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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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Pero mientras su mente formulaba esa última frase, toda la habitación explotó con el estruendo sordo de un trueno.

Y luego se hizo de nuevo la oscuridad, dejando a Kate temblorosa, agarrada con los dedos a la mesa con tal fuerza que las articulaciones se le quedaron trabadas. Detestaba esto. Oh, cuánto lo detesta Detestaba el ruido y la luz de los relámpagos, y la tensión chisporroteante en el aire, pero sobre todo detestaba la manera en que se sentía ella.

Tan aterrorizada que al final no pudo sentir nada en absoluto.

Había sido así toda su vida, o al menos desde que tenía memoria. De pequeña, su padre o Mary la consolaban cada vez que había una tormenta. Kate tenía recuerdos de uno de ellos sentado sobre el bor de su cama, sosteniéndole la mano y susurrando palabras tranquilizadoras mientras los truenos y los relámpagos estallaban con estrépito a su alrededor. Pero cuando se hizo mayor consiguió convencer a la gente de que había superado su problema. Oh, todo el mundo sabía que aún detestaba las tormentas, pero conseguía ocultar la medida de su terror.

Parecía una debilidad espantosa, sin causa aparente y, por desgracia, sin cura clara.

No oía lluvia contra las ventanas; tal vez la tormenta no fuera tan mala. Tal vez había empezado lo suficientemente lejana y ahora se alejaba aún más. Tal vez…

Otro destello iluminó la habitación y extrajo un segundo grito de los pulmones de Kate. En este momento los truenos se habían acercado más incluso que los relámpagos, lo cual indicaba que la tormenta se aproximaba.

Kate sintió que se echaba al suelo.

Era tan ruidoso. Demasiado ruidoso, y demasiado brillante y demasiado…

¡Boom!

Kate se metió debajo de la mesa, encogió las piernas y se rodeó las rodillas con los brazos, esperando aterrorizada la siguiente tronada.

Y entonces empezó a llover.

Era un poco más tarde de medianoche, y todos los invitados (por algún motivo seguían los horarios del campo en cierto modo) se habían ido a la cama. Pero Anthony seguía en su estudio, tamborileando con sus dedos sobre el borde de su escritorio al ritmo de la lluvia que golpeaba la ventana. De vez en cuando un relámpago iluminaba la habitación con un destello brillante y cada trueno era tan ruidoso e inesperado que daba un brinco en su silla.

Dios, le encantaban las tormentas…

Era difícil saber por qué. Tal vez sólo era la prueba del poder de la naturaleza sobre el hombre. Tal vez era la energía pura de la luz y el sonido que retumbaba a su alrededor. Fuera lo que fuera, hacía que se sintiera vivo.

No estaba especialmente cansado cuando su madre sugirió que todos se retiraran a descansar, por tanto le pareció una tontería no aprovechar estos pocos momentos de soledad para revisar los libros de Aubrey Hall que su administrador le había dejado. Dios sabía que su madre iba a tenerle al día siguiente ocupado cada minuto con actividades en las que también participarían candidatas al matrimonio.

Pero tras una hora de concienzudas comprobaciones, con golpecitos de la punta seca de la pluma contra cada número del libro de contabilidad mientras él sumaba y restaba, multiplicaba y de vez en cuando dividía, sus párpados empezaron a caerse.

Había sido un día largo, admitió mientras cerraba el libro y dejaba un pedazo de papel para marcar el sitio. Había pasado buena parte de la manana visitando a arrendatarios e inspeccionando edificios. Una familia necesitaba que le repararan la puerta. Otra tenía problemas para recoger las cosechas y pagar la renta, debido a la pierna rota del padre. Anthony había oído disputas e intentado poner solución, había admirado a bebés recién nacidos e incluso había ayudado a arreglar un techo con goteras. Todo formaba parte de su posición de terrateniente, y a él le gustaba. Pero era cansado.

La partida de palamallo había sido un interludio grato, pero en cuanto regresó a la casa se había visto sumergido en el papel de anfitrión de la fiesta de su madre. Lo cual había sido casi tan agotador como las visitas a los arrendatarios. Eloise apenas tenía diecisiete años y estaba claro que hacía falta que alguien la vigilara un poco, aquella lagarta de la Cowper había estado atormentando a la pobre Penelope Featherington, y alguien tenía que hacer algo al respecto y…

Y luego estaba Kate Sheffield.

