Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
1 ... 41 42 43 44 45 46 47 48 49 ... 189
Перейти на страницу:

Pero si el rango de Jellison le impresionó, Mason no mostró señal alguna de ello. Esperó mientras otro oficial traía el equipaje del senador y lo cargaba en el jeep. Avanzaron por la pista, pasando junto a los aviones especialmente equipados. Eran tres en total, y uno de ellos siempre estaba en el aire. Transportaban a las jerarquías y el personal del Mando Aéreo Estratégico.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, los cuarteles generales del Mando Aéreo Estratégico se emplazaron en Omaha, en el centro del país. El centro de mando ocupaba cuatro plantas subterráneas, reforzadas con hormigón y acero. El centro, conocido como el agujero, había sido diseñado para resistirlo todo, pero eso fue antes de que existieran los misiles balísticos intercontinentales y las bombas de hidrógeno. Ahora ya nadie podía hacerse ilusiones. En caso de bombardeo nuclear, el agujero estaba condenado. Eso no impediría que el Mando Aéreo Estratégico controlara sus fuerzas, puesto que los aviones especialmente equipados no podían ser derribados. Sólo sus pilotos sabían dónde se encontraban.

Mason acompañó al senador al interior del gran edificio de ladrillo, hasta el despacho del general Bambridge. La estancia tenía un aire anticuado. Los muebles de madera, la mayoría tapizados en cuero, eran antiguos, lo mismo que el enorme escritorio. Las paredes estaban forradas con estantes que contenían maquetas de los aviones de la Fuerza Aérea: cazas de la Segunda Guerra Mundial, un voluminoso B-36 con su mezcla de hélices y reactores, un B-52 y toda clase de proyectiles que, junto con los teléfonos, constituían los únicos rasgos modernos.

Sobre la mesa había tres teléfonos, uno negro, otro rojo y otro dorado. En una mesita cercana descansaba una caja portátil que contenía un teléfono rojo y otro dorado, y que el general Bambridge se llevaba consigo en toda ocasión: en su coche, en su casa, en su dormitorio, en el lavabo... Nunca se alejaba más de cuatro pasos del teléfono dorado. Era una servidumbre de su cargo como comandante en jefe del Mando Aéreo Estratégico. El teléfono dorado le ponía en contacto con el presidente de la nación. El rojo comunicaba con el centro subterráneo de control, y podía desencadenar una potencia de fuego superior a la que habían empleado todos los ejércitos en la historia.

El general Thomas Bambridge hizo una seña al senador Jellison para que se sentara cerca del gran ventanal que daba a la pista, y tomó asiento frente a él. Bambridge no permanecía tras su escritorio para hablar con la gente, a menos que algo estuviera mal. Se contaba que en cierta ocasión un comandante se desmayó tras permanecer cinco minutos ante la mesa de trabajo de Bambridge.

—¿Qué diablos te ha hecho venir en persona? —preguntó Bambridge—. ¿No podíamos hablar por teléfono?

—¿Son totalmente seguros tus teléfonos? —replicó Jellison.

Bambridge se encogió de hombros.

—Son tan buenos como podemos hacerlos...

—Tal vez los tuyos sean seguros —dijo Jellison—. Dispones de personal propio que los revisa. Yo estoy convencido de que los míos no lo son. El motivo oficial de esta visita es el que te dije: necesito ayuda para la solicitud de presupuestos.

—Claro. ¿Te apetece una copa?

—Tomaré un whisky, si tienes aquí.

—Muy bien. —Bambridge sacó una botella y vasos del armario situado detrás de su escritorio—. ¿Un cigarro? Te gustará.

—¿Es habano? —preguntó Jellison.

Bambridge volvió a encogerse de hombros.

—Los chicos los consiguen en Canadá. Nunca me he acostumbrado a los cigarros de este país. Los cubanos puede que sean unos bastardos, pero nadie puede negar que saben preparar el tabaco. —Depositó la botella de whisky sobre la mesita y sirvió dos vasos—. Bueno, ¿de qué se trata?

—Del Martillo —dijo Jellison.

El rostro del general Bambridge permaneció impasible.

—¿Qué ocurre con él?

—Se está acercando mucho.

Bambridge asintió.

—Nosotros también tenemos buenos matemáticos y computadoras, ¿sabes?

—¿Y qué pensáis hacer?

