El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
– Entiendo. ¿Qué piensa usted hacer?
– No se preocupe, no voy a quedarme a contarles nada. Una cosa. Ellos saben que Gordon me pasó el informe de anoche. Estaba en la cabina telefónica de la cantina del ministerio cuando Ferguson lo detuvo.
– Comprendo.
– Prométame una cosa -dijo ella.
– ¿El qué?
– Hágalos volar a todos, por favor-el timbre de la puerta estaba sonando y ella concluyó-: Debo terminar. Buena suerte, Dillon.
En el instante de colgar entró Gordon Brown con el café y las tazas.
– ¿Han llamado?
– Sí, Gordon. Por favor, sé un encanto y ve a ver quién es, anda.
Él bajó y abrió la puerta. Tania respiró hondo. Morir no era difícil. La causa en que ella creía había sido siempre lo más importante de su vida. Aplastó la colilla del cigarrillo, abrió un cajón de su escritorio, sacó una pistola Makarov y se disparó un tiro en la sien derecha.
A mitad de la escalera Gordon Brown volvió corriendo sobre sus pasos e irrumpió en la habitación. Al verla caída junto al escritorio, con la pistola todavía en la derecha, exhaló un grito terrible y cayó de rodillas.
– ¡Tania, amor mío! -se lamentó.
Y cuando oyó el golpe de un objeto pesado contra la puerta, en la planta baja, supo lo que tenía que hacer. Quitó la Makarov de la mano del cadáver. Cuando la levantó, su propia mano temblaba. Respiró hondo tratando de serenarse y apretó el gatillo en el mismo instante en que la puerta de la entrada cedía y Lane y Mackie se precipitaban escaleras arriba, con Ferguson pisándoles los talones.
Al fondo de la calle se había formado el habitual grupito de curiosos. Dillon se unió a la gente, con el cuello levantado y las manos en los bolsillos. Empezaron a caer algunos copos de nieve cuando abrieron las puertas traseras de la ambulancia, y vio que metían dos camillas cubiertas con mantas. La ambulancia se alejó y Ferguson se quedó unos momentos de pie en la calle, hablando con Lane y Mackie. Dillon reconoció en seguida al brigadier, cuya foto le había sido mostrada hacía bastantes años. Evidentemente, sus dos interlocutores eran policías.
Al cabo de un rato, Ferguson se metió en su coche con chófer y se alejó, Mackie entró en la casa y Lane también se marchó. La estratagema era obvia; Mackie se quedaba en la vivienda por si aparecía alguien. Una cosa era segura: Tania había muerto y por lo visto también su amante; Dillon supo que gracias a este doble sacrificio podía considerarse a salvo.
Regresó al hotel y acto seguido llamó a París para hablar con Makeiev.
– Tengo malas noticias, Josef.
– ¿Tania?
– ¿Cómo lo sabes?
– Telefoneó. ¿Qué ha pasado?
– La descubrieron, o mejor dicho descubrieron al informador. Prefirió matarse, Josef, antes que dejarse prender. Una mujer muy entera.
– ¿Y el informador, el amigo de ella?
– Hizo lo mismo. He visto cómo se llevaban los cadáveres en una ambulancia. Ferguson estaba allí.
– ¿En qué sentido te afecta esto?
– En ninguno. A primera hora de la mañana me voy a Belfast, para cortar la única pista que podría llevarles hasta mí.
– ¿Y luego?
– Vais a quedar maravillados, Josef, tú y tu amigo árabe. ¿Qué te parecería el gabinete de Guerra británico al completo?
– ¡Santo Dios! ¿No lo dirás en serio?
– Desde luego que sí. Tendrás noticias muy pronto.
Colgó, se puso la americana y bajó al bar, silbando una cancioncilla.
Ferguson esperaba al coronel Yuri Gatov sentado en un reservado del bar, frente a la entrada de Kensington Park y la embajada soviética. El ruso, un hombre alto, de cabello blanco y abrigo de pelo de camello, se presentó dando muestras de agitación.
– No puedo creerlo, Charles. ¿Que ha muerto Tania Novikova? ¿Por qué?
– Mira, Yuri. Tú y yo nos conocemos desde hace más de veinticinco años. Hemos sido adversarios muchas veces, pero voy a concederte el beneficio de creer que realmente deseas el cambio y el final del conflicto Este-Oeste.
