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Sin Retorno

Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:

En 1972, tres adolescentes blancos -Alex, Billy y Pete- decidieron meterse en un barrio marginal de Washington. Esa incursión cambió la vida de seis personas: a causa del enfrentamiento con tres chicos negros, Billy resultó muerto y Alex seriamente herido.
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
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– Voy a hacerte una pregunta -dijo Baker.

– Muy bien.

– ¿Estás contento con este sitio, con todas estas cosas que tienes aquí?

– No me quejo.

– Pero podría irte mejor.

– Claro. Ya lo tengo pensado.

– ¿Y cómo vas a conseguirlo?

– Aumentando el negocio, supongo.

– ¿De qué modo?

Kruger tenía la boca abierta en un gesto de idiota.

– Yo te lo voy a decir -dijo Baker-. Ese tal Dominique, el que os vende la mierda. ¿Le tienes respeto? ¿Es de esos tipos de los que uno recibe órdenes y además los admira?

– No mucho.

– Yo tampoco lo admiraría. Te juro que no entiendo por qué le consientes que te hable como te habla. Tú eres más listo que él y más fuerte. ¿Que no, Cody?

– Sí.

– Pues voy a decirte lo que vamos a hacer: vamos a hacer una visita a ese cabrón hijo de puta. Vamos a decirle cómo van a ser las cosas de ahora en adelante. A lo mejor nos llevamos un poco de mierda a cuenta, para modificar las condiciones de la relación. ¿Qué te parece eso?

– No sé.

– No sabes. ¿Qué eres, Cody?

– Soy un hombre.

– Exacto. Eso lo ve cualquiera. Llega un momento en que un hombre tiene que decidir quién es. O te pasas toda la vida siendo un siervo o te pasas al otro bando. Lo que quiero preguntarte es si vas a ser el siervo de mamones como Dominique o estás dispuesto a ser un rey.

Baker vio que se encendía una luz en los ojos apagados de Kruger.

– Pero ¿qué pasa con Deon? -preguntó Kruger.

– Que se joda, tío. Deon no tiene ambición, pero tú sí.

Kruger se puso de pie sacando pecho.

– Ve a buscar tu pipa -dijo Baker-. Nos va a hacer falta.

Kruger regresó con una Glock 17, la pistola de la policía que codiciaban muchos jóvenes de Washington que fantaseaban con ser forajidos. Las armas de fuego eran fáciles de conseguir para los que preguntaban por ellas. Ésta había sido adquirida a cambio de droga en una tienda ubicada en el 29 Sur, entre Manassas y Culpeper, en Virginia. Y después le había sido vendida a Kruger.

– A ver, que yo la vea -dijo Baker al tiempo que cogía la Glock en la mano. Examinó los números de serie para cerciorarse de que Kruger no los hubiera borrado. Si los relacionaban con un arma que tenía los números borrados, les caerían más años. Le devolvió la pistola a Kruger, y éste se la guardó.

– Si alguna vez necesitas mi pistola -dijo Kruger-, la guardo en el cajón de mi cómoda, debajo de los calzoncillos.

Baker echó una mirada a Kruger, que llevaba la capucha de la sudadera echada sobre la cabeza, como había visto en los vídeos. Alargó la mano y tiró de la capucha hacia abajo.

– No querrás ir llamando la atención, ¿no?

– No, señor Charles.

– Dijiste que sabías dónde vive Dominique.

– Así es.

Baker indicó la puerta de la calle con un gesto de la barbilla, y ambos salieron del apartamento.

James Monroe, apoyado en un trapo extendido sobre el borde de la aleta delantera del Monte Cario, desatornillaba la palomilla del filtro del aire. La depositó sobre la cubierta del filtro para saber dónde encontrarla después, extrajo el filtro y lo dejó a un lado sin desconectarlo del manguito. El carburador del viejo Chevy quedó a la vista y al alcance de la mano para cualquier reparación.

– ¿Qué estás haciendo ahora, James? -dijo Raymond.

– Voy a ajustar la mezcla de aire y combustible.

– ¿Ya has revisado las bujías y los cables?

– ¿Qué crees tú? El ajuste del carburador es lo último que se hace. Llevo treinta y tantos años repitiéndotelo.

– James se encarga del mantenimiento de mi Pontiac -explicó Raymond a Alex-. A cambio, yo le hago el mantenimiento de la cadera.