—Nada. Es una orden del presidente. —Señaló el teléfono dorado—. No va a suceder nada, y no debemos alarmar a los rusos. —Bambridge hizo una mueca—. No debemos alarmar a los bastardos. Están matando a nuestros amigos en África, pero no hemos de molestarlos porque eso podría hacer peligrar nuestra amistad.

—El mundo es duro —comentó Jellison.

—Desde luego. Bueno, ¿qué es lo que quieres?

—Tom, esa cosa se aproxima demasiado. No creo que el presidente comprenda lo que eso significa.

Bambridge se quitó el cigarro de la boca e inspeccionó el extremo mascado.

—El presidente no se interesa mucho por nosotros. Eso es bueno, porque así el Mando Aéreo Estratégico puede funcionar sin interferencias. Pero bueno o malo, él es el presidente, es decir, mi comandante en jefe, y yo tengo algunas ideas curiosas, por ejemplo, la de que debo obedecer las órdenes.

—Tú has prestado juramento a la Constitución —dijo Jellison—. Has pasado por West Point, ¿no? Recuerda la trilogía: deber, honor, país, por ese orden.

—¿Y qué?

—Tom, ese cometa se nos echa encima, de veras. Me han dicho que invalidará todos tus sistemas preventivos de radar.

—A mí también me lo han dicho —dijo Bambridge—. Art, no quiero parecer sarcástico, pero ¿no te parece que están tratando de enseñar a tu abuela cómo se bebe un huevo? —Fue a su escritorio y volvió con un expediente de cubiertas rojas—. Veremos cómo es un ataque supuesto y no podremos ver uno verdadero... si se produce. Claro, el día que los rusos vean que tienen todas las de ganar nos atacarán, pero según los servicios de inteligencia, por allá las cosas están ahora muy tranquilas. —Bambridge hojeó de nuevo el documento—. Naturalmente, si no podemos verles venir, ellos no podrían vernos tampoco...

—¿Pero qué estás diciendo?

—Bueno, no pueden someterme a un consejo de guerra sólo por pensar.

—Esto es serio, Tom. No creo que los rusos vayan a iniciar algo, mientras el cometa sólo pase cerca, pero...

Bambridge ladeó la cabeza.

—¡Por Dios, mis técnicos no me han dicho que fuera a chocar con nosotros!

—Ni los míos tampoco —dijo Jellison—. Pero ahora las posibilidades de que no suceda son de centenares contra una. Antes fueron miles de millones, luego millares y ahora sólo centenares. Es para asustarse un poco.

—Lo es, desde luego. ¿Qué crees que debo hacer? El presidente me ordenó que no me pusiera en estado de alerta.

—No puede darte esa orden. Tu cargo te autoriza a tomar toda medida necesaria para proteger a tus fuerzas. Todo menos el ataque nuclear.

Bambridge miró por la ventana. El avión especial KC-135 estaba despegando para cumplir con su misión rutinaria.

—Me pides que desafíe una orden directa del presidente.

—Sí, pero si lo haces tendrás amigos en el Congreso. Podrías perder tu cargo, pero eso sería todo. —El tono de Jellison era bajo y apremiante—. Tom, ¿crees que me gusta esto? Dudo de que ese condenado cometa choque con la Tierra, pero si lo hace y no estamos preparados... Dios sabe lo que ocurrirá.

—Sí, es cierto. —Bambridge trató de imaginarlo—. Si un asteroide cayera en alguna zona remota de la Unión Soviética, ¿no creerían que era un ataque solapado de Estados Unidos? ¿Y si no era en una zona remota sino en el mismo Moscú? Pero si entramos en estado de alerta, ellos lo sabrán, y tendrán muchas más razones para creer que lo hemos hecho.

—Claro, pero ¿y si nosotros no hemos declarado la alerta y ellos consideran esta circunstancia como una estupenda oportunidad? Si cae el Martillo, Tom, Washington puede desaparecer. Washington, Nueva York y la mayor parte de la costa oriental.

—Maldición. No faltaría más que encima de todo eso tuviéramos una guerra —dijo Bambridge—. Si el Martillo golpea realmente, ya habrá suficiente desastre en el mundo sin necesidad de añadir la catástrofe nuclear. Pero si nos golpea a nosotros y no a ellos, querrán rematar el trabajo. Es lo que yo haría en su caso.

1 ... 41 42 43 44 45 46 47 48 49 ... 189
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)