La pesadilla de su existencia.

Y el objeto de sus deseos.

Todo al mismo tiempo.

Vaya barullo. Se suponía que estaba cortejando a su hermana, por el amor de Dios, Edwina. La belleza de la temporada. Preciosa sin parangón. Dulce y generosa, e incluso serena.

Y en su lugar no podía dejar de pensar en Kate. Kate por la que, por mucho que le enfureciera, no podía evitar sentir un gran respeto. ¿Cómo podía evitar admirar a alguien que se aferraba tanto a sus con vicciones? Y Anthony debía de admitir que el núcleo de sus convicciones -la devoción a su familia- era el principio que ella respetaba por encima de todos.

Con un bostezo, Anthony se levantó de detrás del escritorio y estiró los brazos. Sin duda ya era hora de irse a la cama. Con un poco de suerte se quedaría dormido en el momento en que su cabeza se apoyara en la almohada. Lo último que quería era encontrarse contemplando el techo, pensando en Kate.

Y de todo lo que quería hacerle a Kate.

Anthony cogió una vela y salió al pasillo vacío. Había algo reposado e intrigante en una casa en silencio. Pese a que la lluvia golpeaba contra los muros, podía oír cada chasquido de sus botas sobre el suelo: tacón, punta, tacón, punta. Y a excepción de cuando un relárnpago iluminaba el cielo, su vela proporcionaba la única iluminación. Disfrutaba bastante agitando la llama a un lado y a otro, observando el juego de sombras contra los muros y los muebles. Era una sensación bastante peculiar de control, pero…

Alzó una ceja con gesto intrigado. La puerta de la biblioteca estaba abierta unos pocos centímetros y podía distinguir una franja de pálida luz de vela relumbrando desde el interior.

Estaba del todo seguro que no quedaba nadie levantado. Y desde luego no se oía ningún ruido en la biblioteca. Alguien debía de haber entrado a por un libro y había dejado la vela encendida. Anthony frunció el ceño. Aquello era muy irresponsable. Un incendio podía devastar la casa con más rapidez que cualquier otra cosa, incluso en medio de una tormenta, y la biblioteca -llena a reventar de libros- era el lugar ideal para que prendiera una llama.

Abrió la puerta y entró en la estancia. Toda una pared de la biblioteca estaba ocupada por altas ventanas, de modo que el sonido de la lluvia era más intenso aquí que en el pasillo. Un trueno sacudió entonces el suelo y a continuación, prácticamente seguido, un relámpago atravesó la noche.

La electricidad del momento le hizo poner una mueca, y cruzó hasta donde la vela ofensiva se había quedado ardiendo. Se inclinó hacia delante, la sopló y luego…

Oyó algo.

Era el sonido de una respiración. Fatigosa, presa del pánico, con toque ligero de un quejido.

Anthony miró con atención.

– ¿Hay alguien ahí? -llamó. Pero no vio a nadie.

Luego lo volvió a oír. Llegaba desde abajo.

Sostuvo la vela con firmeza y se agachó para mirar debajo de la mesa.

Y se quedó sin gota de aliento.

– Dios mío -exclamó con un resuello-. Kate…

Estaba echa un ovillo, rodeándose las piernas con los brazos con tal fuerza que parecía a punto de partirse. Tenía la cabeza inclinada, las cavidades oculares sobre las rodillas y todo su cuerpo agitado por tensos y rápidos temblores.

A Anthony se le congeló la sangre. Nunca había visto a nadie temblar así.

– ¿Kate? -repitió y dejó la vela sobre el suelo para acercase. No distinguía si ella era capaz de oírle. Parecía estar retirada dentro de sí misma, desesperada por huir de algo. ¿Sería la tormenta? Había dicho que detestaba la lluvia, pero esto era algo más profundo. Anthony sabía que a la mayoría de gente no le deleitaban las tormentas eléctricas como a él, pero nunca había oído que alguien se quedara así.

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