Los hombres de la guadaña
- Автор: Коннолли Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los hombres de la guadaña». Краткое содержание книги:
– Se lo ve muy seguro de que fue Leehagen quien dio la orden -observó Louis.
– ¿Quién iba a ser si no? Nadie sería tan tonto de atentar contra un hombre en la posición de Gabriel. Conozco sus contactos. Actuar contra él sería poco prudente, a menos que uno no tuviese nada que perder.
Louis no pudo por menos de coincidir. En los círculos en los que se movía Gabriel existía el tácito acuerdo de que el proveedor de los recursos humanos no era responsable de lo que sucedía al emplearse esos recursos. Louis recordó la descripción que hizo Gabriel de Leehagen: un moribundo deseoso de vengarse antes de que la vida lo abandonara por completo.
– Bien -dijo Hoyle-. Hablemos sin rodeos. Tal vez se pregunte si hay micrófonos en este apartamento, o si algo de lo que diga aquí puede llegar a alguna sección de las fuerzas del orden. Le aseguro que el apartamento está limpio, y que no tengo el menor interés en involucrar a la policía en este asunto. Quiero que mate a Arthur Leehagen. Le proporcionaré toda la información a mi alcance para facilitarle el trabajo, y le pagaré generosamente por el trabajo.
Hoyle hizo una señal con la cabeza a Simeon. Éste sacó una carpeta de un cajón y se la entregó. Hoyle la dejó en la mesa ante ellos.
– Aquí está todo lo que tengo sobre Leehagen -señaló Hoyle-, o todo lo que creo que podría serles de utilidad.
Louis abrió la carpeta. Al hojear el material vio que repetía parte de lo que él ya había descubierto por su cuenta, pero también incluía muchos datos nuevos. Había informes impresos con las líneas muy apretadas detallando los antecedentes familiares, los intereses comerciales y otras actividades, algunas de ellas, a juzgar por las fotocopias de expedientes policiales y las cartas de la fiscalía, de carácter delictivo. A continuación, aparecían las fotografías de una casa imponente, imágenes vía satélite de bosques y carreteras, mapas de la zona y, por último, un retrato de un hombre corpulento, más bien calvo, con una amplia papada que le caía en múltiples pliegues hasta el pecho robusto. Llevaba un traje negro y una camisa sin cuello. El poco pelo que le quedaba lo tenía largo y despeinado. Unos ojos oscuros y porcinos se perdían en la carne de su cara.
– Ése es Leehagen -dijo Hoyle-. La foto fue tomada hace cinco años. Tengo entendido que el cáncer ha hecho mella en él desde entonces.
Hoyle alargó el brazo para tomar una de las imágenes vía satélite y señaló un recuadro blanco en el centro.
– Ésta es la casa principal. Ahí viven Leehagen y su hijo. Tiene una enfermera particular, instalada en un pequeño apartamento contiguo. A eso de medio kilómetro al oeste, quizás un poco más -alcanzó otra fotografía y la colocó junto a la primera-…, hay vaquerizas. Antes Leehagen tenía un rebaño de vacas de Ayrshire.
– Ésa no es tierra de vacas -comentó Louis.
– A Leehagen aquello le traía sin cuidado. Le gustaban. Se las daba de criador. Taló el bosque para que pudieran pastar, y utilizó también áreas que habían quedado arrasadas por efecto de las tormentas. Sospecho que así se creía un aristócrata rural.
– ¿Y qué fue de ellas? -preguntó Ángel.
– Las mandó al matadero hace un mes. Eran sus vacas: no iba a dejar que vivieran más que él.
– ¿Esto qué es? -quiso saber Louis. Señaló varias fotografías de una pequeña construcción industrial junto a lo que parecía un pueblo. Una fina línea recta recorría de un lado a otro la parte inferior de algunas de las fotografías: una vía de ferrocarril.
– Eso es Winslow -contestó Hoyle. Extendió dos mapas convencionales, uno al lado del otro, delante de Louis y Ángel-. Mírenlos. ¿Ven alguna diferencia entre los dos?
Ángel los examinó. En uno, la localidad de Winslow aparecía marcada con toda claridad; en el otro, no se veía la menor señal del pueblo.
