El susurro del diablo
- Автор: Миябэ Миюки
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
Corrían mediados de diciembre. Las calles ya bullían de actividad. Las tiendas lucían la decoración de las fiestas de fin de año. La trompeta del Ejército de Salvación resonaba en cada esquina. Como cada año en esa época, las asociaciones de vecinos retomaron sus rondas nocturnas exhortando a los residentes a que extremaran la atención para detectar todo indicio de incendio. Durante sus largas noches en vela, Mamoru podía oír los intercambios de saludos de los distintos grupos cuando se encontraban durante sus patrullas.
– Este año nos tocan tres Días del Gallo [7], así que mejor no escatimar en precauciones -advirtió Yoriko. Con el fin de sensibilizar a la familia ante el riesgo de incendio, colocó pegatinas por toda la casa, habitación de Mamoru incluida. Aquella maldita pegatina atormentaba al chico que no podía evitar recordar la trágica muerte de Nobuhiko Hashimoto. Cada vez que la veía, le venía a la mente la imagen del archivador reducido a cenizas, el insoportable olor a quemado.
Llevaba días teniendo el mismo sueño. Empezaba con el siseo de un escape de gas. En cuanto reconocía el lugar donde se encontraba le sacudía un escalofrío. Se trataba de la casa de Hashimoto aunque, por algún capricho del sueño, esa casa y la de los Asano eran una misma. Distinguía la oscura silueta de Hashimoto, durmiendo. El teléfono sonaba. Una vez, dos veces, tres veces. Mamoru gritaba, le rogaba que no contestase. Pero Hashimoto se despertaba y descolgaba el teléfono. Entonces, había una explosión. Los cristales se hacían añicos y las llamas salían despedidas por las ventanas.
Mamoru se despertó. Siempre se despertaba en ese punto del sueño. Estaba empapado en sudor y curvado en una posición fetal, como si intentara protegerse de la onda expansiva de la explosión.
¿Y si se sinceraba con alguien? ¿Y si contaba toda la verdad sobre lo que le estaba sucediendo? Nadie lo creería. Lo tomarían por un loco, le aconsejarían que se tomase unas vacaciones. Se preguntaba si incluso él acabaría riéndose de sí mismo. No podía confiarse, tenía demasiado miedo de que cualquier persona a la que recurriese acabara muerta en cuestión de días. Quizás saltase desde una azotea o se arrojara al paso de un vehículo… Y, después, el teléfono sonaría: «Chico, has roto tu promesa…».
No, no podía contárselo a nadie. Y puesto que no podía hablar del tema, prefirió guardar silencio. A Maki no le hizo mucha gracia, y le preguntaba una y otra vez el motivo de su repentino mutismo. Yoichi Miyashita, que solía acercarse para charlar con él, siguió insistiendo unos pocos días, pero terminó cansándose del comportamiento de Mamoru. Anego dejó de preocuparse y empezó a actuar con despecho. Ni siquiera intercambiaba las palabras de siempre con Takano quien acababa de pedir el alta voluntaria para poder encargarse de la campaña de fin de año en la Sección de Libros de Laurel.
Una semana después de su primera visita, Koichi Yoshitake regresó, esta vez solo, para escuchar la respuesta de Taizo. Yoriko y su marido hablaron largo y tendido sobre el tema y, en una ocasión, también lo discutieron con Maki y Mamoru. Antes de tomar cualquier decisión, calcularon el dinero que necesitaban para vivir y consideraron lo difícil que le resultaría al viejo Taizo encontrar un nuevo trabajo. Shin Nippon acababa de inaugurar una nueva línea de servicios dedicada al alquiler de mobiliario, y lo que Yoshitake ofrecía a Taizo era un puesto en el departamento de expedición. Su tarea consistiría en preparar el cargamento de los camiones según las hojas de pedidos que le fuesen entregadas. Finalmente, Taizo decidió aceptar.
Yoshitake estaba encantado con la decisión.
Cuando lo oyó llegar, Maki se acercó de puntillas a la ventana para ver qué tipo de vehículo conducía. Soltó un silbido, impresionada.
– ¿Es de importación?
– No, no es un esnob. Leí un artículo sobre automóviles que él mismo escribió y en el que señalaba que los mejores coches del mundo son japoneses. Solo lo verás al volante de un coche de marca nacional.
La primera impresión de Mamoru fue que el tal Yoshitake era mucho más joven y saludable de lo que aparentaba en las fotografías de los periódicos. Lucía un intenso bronceado que resaltaba perfectamente bajo su camisa impoluta.