– ¡Pero si es así, y tú lo sabes!
– Por desgracia, no todos en el KGB están de acuerdo contigo, a lo que parece, y Tania Novikova era de ésos.
– Sí, es cierto que era partidaria de la línea dura, pero ¿qué estás diciéndome con eso, Charles?
De manera que Ferguson le contó lo de Dillon, el atentado fallido contra la señora Thatcher, lo de Gordon Brown, lo de Brosnan, todo. Gatov preguntó:
– Así ¿dices que ese disidente del IRA quiere atentar contra el primer ministro y que Tania andaba complicada en ello?
– Muy directamente complicada.
– Yo no sabía nada, Charles. Te lo juro.
– Y yo te creo, amigo, pero es preciso que existiera otro eslabón. Quiero decir que ella se las arregló para transmitir la información vital a París, donde estaba Dillon. Así fue como él supo lo de Brosnan y todo lo demás.
– París -dijo Gatov-. Se me ocurre una cosa. ¿Sabíais que ella estuvo tres años en París antes de ser destinada a Londres? ¿Y sabes quién es el jefe de la estación del KGB en París?
– Claro que sí, es Josef Makeiev -dijo Ferguson.
– Que no es muy partidario de Gorbachev, que digamos, sino muy de la vieja guardia.
– Lo cual explicaría muchas cosas -añadió Ferguson-. Pero nunca lograremos demostrarlo.
– Cierto -asintió Gatov-. Aunque voy a llamarle de todos modos, sólo para inquietarle un poco.
Makeiev no se había alejado mucho del teléfono, así que descolgó a la primera llamada.
– Makeiev al habla.
– ¿Josef? Soy Yuri Gatov. Te llamo desde Londres.
– Yuri. Qué sorpresa -dijo Makeiev, poniéndose inmediatamente en guardia.
– Tengo una noticia desagradable, Josef. Es sobre Tania, Tania Novikova.
– ¿Qué pasa con ella?
– Se ha suicidado esta tarde junto con un amante suyo, un funcionario del Ministerio de Defensa.
– Santo cielo -exclamó Makeiev procurando hablar en tono convincente.
– Le pasaba información reservada. Acabo de tener una reunión con Charles Ferguson, del Grupo Cuarto. ¿Conoces a Charles?
– Desde luego.
– Me pilló totalmente desprevenido. Debo decirte que yo no estaba al corriente de las actividades de Tania. Como ha trabajado para ti durante tres años, Josef, pensé que tú la conocerías mejor. ¿Se te ocurre alguna explicación?
– Ninguna, me temo.
– ¡Ah! Bien, si te enteras de algo no dejes de llamarme.
Makeiev se sirvió un escocés y se asomó a contemplar la helada que cubría las calles de París. En un instante de desvarío se le ocurrió llamar a Michael Aroun, pero luego se dijo que no serviría de nada. Y Tania había hablado con tanta certeza. Que iba a incendiar el mundo, ésas fueron sus palabras.
Alzó la copa.
– Brindo por ti, Dillon -dijo en voz baja-. A ver si eres capaz de conseguirlo.
Eran casi las once en el River Room del Savoy, y aunque la orquestina seguía tocando, Harry Flood, Brosnan y Mary estaban a punto de dar por terminada la espera cuando se presentó por fin Ferguson.
– Hoy sí necesito una copa y más que nunca. Que sea un escocés doble, por favor.
Flood llamó a un camarero y le transmitió la petición, mientras Mary preguntaba:
– ¿Qué diablos ha ocurrido?
Ferguson les hizo un rápido resumen de todos los acontecimientos del día y cuando hubo terminado, Brosnan comentó:
– Eso explica muchas cosas, pero lo más desagradable es que no adelantamos nada en cuanto a Dillon.
– He de subrayar un punto -le interrumpió Ferguson-. Cuando arresté a Brown en la cantina del ministerio, él hablaba por teléfono y tenía el informe en la mano. Creo probable que estuviese comunicándose con la Novikova en aquel momento.
– Ahora le entiendo -intervino Mary-. ¿Quiere decir que ella, a su vez, pudo transmitir esa información a Dillon?