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Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
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– ¿Es éste el que estaba de guardia? -preguntó Drajenovitch a la mujer.

Con un gran esfuerzo que le hizo daño, Feduna la miró entonces atentamente. Era la muchacha musulmana de la víspera, pero sin chal, destocada, con sus gruesas trenzas morenas liadas apenas en torno a la cabeza. Llevaba unos pantalones turcos multicolores, pero el resto de sus vestidos, la camisa, el cinturón y el chaleco, eran iguales a los de las muchachas servias de los pueblos situados en la alta meseta, más arriba de la ciudad. Sin chal, parecía mayor y más fuerte. Su rostro estaba completamente cambiado, su boca era grande y perversa, sus párpados rojos, pero sus ojos claros y luminosos como si la sombra de la tarde del día anterior hubiese desaparecido.

– Sí -respondió con una voz dura e inflexible que, para Feduna, resultó tan nueva e insólita como todo su aspecto en aquel momento.

Drajenovitch continuó interrogándola: ¿cómo y cuántas veces había cruzado el puente, qué había dicho a Feduna, qué le había contestado él? La muchacha respondía en general con exactitud, pero de una manera negligente y arrogante.

– lelenka, ¿qué te dijo la última vez que cruzaste el puente?

– Dijo algo, pero no sé qué, porque no lo escuchaba: pensaba únicamente en el modo de hacer pasar a lakov.

– ¿Pensabas en eso?

– En eso -contestó de mala gana la mujer, que evidentemente estaba extenuada y que no quería decir más de lo que debía.

Pero el brigada era tenaz. Con una voz que dejaba entrever una amenaza y que traicionaba la costumbre de ser contestado sin preámbulos, exigía a la muchacha que repitiese todo lo que había dicho en el curso del primer interrogatorio que le había sido hecho en el cuartel general.

Ella se defendía, abreviaba y pasaba por alto algunos pasajes de sus declaraciones anteriores, pero él la detenía siempre y, por medio de sus preguntas acerbas y hábiles, la forzaba a volver atrás.

Poco a poco surgió toda la verdad. Se llamaba lelenka y pertenecía a la familia Tasitch de la Alta Leska. Durante el otoño anterior había llegado a aquella región el haiduk Tchekrlia. Pasó allí el invierno, escondido en unas cuadras de la parte alta del pueblo. De casa de la muchacha, le llevaban alimentos y ropa limpia. Frecuentemente, era ella misma la que se encargaba de eso. Se enamoraron el uno del otro y se hicieron novios. Y cuando comenzó a deshelar y las persecuciones del Streifkorps se hicieron más insistentes, lakov decidió pasar a cualquier precio a Servia. En esa época del año es difícil cruzar el Drina, incluso sin estar vigilado, pero es el caso que en aquella ocasión había una guardia permanente. Tomó la resolución de atravesarlo por el puente e imaginó un plan para engañar a la guardia. lelenka lo acompañó, resuelta a ayudarlo, aunque le costara la vida. Se dirigieron primero a Lieska, escondiéndose después en una gruta emplazada más arriba de Okolichta. Algún tiempo antes, lakov había conseguido de los cíngaros de Glasinats alguna ropa femenina turca: velo, pantalones, cinturón. Entonces, y de acuerdo con sus instrucciones, la muchacha empezó a cruzar el puente en los momentos en que no había muchos turcos, para que ninguno de ellos intentase averiguar quién era aquella muchacha desconocida y, al mismo tiempo, para que la guardia se acostumbrase a verla. Fue así, cómo, durante tres días, pasó por el puente y resolvió la fuga de lakov.

– Y, ¿por qué escogiste precisamente el momento en qufe este soldado estaba de guardia?

– Porque me pareció el más débil.

– ¿Fue por eso?

– Sí.

Ante la insistencia del brigada, la muchacha prosiguió. Cuando todo estuvo preparado, lakov se envolvió en su velo, y ella lo condujo con las primeras sombras, como si fuese su abuela, pasando junto a los dos hombres, que no se dieron cuenta de nada, ya que el joven, Feduna, miraba a la muchacha y no a la anciana, mientras que su compañero permanecía sentado en el sofá y parecía dormir.

Cuando llegaron al mercado, no fueron directamente por el centro de la ciudad; precavidos, tomaron las callejuelas laterales. Eso fue lo que les traicionó. Se perdieron en aquella ciudad que no conocían y, en lugar de ir a parar al puente del Rzav y de alcanzar el camino que conduce desde la ciudad a la frontera, se encontraron ante un café turco del que salían algunos hombres.