A la familia Asano le constaba y le afligía que su benefactor se hubiese visto inmerso en una complicada situación al testificar a favor de Taizo. Aquel asunto marcaría la vida del empresario, que tendría que soportar las burlas por siempre.
Mamoru y Maki no sabían muy bien qué expresión adoptar cuando Taizo los presentó como su hijo e hija. Al contrario, el invitado se comportó del modo más natural imaginable: elogió la comida que Yoriko se había tomado la molestia de preparar para recibirlo; expresó su satisfacción ante la decisión de Taizo; respondió con todo lujo de detalles a las preguntas de Maki sobre sus viajes de negocios al extranjero, las últimas tendencias en materia de moda o de diseño interior.
Maki escuchaba hechizada mientras él describía la primera vez que asistió a una subasta en el Sotheby's, donde se convirtió en el ganador de la puja por una preciosa pipa que la emperatriz viuda Cixi solía fumar en la Ciudad Prohibida, cuando la dinastía Qing estaba en declive. Era la primera vez que, desde el accidente de su padre, Maki se mostraba feliz y relajada.
– A la emperatriz viuda le perdían los lujos, ¿verdad?
– Eso dicen. Es probable que sus excesos fueran una de las razones por las que la dinastía Qing abdicó. Se comentaba que poseía dos mil vestidos. ¿Has visto alguna vez la película El último emperador?
– ¡Sí, es maravillosa!
Hacía unos meses que Maki había ido al cine acompañada por su primo, y Mamoru recordaba perfectamente que se había quedado dormida a mitad de la película. Supuso que era mejor no mencionar esa anécdota. Durante el tiempo que Yoshitake estuvo en casa, Mamoru tuvo la persistente impresión de que lo conocía de alguna otra parte. Pero ¿de dónde?
Antes de que se marchase, el chico se asomó por la ventana. ¡El coche! Ahora lo recordaba, era ese mismo coche de color gris plata en el que reparó la noche que fue al apartamento de Yoko Sugano. Sí, Yoshitake también estuvo allí, justo en el cruce donde se produjo el accidente.
Una vez que la familia se despidió y el invitado salió por la puerta, Mamoru lo siguió. Yoshitake buscaba la llave en el bolsillo.
«Incluso los ricos se olvidan de dónde han puesto las llaves», pensó.
En ese momento, Yoshitake reparó en él.
– Siento haberos entretenido tanto. ¿Me he dejado algo? -preguntó, lanzando una sonrisa bien ensayada y complaciente.
– ¿Le importa si le hago una pregunta algo extraña? -empezó Mamoru.
– ¿Qué tienes en mente?
– Señor Yoshitake, lo vi en la intersección donde la señorita Sugano fue atropellada. Fue el domingo después del accidente, a las dos o dos y media de la mañana.
Yoshitake miró al chico fijamente, con semblante grave. Por fin, su expresión pareció suavizarse, y de nuevo, brotó una sonrisa en sus labios.
– Supongo que me has pillado. ¿Cómo lo has sabido?
– Lo vi. Suelo salir a correr, y esa noche me acerqué hasta allí para ver el lugar del accidente.
– Entiendo. -Yoshitake se llevó la mano al bolsillo de la camisa, sacó un paquete de cigarrillos y encendió uno.
– También recuerdo el olor de sus cigarrillos. No es una marca corriente, ¿verdad?
– La próxima vez que salga de incógnito, procuraré llevar más cuidado -rió Yoshitake. El humo que emanaba su pitillo era de un color púrpura muy llamativo.
– Quería darle las gracias -dijo Mamoru-. Pese a todo lo que arriesgaba, decidió dar la cara.
– No es para tanto, créeme. Los medios de comunicación lo exageraron todo. No tienes que preocuparte por mí. Mi mujer no pedirá el divorcio y tampoco perderé mi puesto en la compañía. Que mi familia política me adoptara no significa que no sepa cuidar de mí mismo. He aprendido la lección. He decidido que tengo que ser más honesto con el papel que desempeño en la compañía, y estoy dispuesto a hacerlo.
[7] El Día del Gallo o Tori no Ichi es una fecha señalada del otoño que viene a anunciar la próxima llegada de las fiestas de fin de año. Es una tradición heredada del antiguo calendario japonés, el mismo inspirado en la astrología china, según la cual años, días y horas corresponden a un animal en particular. Dependiendo del año, puede repetirse hasta tres veces en el mes este festival. El primer día recibe el nombre de Ichi no Tori, el segundo, ni no tori y el tercero, san no tori. La leyenda cuenta que cuando hay tres Días del Gallo que festejar, las llamas acabarán devorando la ciudad. (N. de la T.)