Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
1 ... 40 41 42 43 44 45 46 47 48 ... 189
Перейти на страницу:

—Sí.

—Oye, tienes un mapa de carreteras de California, ¿verdad?

Mark estaba seguro de que lo tenía, y empezó a buscarlo.

—Creo que utilizaría la misma moto con la que fui a México. La Honda grande de cuatro tiempos. No cuesta mucho conseguir recambios. —Frank comenzó a considerar mentalmente las posibilidades, tomándose su tiempo. Conocía a Joanna y Mark desde hacía largo tiempo. No era necesario que hablaran sólo para evitar las pausas de silencio, aunque Mark tendía a hacerlo—. Hay que pensar en los alborotos y motines. La lluvia, las mareas y los terremotos arrasarán todos los servicios, incluida la policía. Creo que necesitaré gasolina y piezas de recambio escondidas fuera de la ciudad, en algún lugar donde nadie pueda robarlas.

—¿Y armas?

—Traje un recuerdo de Vietnam. Lo registraron como perdida.

—Yo también. —Mark dejó de buscar sobre el mapa—. Necesitaremos un sifón. Durante algún tiempo encontraremos coches abandonados.

—Yo siempre llevo un sifón.

—Oye, ¿por qué no nos reunimos más o menos en el momento en que se supone que pasará el cometa?

Frank no respondió de inmediato. Joanna lo hizo por él.

—Aunque no suceda nada, contemplar el cometa sería un gran espectáculo. Tal vez Lilith también querría venir.

Frank Stoner siguió en silencio, pensativo. No hacía promesas a la ligera, y el cometa empezaba a ser algo real para él. Mark sabía pelear, pero no siempre era capaz de hacer lo que aseguraba que podía hacer, tendía a abandonar las cosas y, además, tenía aquel vientre prominente de bebedor de cerveza. Para Frank, aquel vientre era una muestra de dejadez personal. Sin embargo...

—Sí. De acuerdo. Pero no nos reuniremos aquí. La noche anterior cogeremos los sacos de dormir y nos iremos al Mulholland.

Mark alzó su taza de sake.

—Estupendo. Haría falta un inmenso maremoto para alcanzar esa altura. Y si fuera necesario, podríamos viajar a campo traviesa.

Frank estaba preocupado por Joanna. No creía que Mark pudiera protegerla. Y Joanna, con su entrenamiento en artes marciales y el dominio de sí misma que le proporcionaba su pertenencia al movimiento de liberación femenina, probablemente pensaba que podía protegerse a sí misma.

Eileen tardó casi medio minuto en darse cuenta de que el señor Corrigan estaba sentado al borde de su mesa, observándola. Permanecía erguida en su asiento, con los dedos inmóviles sobre el teclado de la máquina y la mirada, al parecer, perdida... Y entonces descubrió a Corrigan en primer plano.

—¡Ah! —exclamó.

—Hola, soy yo —dijo Corrigan—. ¿Le importa que hablemos de ello?

—No lo sé, jefe.

—Hace cosa de un mes habría jurado que estaba enamorada. Tenía aquella mirada tierna, y a veces estaba muerta de cansancio pero sonriente. Pensé que descendería su eficiencia, pero no fue así.

—Estaba enamorada —declaró ella, sonriente—. Se llama Tim Hamner y es riquísimo. Quiere casarse conmigo. Me lo dijo anoche.

—Vaya —dijo Corrigan, contrariado—. El punto esencial, desde luego, es saber si el negocio podrá seguir sin usted.

—Naturalmente, eso es lo primero en lo que pensé —dijo Eileen, pero con un dejo reflexivo que Corrigan no supo a ciencia cierta cómo tomar.

—Riesgos del oficio. ¿Y usted le quiere?

—Oh... sí. Pero... está chalado. Ya he tomado una decisión, aunque no me gusta.

Se puso a escribir a máquina con una ferocidad que hizo que Corrigan volviera a su despacho.

Llamó a Tim tres veces antes de encontrarle en casa.

—Tim, lo siento pero la respuesta es no —fueron sus primeras palabras.

