Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
Hacia el mediodía del tercer día, volvió a pasar la muchacha turca. Y, lo mismo que sucede en los sueños, en lo que todo ocurre de acuerdo con la voluntad del hombre a la cual todo lo demás se subordina, Stevan seguía dormitando, persuadido y siempre dispuesto a persuadir a los demás de que no pegaba un ojo; en la kapia, no había nadie. El muchacho balbució unas palabras, la muchacha moderó el paso y le respondió tímidamente algo apenas inteligible.
Aquel juego peligroso e increíble continuó. Al cuarto día, la muchacha pasó, acechando el momento en que no había nadie en la kapia, y preguntó en un susurro al soldado, encendido de amor, cuándo tendría su próxima guardia. Él le contestó que estaría nuevamente en la kapia a la hora del crepúsculo, coincidiendo con la cuarta oración de los musulmanes.
– Voy a llevar a mi abuela al centro de la ciudad para que pase allí la noche y volveré sola -murmuró la muchacha sin volver la cabeza, pero lanzándole una mirada de reojo.
Cada una de aquellas palabras corrientes produjeron en el joven una alegría secreta ante la idea de que iba a volver a verla.
Seis horas más tarde, Feduna se encontraba en la kapia con su soñoliento compañero. Tras la lluvia, cayó un crepúsculo fresco que le pareció lleno de promesas. Los transeúntes eran cada vez más escasos. Entonces, por el camino procedente de Osoinitsa, apareció la muchacha turca, envuelta en su chal cuyos colores apagaba el crepúsculo. Al lado de ella, caminaba una anciana encorvada, cubierta por un velo espeso. Andaba casi a cuatro patas, apoyándose con la mano derecha en su bastón y con la izquierda en el brazo de la muchacha.
De esta guisa, pasaron junto a Feduna. La joven andaba despacio, adaptando su paso al de la anciana. Sus ojos, que se agrandaban con las sombras de las primeras tinieblas, los posó atrevida y abiertamente en los del muchacho; parecía que no pudiese vivir sin mirarlo. No más hubieron desaparecido en la ciudad, cuando un escalofrío recorrió el cuerpo del joven. Se puso a caminar con paso rápido de una terraza a otra, como si desease recobrar lo que había perdido. Con una emoción que se asemejaba al miedo, esperaba el regreso de la muchacha. Stevan dormitaba.
"¿Qué me dirá cuando pase? -pensó Feduna-. Y, ¿qué le diré yo? ¿Me propondrá alguna cita para la noche, en un lugar retirado?"
Tembló ante el pensamiento de las delicias y de la arriesgada emoción que implicaba aquella idea.
Pasó una hora y media de espera y la muchacha no regresaba. Pero, incluso en aquella espera, había una especie de dulzura. Y aquella dulzura crecía con la oscuridad que iba cayendo. Al final, en vez de la muchacha se presentó el relevo de la guardia. Sin embargo, en aquella ocasión, no acudieron únicamente los dos soldados que debían montar la guardia; con ellos, iba en persona el brigada Drajenovitch. Aquel hombre severo, de barba corta y negra, ordenó a Feduna y Stevan, con voz dura y estridente, que se fuesen a los dormitorios en cuanto llegasen al cuartel y que no saliesen de ellos hasta nueva orden. Ante la idea de que era vagamente culpable, Feduna sintió que la sangre se le subía a la cabeza.
El dormitorio grande y frío, con sus doce camas regularmente ordenadas, estaba vacío; los hombres se encontraban en la ciudad o cenando. Feduna y Stevan esperaban, inquietos e impacientes, reflexionando, tratando en vano de adivinar por qué razón el brigada los había arrestado tan severa e inesperadamente. Una hora después, cuando empezaron a llegar para acostarse los primeros soldados, entró con estrépito un cabo, fruncido el ceño, quien, en voz alta y tajante, les dijo que lo siguiesen. Todos aquellos detalles les hacían sentir que la severidad iba en aumento y que la situación no presagiaba nada bueno. Cuando salieron del dormitorio, fueron separados, y comenzaron a interrogarlos.
La noche avanzaba. Se acercaban a aquellas horas en las que se apagaban en la ciudad todas las luces, pero las ventanas del cuartel permanecían iluminadas. De vez en cuando, se oía la campanilla de la entrada, el tintineo de las llaves al chocar y el ruido de las pesadas puertas. Los ordenanzas iban y venían, se apresuraban a través de la ciudad sombría y dormida, desplazándose desde el cuartel al cuartel general, en el que las lámparas del primer piso también estaban encendidas. Aquellas señales permitían adivinar que algo insólito había ocurrido en la ciudad.
Cuando fue llevado Feduna al despacho del mayor, hacia las once, le pareció que habían pasado días y semanas después de lo sucedido en la kapia. En la mesa ardía una lámpara metálica de petróleo, provista de una pantalla de porcelana verde. Detrás de la mesa, estaba sentado el mayor Krtchmar. La lámpara le iluminaba los brazos hasta los codos, mientras que su torso y la cabeza quedaban en la sombra, proyectada por la pantalla verde. El muchacho conocía aquella cara lívida y llena, casi femenina, imberbe, en la que apenas se veía un diminuto bigote; en torno a sus ojos, podían observarse unas orejas oscuras que formaban dos círculos regulares. Los soldados temían como a la peste a aquel oficial corpulento y plácido, de palabras lentas y movimientos pesados.
