Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Классическая проза » Un Puente Sobre El Drina
Un Puente Sobre El Drina - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
1 ... 42 43 44 45 46 47 48 49 50 ... 89
Перейти на страницу:

Si sólo hubiesen sido vividos en la kapia, si hubiesen quedado en el incógnito, aquellos instantes no habrían tenido ninguna importancia; no habrían pasado de ser una de esas aventuras de muchacho que se cuentan entre amigos durante las patrullas aburridas de la noche. Pero valorados sobre el fondo de las responsabilidades concretas, esos instantes tienen un valor decisivo. Significan algo más que la muerte: son el final de todo, un final detestado e indigno. Ya no existe una explicación completa y justa ni ante uno mismo ni ante los demás. Ya no volverán las cartas de Kolomeia, ni las fotografías de la familia, ni pondrá más los giros postales que con tanto orgullo mandaba a casa. Es el final de un hombre que se ha equivocado y que ha permitido que lo engañasen.

Por eso no pudo encontrar palabras con que responder al mayor.

La vigilancia que ejercían sobre Feduna no era excesivamente severa. Le dieron el desayuno y se lo tomó sin enterarse; después, le ordenaron que preparase sus cosas y que entregase las armas y los objetos de servicio. A las diez de la mañana, en el coche del correo, debería emprender el camino de Sarajevo, donde sería puesto a disposición del tribunal de la guarnición.

Mientras que el muchacho iba quitando sus trastos de la estancia colocada encima de la cama, los pocos compañeros que se encontraban todavía en el dormitorio se marcharon de puntillas, cerrando la puerta tras ellos con precaución y sin ruido. Alrededor de él empezó a crecer ese círculo de soledad y de pesado silencio que se crea siempre en torno a un hombre que es víctima de la desgracia, como en torno de un animal enfermo.

Lo primero que hizo fue descolgar la tablilla negra sobre la que estaban escritos al óleo y en alemán su apellido, su grado, los números de su destacamento y de su unidad; la puso sobre las rodillas, con la parte escrita vuelta hacia el suelo. En el revés negro de la tablilla escribió rápidamente, en caracteres menudos, con un trozo de tiza: "Ruego que sea enviado todo lo que me pertenece a mi padre, que vive en Kolomeia. Saludo a mis compañeros y pido perdón a mis jefes. – G. FEDUNA."

Después, echó aún una mirada por la ventana y abarcó con la vista todo lo que puede ser observado del mundo en un instante y desde un punto de vista tan limitado. Descolgó a continuación su fusil, lo cargó con un pesado cartucho, pegajoso de grasa. Se descalzó y, con una navaja, hizo un agujero en el calcetín por el sitio del dedo gordo del pie derecho, se tumbó en la cama, mantuvo sujeto el fusil con las manos y las rodillas de modo que el extremo del cañón se apoyaba profundamente bajo su barbilla, colocó la pierna haciendo que el agujero del calcetín quedase enganchado al gatillo y disparó. Todo el cuartel retumbó con aquella detonación.

Todo se hace fácil y sencillo después de una gran decisión. Llegó el médico. Fue certificada oficialmente la defunción. Se unió la copia de un atestado a los documentos sobre el interrogatorio de Feduna.

Entonces se planteó la cuestión del entierro. Drajenovitch recibió orden de ir a ver al pope Nicolás y de discutir con él el asunto. ¿Podía enterrarse a Feduna en el cementerio, aunque se hubiese suicidado? ¿Consentía el pope Nicolás en dar la absolución a un difunto de confesión uniata?

Durante el año anterior, el pope Nicolás había empezado a envejecer bruscamente, sintiendo que sus piernas perdían fuerzas; por eso tomó como adjunto a la gran parroquia al pope loso. Este último era un hombre silencioso, pero agitado, flaco y negro como un tizón apagado. En aquellos meses, se había hecho cargo de casi todos los asuntos eclesiásticos y de las ceremonias religiosas de la ciudad y los pueblos, en tanto que el pope Nicolás, que apenas podía andar, se limitaba a hacer lo que estaba a su alcance sin salir de la casa, o acudía a la iglesia que se hallaba muy cerca.

Por orden del mayor, Drajenovitch fue a casa del pope Nicolás. El venerable anciano lo recibió, echado en su cama; junto a él, se encontraba el pope Ioso. Cuando Drajenovitch le hubo expuesto las circunstancias de la muerte de Feduna y la cuestión de la sepultura que había de dársele, los popes se quedaron un momento en silencio. Viendo que Nicolás no hablaba, lo hizo loso, con una voz vaga y temerosa: se trataba, dijo, de algo excepcional, insólito: tropezaban con obstáculos, tanto dentro de los reglamentos eclesiásticos como de los usos consagrados. Tan sólo si se demostrase que el suicida no se encontraba en posesión de sus facultades en el momento en que se había dado muerte, podría hacerse algo.

