Fuera de un evidente destino
- Автор: Фалетти Джорджо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Fuera de un evidente destino». Краткое содержание книги:
Sobre el muro de cemento una larga raya roja permitía imaginar que el hombre se encontraba apoyado en la pared antes de caer.
Lombardi se agachó sobre el cuerpo y reposó una mano sobre su garganta. Beaudysin vio que la cara del hombre estaba extrañamente deformada, como si los huesos del cráneo se hubieran despegado los unos de los otros y se hubieran desplazado en ángulos poco habituales. No tuvo tiempo de formular una hipótesis, porque el médico la convirtió de inmediato en certeza. Hizo justo lo que el detective Robert Beaudysin temía. Cogió la muñeca del cadáver y la levantó. El brazo se dobló de manera antinatural a la altura del codo, como si por dentro ya no tuviera huesos.
O como si no los hubiera tenido nunca.
Sin soltar el brazo, aún suspendido en el aire, el médico se volvió hacia el detective y le lanzó una mirada muy significativa. Ambos sabían que también el resto de los huesos del cadáver se hallaban en el mismo estado. Pero aun así hizo la pregunta, porque era su trabajo asegurarse de los hechos.
– ¿La misma situación?
– Eso parece. Y no sabes qué ignorante me siento en casos como este.
– En casos como este, la ignorancia es la regla.
Beaudysin se dirigió a un agente que se hallaba cerca.
– ¿Quién los ha encontrado?
Otro agente, un hombre de cierta edad, ya a punto de jubilarse, dio un paso hacia delante.
– Yo he sido el primero en llegar.
– ¿Qué ha pasado?
– No lo sabemos. Había un prisionero fuera, para la hora del recreo al aire libre, y Matt Coban, mi compañero, lo vigilaba desde lo alto del muro. Yo, desde dentro, oí unos gritos. Después, el ruido de un disparo. Corrí hasta aquí y los encontré así.
– ¿Así cómo?
Señaló el cadáver con la cabeza.
– Él estaba muerto. Matt estaba aquí, caído en el suelo, con una pierna rota. Mi primera impresión fue que le había disparado al prisionero y que al hacerlo se había caído del muro.
El detective sabía, por experiencia personal, que a menudo la primera impresión es la acertada.
– ¿Él no le ha dicho nada?
– No. Cuando llegué a socorrerlo, empezó a debatirse como un loco. Parecía aterrorizado. La pierna debía de dolerle mucho, pero daba la impresión de que no la sentía. Lo único que hacía era repetir sin cesar la palabra «no». Y tenía los ojos de alguien que ha visto algo espantoso.
– ¿Quién es el muerto?
– Jed Cross. Era…
– Ya. Sé perfectamente quién era.
Joder, con la cara tan deformada y la conmoción del momento no lo había reconocido. Era un mal sujeto, arrestado por estupro y homicidio de un menor. Un asunto del que hablaban todos, en aquel lugar. Un psicópata maníaco que se había ensuciado con uno de los delitos más abyectos que puede ser capaz de cometer un ser humano. No podía sentir piedad por aquel individuo despreciable. Por un motivo que no lograba explicarse, sabía que la causa de la muerte no era el disparo de escopeta que le había destrozado el pecho. No obstante, lo que lo había matado, fuera lo que fuese, parecía dotado de un letal sentido de justicia.
– ¿Hay alguna huella, alguna señal, algo que pueda ayudarnos a comprender qué fue lo que ocurrió en realidad?
– Lo único extraño es eso.
El agente, que con toda seguridad en aquel momento soñaba con la jubilación como con la Tierra Prometida, señaló con la mano a su izquierda.
El detective volvió la cabeza en esa dirección, pero en un primer instante no consiguió identificar aquello a lo que se refería el agente. Cuando por fin pudo verlo, le costó creerlo.
En la tierra había huellas de pies que partían del lado opuesto del patio en dirección al muro. Robert Beaudysin se acercó y se agachó para observarlas. Parecía que no hubiera pasado el tiempo. Generaciones de hombres rojos lo observaban. Como tantas veces antes de él, un hombre con sangre indígena en las venas se agachaba sobre la tierra para observar unas huellas.
