Gwyneira le habría resultado más conveniente que hablar de arte y cultura. Lucas, de todos modos, no mordió el anzuelo.
– ¿Por qué no, milady? Los cantos corales se inspiran en la celebración de los coros de ángeles en alabanza de Dios. ¿Quién no iba a loar a Dios por una criatura tan hermosa como usted? En cuanto a Bach, me fascina la claridad casi matemática de la composición unida a una fe profunda y sin vacilaciones. Naturalmente, la música sólo alcanza relieve en un marco adecuado. ¡Lo que yo daría por escuchar un concierto de órgano en una de las grandes catedrales de Europa! Es…
– Iluminador -observó Gwyneira.
Lucas asintió alborozado.
Después de la música se entusiasmó con la literatura contemporánea, sobre todo las obras de Bulwer-Lytton, («edificantes» comentó Gwyneira), para pasar luego a su tema favorito: la pintura. Le entusiasmaban tanto los motivos mitológicos de los artistas renacentistas («sublimes», comentó Gwyn) como también los juegos de luz y sombra de las obras de Velázquez y Goya. «Refrescantes» improvisó Gwyneira, que no había oído hablar de ello.
Pasadas dos horas, Lucas parecía estar encantado con ella, Gerald luchaba a ojos vistas con el cansancio y lo único que quería Gwyneira era salir de allí. Al final, se tocó levemente las sienes y miró a los hombres.
– Me temo que tras la larga cabalgada y el calor de la chimenea me duele de cabeza. Debería respirar un poco de aire fresco.
Cuando hizo el gesto de levantarse, Lucas también se puso en pie de un brinco.
– Claro que deseará usted descansar antes de la cena. ¡Es culpa mía! Hemos prolongado demasiado la hora del té con esta emocionante conversación.
– En realidad prefiero dar un pequeño paseo -dijo Gwyneira-. No demasiado lejos, sólo hasta los establos para ver a mi caballo.
Cleo ya correteaba entusiasmada a su alrededor. También la perrita se había aburrido. Su ladrido complacido reanimó a Gerald.
– Deberías acompañarla, Lucas -indicó a su hijo-. Enseña los establos a Miss Gwyn y vigila que los pastores no hagan comentarios lascivos.
Lucas lo miró indignado.
– Por favor, tales expresiones en presencia de una lady…
Gwyneira se esforzó por ponerse roja, pero en el fondo buscaba una excusa para rechazar la compañía de Lucas.
Éste, a su vez, también formuló sus reservas.
– No sé, padre, si una salida así no supera los límites de la decencia -intervino-. No puedo quedarme a solas con Lady Gwyneira en las caballerizas… -Gerald resopló.
– Es probable que en las caballerizas reine ahora tanto movimiento como en un bar. Con este tiempo, los cuidadores del ganado se quedan al calor y juegan a cartas. -Avanzada la tarde había empezado a llover.
– Justo por esta razón, padre. Mañana los mozos se desvivirían por contar que el señor se ha refugiado en los establos para realizar actos indecorosos. -Lucas parecía avergonzarse sólo ante la idea de ser objeto de tales habladurías.
– ¡Oh, ya me las arreglaré yo sola! -dijo enseguida Gwyneira. No temía a los trabajadores, a fin de cuentas también se había ganado el respeto de los pastores de su padre. Y el tosco lenguaje de los ovejeros le resultaría mucho más agradable ahora que proseguir la edificante conversación de un gentleman. Era posible que, camino del establo, la sometiera a un examen de arquitectura-. Ya encontraré los establos.