Hubo una larga pausa.

—De acuerdo, pero ¿puedes decirme por qué?

—Lo intentaré. Es... Todo lo que he estado haciendo parecería estúpido.

—No veo por qué.

—Poco antes de que nos conociéramos me nombraron ayudante del director general en Suministros para instalaciones sanitarias Corrigan.

—Ya me lo dijiste. Escucha, si temes perder tu independencia, pondré digamos cien mil dólares en tu cuenta y serás tan independiente como cualquiera.

—Sabía que dirías algo así, pero... esa no es la cuestión. Se trata de mí. Cambiaría más de lo que deseo. He llegado a ser lo que soy por mis propios medios, y quiero seguir orgullosa del resultado.

—¿Quieres conservar tu puesto de trabajo? —A Frank la idea le pareció algo absurda, pero de todos modos dijo—: De acuerdo.

Eileen se imaginó llegando todas las mañanas a la oficina en un lujoso automóvil con chofer, y se echó a reír.

Colleen leía una novela. Tenía el cabello lleno de rulos. Había encendido el tocadiscos y a veces seguía el ritmo de la música golpeando con los dedos sobre la mesita al lado de la tumbona.

Fred se preguntó qué estaría escuchando. Sabía lo que estaba leyendo. No podía ver el título, pero la ilustración de la cubierta era una mujer con vestido largo y vaporoso en primer término, y un castillo en el fondo, con una ventana iluminada. Todas las novelas románticas eran iguales.

No le importaban los rulos. Le sentaban bien a Colleen.

La mitad del placer consistía en la espera. Pronto, muy pronto se conocerían.

A veces el sentimiento de culpabilidad era abrumador. Entonces Fred Lauren sentía la loca tentación de destruir su telescopio, de destruirse a sí mismo antes de que pudiera herir a Colleen. Pero aquello era realmente una locura. Dentro de un mes y una semana, habría muerto de todos modos. Y ella también. Cualquier daño que le hiciera sería transitorio, y lo habría hecho por amor.

Por amor. Fred suspiró por la muchacha que veía a través del telescopio. Movía suavemente las ruedecillas que controlaban la imagen, y los dedos le temblaban. Era pronto, demasiado pronto.

JUNIO: DOS

¡General, usted no tiene un plan de guerra! ¡Todo lo que usted tiene es una especie de horrible convulsión!

Secretario de Defensa Robert S. McNamara, 1961

La política de los Estados Unidos continúa sin variación. En cuanto se confirme que se ha producido un ataque nuclear a esta nación, nuestras fuerzas estratégicas infligirán un daño irreparable al enemigo.

Portavoz del Pentágono, 1975

El sargento Mason Jefferson Lawton pertenecía al Mando Estratégico de la Fuerza Aérea y estaba orgulloso de ello. Estaba orgulloso del arrugado traje de faena, del pañuelo azul al cuello y los guantes blancos. Estaba orgulloso del revólver de calibre 38 que llevaba a la cadera.

Caía la tarde en Omaha. El día había sido caluroso. Mason consultó de nuevo su reloj, y en el mismo momento en que lo hacía el KC-135 apareció en el cielo y aterrizó. Se detuvo en el área de descarga donde Mason esperaba. El primer hombre que descendió era un coronel destinado permanentemente en Offutt. Mason le reconoció. El hombre siguiente respondía a la foto que le había proporcionado el departamento de Seguridad. Los dos se acercaron al jeep del sargento.

—¿El documento de identidad, por favor? —pidió Mason.

El coronel exhibió el suyo sin decir una palabra. El senador Jellison frunció el ceño.

—He venido en el avión del general, con su propio coronel...

—Sí, señor —dijo Mason—. Pero necesito ver su documento de identidad.

Jellison asintió, divertido. Sacó una cartera de piel y sonrió mientras el sargento leía atentamente el documento. La tarjeta mostraba que Jellison era teniente general en reserva de la Fuerza Aérea. El senador pensó que aquello impresionaría al muchacho.

1 ... 40 41 42 43 44 45 46 47 48 ... 189
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)