El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
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—Pero tú no...
—No desde este despacho —le interrumpió Bambridge—. Ni siquiera si recibo unas órdenes que, gracias a Dios, nunca recibiré. —El general miró las maquetas de proyectiles en su estante—. Mira, lo que puedo hacer es vigilar que mi personal esté en su sitio. Que mis hombres clave estén alerta en sus agujeros mientras yo lo dirijo todo desde el avión especial. ¿Pero cómo puedo distinguir el choque de un meteoro de un ataque nuclear?
—Creo que lo distinguirás —dijo Jellison.
Afuera se extendían la noche y la inmensidad del espacio. Dentro de la cápsula Apolo Rick Delanty estaba tendido en el breve lecho. Tenía los ojos fuertemente cerrados, el cuerpo rígido y los puños apretados.
—Sí, de acuerdo, me encuentro mal desde que partimos, pero no se lo digas a Houston. De todos modos no podrían hacer nada.
—Pero si no comes vas a morirte de hambre —le dijo Baker—. No te lo tomes así. Todo el mundo tiene trastornos cuando viaja al espacio.
—Pero no durante toda una semana.
—MacAlliard estuvo mal toda la misión. No tanto como tú, pero él tenía ayuda. Voy a buscar a la doctora Malik.
—¡No!
—Sí. No tenemos tiempo para satisfacer el orgullo masculino.
—No se trata de eso, y tú lo sabes —dijo el acongojado Delanty—. Informará de lo que ocurre y...
—Y nada. No vamos a detener esta misión sólo porque tienes las tripas revueltas.
—¿Estás seguro?
—Sí. No pueden cancelarla a menos que yo lo diga. Y no voy a decirlo, a menos que...
—No hablemos más. Dios mío, Johnny, si esto fracasa por mi culpa... Diablos, ojalá hubieran elegido a otro en mi lugar. Entonces no importaría tanto. Pero yo tengo que seguir.
—¿Por qué? —preguntó Baker.
—Porque soy...
—¿Un caballero de color?
—Un negro. —Rick trató de sonreír—. De acuerdo, haz que venga la doctora. Algo ayudará.
—Lo mejor que puedes hacer es mantener los ojos cerrados.
—Ya lo hago, hago todo lo que puedo —dijo Delanty en tono amargo—. Yo, el gran Rick, con la enfermedad del espacio. Es absurdo.
Se dio cuenta de que Baker había salido y nerviosamente empezó a abrocharse la bragueta.
Vestía una especie de calzones largos de lana, lo más apropiado para llevar bajo el traje espacial. Era una prenda muy práctica, pero Rick Delanty no podía ocultar del todo su nerviosismo. No estaba acostumbrado a que las mujeres le vieran en paños menores, sobre todo las mujeres blancas.
Cuando Leonilla entró en la cápsula preguntó por qué no habían informado de lo que le ocurría a Rick. Su voz era áspera, totalmente profesional, y Rick se sintió algo intimidado. La prenda interior de cuerpo entero que vestía Rick tenía unos engarces. Leonilla tomó uno de ellos en un termómetro eléctrico. Introdujo el otro extremo del engarce en el ano de Rick Delanty.
—¿No ha comido nada? —preguntó Leonilla, mientras leía el termómetro y tomaba nota.
—Lo vomito todo.
—Por eso está deshidratado. Primero probaremos con estas cápsulas. Másquela. No, no se la trague, másquela.
Rick obedeció.
—Cielo santo, ¿qué es esto? Es lo más asqueroso...
—Ahora tráguela por favor. Dentro de dos minutos probaremos con un líquido nutritivo. Necesita hidratación y alimento. ¿Tiene la costumbre de no informar cuando está enfermo?
—No. Creí que no sería nada.
—En toda misión espacial aproximadamente un tercio del personal ha experimentado trastornos espaciales entre suaves y agudos. La probabilidad de que a uno de nosotros le sucediera era muy alta. Ahora beba esto lentamente.
Rick bebió. Era un líquido espeso que sabía a naranja.