Pero, entonces, se alzó en su cama dura y estrecha, cubierta por un tapiz gastado, el pope Nicolás. Su cuerpo adquirió aquel aspecto de estatua que siempre había tenido cuando atravesaba el centro de la ciudad donde era saludado por todos. La primera palabra que pronunció iluminó su rostro ancho, eternamente bermejo, de grandes bigotes que se perdían en su barba, de cejas rojas, casi blancas, espesas y erizadas, rostro de un hombre que, desde su nacimiento, había aprendido a pensar por sí mismo, a manifestar sus pensamientos con sinceridad y a defenderlos enérgicamente. Sin dudar apenas, sin grandes palabras, contestó directamente al pope y al brigada:

– Cuando ya ha ocurrido una desgracia, no hay nada que demostrar. ¿Quién en posesión de sus facultades, intentaría algo contra sí mismo? Y, ¿quién tomaría la responsabilidad de enterrarlo, como a un hombre sin religión, en algún lugar detrás de una tapia, sin la presencia de un sacerdote? Ve, señor, y ordena que se prepare todo para que lo enterremos lo antes posible. Y en el cementerio, no en otro sitio; yo le daré la absolución. Y, después, si alguna vez puede encontrarse a un pope de su religión, que añada y corrija, si piensa que algo no se ha hecho como es debido. ¡Que Dios te dé salud!

Cuando Drajenovitch hubo salido, el pope Nicolás se volvió una vez más hacia loso, que estaba confuso y sorprendido:

– ¿ Cómo te atreverías a negar sepultura en el cementerio aun cristiano? Y, ¿por qué no le darías la absolución? ¿No es bastante que no haya tenido suerte en su vida? Y arriba que le pidan cuenta de sus pecados los que nos pedirán cuenta de los nuestros a todos nosotros.

Fue así cómo el muchacho que cometió un error en la kapia, se quedó para siempre en la ciudad. Fue enterrado a la mañana siguiente y recibió la absolución del anciano pope Nicolás, asistido por Dimitri, el sacristán.

Los soldados del Streifkorps pasaron uno a uno ante la fosa y fueron echando un puñado de tierra. Mientras que dos enterradores cumplían rápidamente con su tarea, los soldados se quedaron todavía unos instantes alrededor de la tumba, como si esperasen alguna orden, sin dejar de mirar una columna de humo derecha y blanca que ascendía del otro lado del río, cerca del cuartel. Sobre la meseta verde, situada por encima del cuartel, era quemada la colchoneta cubierta de sangre de Feduna.

El hachazo cruel del destino que había cortado la vida del joven soldado del cual ya nadie sabía el nombre, y que pagó con la muerte unos momentos de falta de vigilancia y de emoción en la kapia, adquirió rango entre los acontecimientos de los que los habitantes de la ciudad se acordaron durante mucho tiempo con simpatía, siendo motivo de frecuentes conversaciones. El recuerdo del muchacho sensible y desdichado duró más que la guardia de la kapia.

A partir del otoño siguiente, la insurrección cedió en Herzegovina. Algunos jefes conocidos, jefes musulmanes y servios, huyeron a Montenegro o a Turquía. Quedaron aún en aquellos parajes unos cuantos haiduks que no estaban en contacto directo con la insurrección provocada por el reclutamiento, pero que se entregaban al pillaje por su cuenta y riesgo.

Más tarde, también ellos fueron capturados unos tras otros, o se consiguió dispersarlos. Renació la calma en Herzegovina. Bosnia ofreció sus reclutas sin resistencia. Pero la marcha de los primeros soldados no fue ni fácil ni sencilla.

No se reclutaron más de unos cien muchachos en todo el distrito, pero el día que fueron reunidos delante del cuartel general, los campesinos con su saco y los escasos jóvenes de la ciudad con su maleta de madera, pareció que se había producido una epidemia y una alerta. Muchos reclutas habían bebido sin medida desde por la mañana temprano, mezclando las bebidas.

Los campesinos llevaban camisas blancas, muy limpias. Los pocos que no habían bebido, permanecían sentados en medio de sus bártulos, apoyados contra el muro y dormitando. La mayoría estaban excitados, rojos bajo el efecto del alcohol y sudorosos a causa del calor del día. Cuatro o cinco mozos del mismo pueblo se cogían por los hombros, colocaban las cabezas uno contra otro y se balanceaban como arbustos vivos, entonando una melodía grosera y pesada, como si estuviesen solos en el mundo.

1 ... 42 43 44 45 46 47 48 49 50 ... 89
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)