Entre ellos se encontraba un guardia turco, originario de la ciudad. Le parecieron sospechosas aquella anciana velada y la joven que iba con ella, a las que nunca había visto hasta entonces; decidió seguirlas. Fue tras ellas hasta el Rzav. Allí, se acercó y preguntó quiénes eran y a dónde iban. lakov, que a través del velo que le cubría la cara seguía atentamente los movimientos del guardia, consideró llegado el momento de huir. Arrojó el velo y empujó a lelenka contra el guardia, con tanta fuerza, que ambos perdieron el equilibrio ("porque es menudo y bajito, pero fuerte como la tierra, y no tiene el corazón como los demás hombres"). Ella, según confesó tranquilamente y con precisión, se agarró a las piernas del guardia. Mientras que éste se desembarazaba de ella, lakov ya había logrado atravesar el Rzav como si fuese un charco, aunque el agua le llegase por encima de las rodillas, desapareciendo en la otra orilla, entre los sauces. En cuanto a la muchacha, fue llevada al cuartel general, donde le pegaron y la amenazaron; pero no tenía nada que decir, y si lo tenía, no quería hablar.

El brigada se esforzó en vano, por medio de preguntas indirectas, de halagos y de amenazas, de sacar algo más de la muchacha para conocer a los cómplices y a los comparsas, así como las futuras intenciones de lakov. Ninguna de aquellas maniobras ejercieron sobre ella influencia alguna. Hablaba demasiado sobre los extremos que le interesaban, pero sobre aquellos de los cuales no quería decir nada era imposible conseguir que pronunciase una sola palabra, a despecho de toda la insistencia de Drajenovitch.

– Vale más que nos digas todo lo que sepas, antes de que interroguemos y de que torturemos a lakov, a quien, seguramente, ya habrán cogido a estas horas.

– ¿Que le han cogido? ¿A él? ¡Bah!

La muchacha miró al brigada con piedad, como a un hombre que no sabe lo que se dice, y alzó el labio superior en una mueca de desprecio. El movimiento de aquel labio, que parecía una sanguijuela contrayéndose, expresaba generalmente sus sentimientos de cólera, de desprecio o de insolencia, cuando estos sentimientos se hacían más fuertes que las palabras que ella empleaba.

Aquel movimiento convulsivo daba, por un instante, una expresión difícil y desagradable a su rostro, que normalmente era bello y regular. Y con un gesto completamente infantil y encantador que contrastaba con su mueca, echó una mirada por la ventana, como un labrador que contempla un campo cultivado para comprobar la influencia del tiempo sobre las semillas.

– ¡Que Dios sea con vosotros! Ya se ha hecho de día. Desde ayer por la tarde hasta ahora, él habrá podido recorrer toda Bosnia; ¡cómo no iba a conseguir cruzar la frontera que no está más que a dos horas de aquí! Yo sé lo que me digo. Podéis pegarme y matarme; para eso fui con él; pero a lakov no volveréis a verlo. ¡Ni penséis en ello! ¡Bah!

Y su labio superior se contrajo y se alzó en su comisura derecha y su cara se afeó, se hizo de pronto más vieja, más arrogante. Y cuando el labio volvió a su posición normal, el rostro recobró su encanto infantil, su gracia atrevida e inconsciente.

No sabiendo qué hacer, Drajenovitch miró al mayor, que le hizo una seña para que se llevase a la muchacha. Y comenzó de nuevo el interrogatorio de Feduna. Ya no podía ser ni largo ni difícil. El joven confesó todo y no supo decir nada en su defensa, ni siquiera lo que Drajenovitch le sugería intencionadamente a través de sus preguntas. Tampoco las palabras del mayor, que expresaban una condena sin recursos, despiadada, grave, pero de las cuales, sin embargo, surgía un dolor contenido a causa de aquella misma gravedad, lograron sacar al muchacho de su torpeza:

– Lo consideraba -le dijo Krtchmar en alemán- como un hombre serio, consciente de sus deberes y de su meta en la vida, y pensaba que, algún día, llegaría a ser un soldado completo, orgullo de nuestro destacamento. Y se ha enamorado usted locamente, se ha enamorado hasta perder la vista, de la primera mujerzuela que pasó ante sus narices. Se ha conducido como un ser sin voluntad, como un hombre al que no se puede confiar un asunto serio. He de ponerlo en manos de un tribunal. Pero sea cual sea su sentencia, el mayor castigo para usted será el no haberse mostrado digno de la confianza que se le otorgó y el no haber sabido en el momento preciso mantenerse en su puesto como hombre y como soldado. Ahora, ¡retírese!

Ni siquiera aquel discurso grave, despegado y brusco, podía llevar nada nuevo a la conciencia del muchacho. Todo aquello estaba ya en él. La aparición y las palabras de la amante del haiduk, el comportamiento de Stevan y todo el curso de la breve encuesta, le mostraron de pronto, con toda claridad, el peligro de su juego en la kapia; aquel juego frivolo, ingenuo e imperdonable. Lo que había dicho el mayor no era más que un sello oficial sobre todo aquello; tenía más necesidad de hablar el oficial -para satisfacer ciertas exigencias no escritas, pero eternas, de la ley, y del orden- que el propio Feduna. El muchacho, como ante un espectáculo de una grandeza inaudita, se encontraba en presencia de un descubrimiento cuyas dimensiones no podía abarcar: lo que pueden significar unos instantes de olvido en una mala hora y en un puesto peligroso.

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