—No está mal.
—Se basa en el Tang americano —dijo Leonilla—. He añadido azúcares de fruta y una solución vitaminada. ¿Cómo se siente? No, no me mire. Es importante que no lo vomite. Mantenga los ojos cerrados.
—Así no me siento muy mal.
—Estupendo.
—¡Pero no sirvo para nada con los ojos cerrados! Y tengo que...
—Tiene que rehidratarse y seguir vivo, para que el resto de nosotros podamos continuar.
Delanty notó algo frío en el antebrazo.
—¿Qué...?
—Una inyección para que duerma. Relájese. Ya está. Dormirá varias horas. Durante ese tiempo le suministraré suero. Luego, cuando despierte, podemos probar otros fármacos. Buenas noches.
La doctora regresó al compartimiento principal del laboratorio del Martillo. Ahora había espacio en el centro, pues el equipo había sido colocado en lugares apropiados, y muchos de los paquetes habían sido lanzados al espacio.
—¿Cómo está? —preguntó John Baker. Pieter Jakov hizo la misma pregunta en ruso.
—Mal —dijo ella—. Creo que ha carecido de agua en su organismo al menos durante veinticuatro horas, tal vez más. Tiene treinta y ocho grados y ocho décimas de temperatura. Está muy deshidratado.
—¿Qué podemos hacer? —inquirió Baker.
—Creo que las medicinas que le he dado le ayudarán a conservar el líquido. Ha bebido casi un litro, sin mostrar síntomas negativos. ¿Por qué no nos lo dijo antes?
—Diablos, es el primer negro que ha ido al espacio, y no quiere ser el último —dijo Baker.
—¿Cree acaso que es el único que se siente presionado para tener éxito? —preguntó Leonilla—. Es el primer negro en el espacio, pero las diferencias fisiológicas entre razas son pequeñas comparadas a las que hay entre sexos. Yo soy la segunda mujer en el espacio, y la primera falló...
—Ya es hora de hacer más observaciones —dijo Pieter Jakov—. Ayúdame, Leonilla. ¿O debes atender a tu paciente?
Aunque el equipo estaba adecuadamente distribuido, seguía habiendo muy poco espacio en el laboratorio del Martillo. Los astronautas se habían esforzado para conseguir alguna intimidad: Delanty en el Apolo y Leonilla Malik en el Soyuz. Baker y Jakov se turnaban en la observación y, en los breves momentos que dedicaban al sueño, lo hacían en el laboratorio. Como tres tenían que hacer el trabajo de cuatro, no había mucho tiempo para dormir.
Y el cometa Hamner-Brown se acercaba, con la cola por delante, directamente hacia ellos. El tenue gas que desprendía ya estaba envolviendo a la Tierra, la Luna y el laboratorio espacial. Los astronautas realizaban observaciones visuales a cada hora, y cada día salían al exterior para recoger muestras de nada: envasaban el tenue vacío espacial para llevarlo a la Tierra, donde instrumentos muy sensibles podrían descubrir unas pocas moléculas de la cola de un cometa.
Al principio había poco que ver. Sólo en la dirección del cometa era evidente que la cola se extendía por el espacio para abarcar centenares de millares de kilómetros. Pero más tarde, a medida que se acercaba, podían verlo en cualquier dirección que mirasen.
Cuando no contemplaban el cometa podían hacer observaciones del Sol. Y si aún disponían de algún tiempo podían dedicarlo a otros varios experimentos, cristalográficos o de investigación de gases. Su jornada era muy apretada.
Tenían la intimidad imprescindible. Por mutuo acuerdo, el ingenio espacial había sido diseñado de manera que los dispositivos que hacían las veces de lavabo estaban en la nave espacial y no en la cápsula del laboratorio. Para Baker y Delanty el sistema era muy sencillo: un tubo que se colocaba en su órgano viril, con un depósito para orinar. El contenido fluía.
En una ocasión, mientras Baker utilizaba el sistema, notó que Delanty le miraba.