«Solo puedo decirte que el perro estaba aterrorizado.»
Volvieron a su mente las palabras de Jim Mackenzie, mientras sentía que los pelos de los brazos y la nuca se le erizaban electrizados. Se encontraba allí, bajo el sol de la tarde, en plena civilización, y sin embargo no conseguía eludir una sensación de frío que llegaba directamente del oscuro arcano que desde siempre asustaba a todos los seres humanos.
Lo que tenía delante eran las huellas de las pisadas de un hombre adulto, descalzo. Huellas claras, precisas, de contornos bien definidos. Solo que en lugar de ser cóncavas y estar hundidas en la tierra, sobresalían. En la óptica invertida del contrasentido, destacaban absurdamente en relieve, hacia arriba, como si alguien hubiera caminado por aquel patio de tierra apisonada desde la parte sepulta del mundo.
19
Jim esperó más de una hora y media antes de poder ver a Robert aquella mañana.
Después de que se marcharan April y Seymour, entró en la comisaría de policía y se dirigió a la muchacha de paisano sentada en la recepción. Le ofreció gafas, no ojos. Recibió a cambio una cortés pero distraída eficacia, lo máximo que Jim podía agradecer en aquel momento. Tras una rápida consulta telefónica, la muchacha le indicó que tomara asiento y aguardara en la sala de espera. Enseguida iría alguien a atenderlo.
Permaneció solo todo el rato, sentado en una silla de plástico. Aquella espera encerraba en cierto sentido algo de milagroso, por ser justo lo que necesitaba su estupor. Una pausa tan ansiada como agua en el desierto, para detenerse un instante a rehacer cuentas que se obstinaban en arrojar resultados erróneos.
En pocas horas, su vida se había trastornado. Experimentaba la sensación sofocante de gesticular bajo el agua, en la más profunda oscuridad, sin el consuelo de poder seguir las burbujas para emerger a la superficie. El regreso a su pueblo natal había desintegrado todo lo que durante años había considerado certezas. Hay enfrentamientos que la vida no promete evitar, sino, a lo sumo, postergar. Así, las personas que habían formado parte de su vida pasada llegaban ahora una a una a reclamar su lugar en el presente.
El encuentro con April lo había perturbado y, cuando menos se lo esperaba, lo enfrentaba a la figura desconocida de la inquietud. El encuentro con Alan lo había hecho sentirse un cobarde sin perdón. El encuentro con Swan le había confirmado que todos estaban solos en sus disfraces y en sus noches insomnes.
Pero el encuentro con Seymour le había dejado una angustia que parecía la suma de todas las malas sensaciones que jamás había experimentado en su vida.
Lo embargó la certeza de haber atravesado su existencia a tientas, sin comprender nada de lo que sucedía en torno a él, tan seguro de su interpretación como para excluir de la manera más absoluta que podía haber otras, no solo más probables sino más posibles.
Jim Mackenzie había estudiado, había viajado, pilotaba helicópteros.
¿Tirar de una palanca y subir a lo alto era en verdad una pasión, o solo un modo más actual de huir?
Si temía la respuesta, la pregunta le causaba verdadero terror.
Tan inmerso se hallaba en sus pensamientos que casi no se dio cuenta de la agitación que de repente conmocionó la tranquilidad de la comisaría. Con un trasfondo de agentes alterados, la figura de Robert Beaudysin surgió en el umbral. Tenía una arruga de enfado en la frente, y la cara de alguien que acaba de ver algo que ningún ser humano debería ver jamás.
Jim se dispuso a levantarse de la silla, pero el detective lo atajó con un ademán.
– Discúlpame, Jim. Tenemos problemas. Espérame aquí, por favor. Apenas esté libre te atenderé.
Jim no tuvo tiempo siquiera para completar el gesto de aceptación antes de que Robert desapareciera. Se preguntó qué piedra habría caído en el agua de ese estanque capaz de provocar semejante revolución.