– Pero con mi cadera no lo haces tan bien como yo con tu vehículo.

– Este taller no es precisamente el mejor sitio para una persona que tiene un problema de cadera. Para empezar, pasas demasiado tiempo de pie. Y por otra parte, Gavin debería poner calefacción.

– Tengo ese calefactor de ahí-dijo James refiriéndose a un pequeño aparato, en aquel momento apagado, que había junto al banco de trabajo, en la parte posterior del taller.

– A poco que te interesara, lo tendrías encendido.

– De todas formas ya falta poco para el verano.

– Pero todavía no ha llegado.

Alex y Raymond estaban de pie, porque allí dentro no había espacio para poner sillas. Alex tenía en la mano una lata de cerveza. Ya había oscurecido, y con ello había llegado el frío de las noches de D.C. Estaban a mediados de la primavera, pero por la noche las temperaturas siempre descendían hasta alrededor de los cinco grados. Alex se había equivocado al no coger una cazadora; tenía frío y se sentía un poco mareado. James había encendido el motor del Chevy, y el olor del tubo de escape resultaba nauseabundo. Alex no sabía cómo podía soportar James trabajar en aquel lugar tan atestado y tan insalubre.

Alex se acercó un poco más al coche. Observó que James conectaba un medidor de vacío a la boquilla de entrada. Tenía las manos ásperas y encallecidas, y una tirita enrollada en el dedo índice de una de ellas.

– ¿Viste anoche el partido de los Wizards? -preguntó James.

– Los partidos de la costa oeste los transmiten demasiado tarde para mí -contestó Raymond-. Pero algo he leído en el periódico. Gilbert tenía cuarenta y dos. Los SuperSonics estuvieron a punto de remontar gracias a Chris Wilcox.

– Ya, pero Agent Zero dio el golpe mortal con dos segundos en el reloj. Cuando Carón Butler se recupere de la lesión, van a arrasar en las eliminatorias. Porque cuando se duplique la defensa con Gilbert, tendréis otras dos armas, Carón y Antawn, en el perímetro, listos para marcar.

– No van a poder arrasar tanto sin un pivot -dijo Raymond.

– Michael Jordán no necesitó un pivot especial para convertir en campeones a los Bulls. -Gilbert no es Michael.

– Pásame ese cabeza plana de diez pulgadas, Ray. Está encima del banco.

Raymond fue hasta el banco de herramientas y cogió un destornillador de vástago largo y hoja achatada provisto de un mango de vinilo. James lo tomó y encajó la punta del mismo en la ranura de uno de los dos tornillos que había en la cara inferior del carburador. A continuación giró el tornillo en el sentido horario hasta que quedó apretado.

– Para ganar un campeonato se necesitan cinco jugadores de lo mejorcito -prosiguió Raymond, empeñado en dar a conocer su opinión.

– No siempre -replicó James a la vez que pasaba al segundo tornillo y lo apretaba del mismo modo que el primero-. Claro que también estuvo el antiguo equipo de los Knicks, así que siempre hay alguna excepción. Los cinco mejores jugadores de la historia pertenecen al baloncesto profesional.

– Clyde Frazier y Earl Monroe -dijo Raymond-. Dos suplentes de lujo

– Willis Reed -dijo James, al tiempo que volvía a introducir el destornillador en la ranura del primer tornillo-. Dave DeBusschere.

– Bill Bradley -intervino Alex.

– El de Princeton -dijo James sin apartar la vista de la tarea-. Tenía un buen lanzador en suspensión desde la esquina.

– Pero la clave era Frazier -dijo Raymond-. Ganó el anillo teniendo a su lado a Dick Barnett. No necesitó a Earl.

– ¿Y qué me dices de las eliminatorias del setenta y tres contra los Lakers?-dijo James-. Ahí sí que se vieron auténticos milagros.

– Por favor -protestó Raymond-, Clyde hizo un contraataque en el que literalmente se merendó el balón. Lo sabes perfectamente.

– Si tú lo dices -respondió James, y empezó a aflojar de nuevo los tornillos del carburador.

– Mi hermano y yo llevamos toda la vida con esta discusión-dijo Raymond, sonriendo para sí. Alex vio que su sonrisa se esfumaba cuando oyó unos pasos.

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