– El primer mapa es de la década de los setenta. El segundo es de hace sólo un año o dos. Winslow ya no existe como pueblo. Allí no vive nadie. Antes había cerca una mina de talco…, es lo que se ve al este en algunas de las fotos. Era propiedad de la familia Leehagen, pero cerró en los años ochenta. La gente empezó a marcharse y Leehagen fue comprando las casas desocupadas. Los que no quisieron irse fueron obligados a hacerlo. Les pagó, desde luego, y en ese sentido fue todo limpio, pero les dejaron muy claro qué les pasaría si no se iban. Ahora es todo una única propiedad particular, situada al nordeste de la casa de Leehagen. ¿Sabe usted algo sobre la extracción del talco?
– No -respondió Louis.
– Tiene su lado desagradable. Los mineros trabajan expuestos al polvo del amianto tremolita. Muchas de las compañías implicadas sabían que el talco contenía amianto, las de Leehagen incluidas, pero optaron por no informar a sus empleados de su presencia ni de la incidencia de enfermedades relacionadas con el amianto en sus minas. Me refiero sobre todo a cicatrices en los pulmones, silicosis y casos de mesotelioma, que es un cáncer poco común relacionado con él amianto. Incluso aquellos que no trabajaban directamente en la extracción empezaron a desarrollar problemas pulmonares. Los Leehagen se defendieron negando que el talco industrial contuviera amianto o implicará un riesgo de cáncer, cosa que, según creo, es mentira. Esa sustancia acababa en los lápices de cera de los niños, y ya saben ustedes lo que hacen los niños con los lápices, ¿no? Se los meten en la boca.
– Con el debido respeto, ¿eso qué tiene que ver con el asunto que nos atañe? -preguntó Louis.
– Verá, fue así como Leehagen consiguió vaciar Winslow. Ofreció acuerdos económicos a las familias, que en su mayoría tenían parientes que habían trabajado en las minas. Según esos acuerdos, Leehagen y sus descendientes quedaban libres de toda responsabilidad futura. Ató de manos a esa gente. Las cantidades que recibieron eran muy inferiores a las que posiblemente les habrían concedido si hubiesen estado dispuestos a llevar los casos a juicio, pero eran los años ochenta. Dudo que supiesen siquiera el origen de sus enfermedades, y la mayoría de ellos ya estaban muertos cuando, al cabo de una década o más, comenzaron a llegar a los tribunales los primeros casos de otros sitios. Esa clase de hombre es Leehagen. Aun así, resulta irónico que quizá su propio cáncer haya sido causado por las minas que lo enriquecieron. Mataron a su mujer -cuando Hoyle pronunció la palabra «mujer», una ligera mueca asomó a su rostro-… y ahora están matándolo a él. -Hoyle buscó otro mapa, éste del cauce de un río-. Después de vaciar el pueblo obtuvo permiso para cambiar el curso de un río de la zona, el Roubaud, por algún falso motivo medioambiental. En realidad, el cambio de curso le permitió aislarse. Hace las veces de foso. Sólo dos carreteras acceden a sus tierras cruzando el río. Más allá de la casa de Leehagen está el lago Fallen Elk, de modo que también tiene agua por detrás. Llenó el lecho del lago de rocas y alambradas para impedir el acceso a la casa desde allí, por lo que la única manera de llegar a sus tierras es atravesando uno de los dos puentes sobre el río.
Hoyle señaló los puentes en el mapa y luego recorrió con el dedo las carreteras que partían de ellos. Formaban un embudo invertido, cortadas en cuatro puntos por dos carreteras interiores que cruzaban la finca en línea paralela a la orilla oriental del lago.
– ¿Están vigilados? -preguntó Ángel.
– No de manera sistemática, pero todavía hay casas cerca. Leehagen tiene algunas alquiladas a las familias de los hombres que antes cuidaban de su ganado, o que trabajan en sus tierras. Un par de ellas son propiedad de personas que han llegado a un acuerdo con él. Se mantienen al margen de sus asuntos, y él les permite vivir donde siempre han vivido. Están básicamente en la carretera del norte. La carretera del sur es más tranquila. Por cualquiera de ellas es posible acercarse bastante a la casa de Leehagen, aunque la del sur sería una opción más segura. No obstante, si alguien diera la alarma, los dos puentes quedarían cerrados antes de que el intruso tuviese la oportunidad de escapar.