Eran pocos los hombres que podían sostener durante un rato la mirada de aquellos grandes ojos grises, y que no tartamudeasen cuando contestaban á las preguntas que formulaba pronunciando cada palabra despacio, pero separada, clara, distintamente, desde la primera a la última sílaba, como en la escuela o en la escena. Algo más lejos, se encontraba el brigada Drajenovitch. También su torso permanecía en la sombra. Sólo se veían sus manos, fuertemente iluminadas; unas manos velludas que colgaban blandamente. En una de ellas brillaba una pesada sortija de oro.
Drajenovitch inició el interrogatorio.
– Decidnos qué habéis hecho entre las cinco y las siete, cuando, juntamente con el auxiliar del Streifkorps, Stevan Kalatsan, estabais en servicio de guardia en la kapia.
Feduna enrojeció. Cada cual pasa el tiempo a su mejor saber y entender, pero, sin embargo, nadie piensa que más tarde tendrá que contestar ante un tribunal severo y rendir cuentas de todo lo que ha pasado, de todo, hasta de los más mínimos detalles, hasta de los pensamientos más secretos, hasta del último minuto; nadie, y menos un muchacho de veintitrés años, que ha pasado ese tiempo, durante la primavera, en la kapia. ¿Qué contestar? Aquellas horas de guardia las ha pasado como siempre, como ayer y anteayer. Pero en ese instante no puede recordar nada cotidiano y habitual que sirva de respuesta. Ante su memoria desfilan solamente las cosas secundarias y prohibidas que suceden a todo el mundo, pero que no se revelan a los jefes: por ejemplo, que Stevan, como de costumbre, echó una cabezada, mientras que él, Feduna, cambiaba unas palabras con una muchacha turca desconocida; que después, a la caída de la noche, había tarareado dulcemente, con fervor, todas las canciones de su país, esperando el regreso de la muchacha, regreso que había de llevarle algo emotivo y desacostumbrado. ¡Ah, qué difícil es contestar!, ¡qué imposible decir todo!, ¡ qué molesto callar algunos detalles! Ahora bien, es preciso darse prisa, porque el tiempo pasa y no hace más que aumentar su confusión y su incomodidad. Y ¿cuánto ha durado ese silencio?
– Y bien… -dijo el mayor.
Todo el mundo conoce ese "y bien" claro, sonoro, potente, como el sonido de un mecanismo vigoroso, complejo y bien engrasado.
Feduna se puso a balbucir y a confundirse desde el principio, como un culpable.
Avanzaba la noche, pero las lámparas no se apagaron ni en el cuartel ni en el cuartel general. Los interrogatorios, los atestados, las confrontaciones se sucedían. También fueron escuchados otros soldados que, aquel mismo día, habían hecho la guardia en la kapia. Incluso se llegó a encontrar a algunos de los transeúntes que fueron conducidos al cuartel. Pero era evidente que el círculo se cerraba en torno a Feduna y a Stevan, haciéndose hincapié en las preguntas sobre la anciana que había pasado conducida por una muchacha.
Creía Feduna que caían sobre su cabeza todas las responsabilidades, diabólicas e inextricables, derivadas de sus sueños. Antes del alba, fue careado con Stevan. El campesino parpadeaba con aire astuto y hablaba de manera artificial, con una vocecita que apenas se oía, afirmando sin descanso que él sólo era un analfabeto y amparándose tras "aquel señor Feduna", como llamaba sin cesar a su compañero de guardia.
Así, pues, es preciso responder, pensaba el muchacho, cuyo estómago desfallecía de hambre. Temblaba de emoción, aunque no se diese cuenta con claridad de lo que sucedía ni en qué consistía exactamente su negligencia o su culpabilidad. Con la mañana, llegó la explicación.
Durante toda la noche, giró sin pausa aquel círculo inverosímil en medio del cual se encontraba el mayor, frío y despiadado. Sólo él permanecía inmóvil y mudo, no permitiendo, sin embargo, que nadie estuviese tranquilo o callado. Ni su comportamiento ni su aspecto le hacían parecer un ser humano; era la personificación del deber, algo así como un temible sacerdote de la justicia, inaccesible a las debilidades y a los sentimientos, dotado de una fuerza sobrehumana, exento incluso de las necesidades humanas de alimentación, sueño y descanso. Cuando se hizo de día, Feduna fue llevado por segunda vez ante el mayor. En el despacho situado junto al del mayor y de Drajenovitch, se encontraba un guardia armado y una mujer, que a primera vista, pareció irreal al muchacho. La lámpara estaba apagada. La habitación, expuesta al norte, estaba fría y envuelta en una semipenumbra. Feduna veía con extrañeza que su confuso sueño de la noche se prolongaba, sin que palideciese ni se esfumase a la luz del día.