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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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– Me encantará. Y te relajará. Ven. -Dejó el cigarro en el cenicero, tomó un cepillo de la mesa del tocador, y dio una palmada sobre el banco bajo que había ante ella-. Siéntate.

Agatha no pudo resistirse. Se sentó ante el tocador de Jubilee y dejó que la mimasen. Se sintió maravillosamente bien. Al primer contacto de las cerdas que le masajeaban el cuero cabelludo, unos estremecimientos le recorrieron la nuca y los brazos, y cerró los ojos.

– Desde que murió mi madre, nadie me había cepillado el cabello. Y eso fue cuando era niña.

– Es tan hermoso y espeso -lo elogió-. El mío es fino y lacio. Siempre deseé tener un pelo como el tuyo. Eres muy afortunada de tener ondas. Yo tengo que ponerme rizadores.

– ¿No es curioso? -Agatha abrió los ojos-. Yo siempre deseé tener cabello más fino, más lacio y rubio.

Jube cepilló todo el largo de los mechones, desde la coronilla hasta la espalda.

– ¿Crees que hay personas satisfechas con lo que tienen?

A Agatha le pareció una pregunta extraña, por provenir de una mujer tan bella como Jubilee. Las miradas de ambas se encontraron en el espejo.

– No lo sé. Pero supongo que todos deseamos algo.

– Si pudieras pedir cualquier cosa en el mundo, ¿qué desearías?

A Agatha siempre le pareció lo más evidente del mundo, y la dejó estupefacta que para Jubilee no lo fuese. Mientras movía el cepillo, distraída, tenía la cabeza rubia ladeada.

– Piernas y caderas sanas.

La respuesta de Jubilee no fue la que esperaba: no la miró asombrada o acongojada por haber pasado por alto algo tan obvio, sino que adoptó una expresión soñadora, mientras seguía cepillando el pelo de Agatha, y comentó:

– Sí, me imagino. Pero, ¿no es curioso? Nunca pensé en ti como lisiada.

El comentario fue una sorpresa absoluta. Aunque siempre estuvo convencida de que todo el mundo la miraba con lástima, sin saber por qué, le creyó. Nunca tuvo nadie con quien compartir sus sentimientos más íntimos, alguien que los compartiese con ella, y preguntó:

– ¿Y tú, qué desearías?

Jube dejó el cepillo, acomodó el pelo tirante y alto sobre la coronilla de Agatha en forma de nido, sujetándolo con las manos. Entonces la miró otra vez en los ojos y respondió con mucha suavidad:

– Una madre que, a veces, me cepillara el cabello. Y un padre que estuviese casado con ella.

Por largo rato, se comunicaron sólo con los ojos. Entonces, Agatha se dio la vuelta.

– Oh, Jubilee. -Le tomó las manos con cariño-. ¿No crees que somos unas tontas, aquí, deseando lo que nunca tendremos?

– No lo creo. ¿Qué mal hay en desear?

– Me imagino que ninguno. -Agatha parpadeó varias veces, y emitió un sonido que no llegaba a ser risa-. Acaba de ocurrírseme que, un año atrás, uno de mis deseos hubiese sido tener una amiga… Y ahora creo que encontré varios donde menos lo esperaba. Jubilee, yo… -La emoción le quebró la voz, mientras pensaba las palabras justas para expresar cuánto había llegado a valorar la amistad de Jubilee, Scott, y los otros. Los sentimientos hacia ellos la invadieron sin que lo advirtiese. Sólo en ese momento en que los necesitaba y estaban ahí, con las manos extendidas, pudo reconocer la profundidad de esa amistad-. Cuando digo que agradezco que me hayáis recibido aquí, hablo en serio. Estoy tan contenta de que estés aquí. Estaba muy acongojada por lo que sucedió en mi apartamento, pero ahora me siento mucho mejor.

Jube se inclinó y apretó la mejilla contra la de Agatha.

– Bueno. Entonces, ¿por qué no nos metemos en la cama? Al parecer, ya terminó el alboroto, de modo que podrás dormir un poco. Scotty dice que mañana iremos y limpiaremos tu casa. -Jubilee apartó las mantas y palmeó las sábanas, junto a ella-. Vamos, ven.

Agatha accedió, gustosa. Acomodó la almohada y se sentó contra ella, alzando los brazos para cumplir el último ritual del día.

– ¿Y ahora qué haces?

– Siempre me trenzo el cabello antes de dormir.

– ¿Para qué?

Pensó en una buena razón pero no se le ocurrió ninguna.

– Mi madre me enseñó que eso hace una dama todas las noches.

– Pero así debes dormir sobre el bulto de la trenza. Para mí, no tiene ningún sentido.

Agatha rió: nunca lo había pensado, pero Jubilee tenía razón.

– Lo último que haría con mi pelo sería trenzarlo.

– Bueno, pero entonces, ¿qué haces?

– ¿Cómo qué hago? Nada. Duermo con el cabello suelto. -Se pasó el cepillo por su propia cabellera, echó la cabeza atrás y la sacudió-. Es un placer.

– Está bien… -Agatha comenzó a deshacer la trenza inconclusa con los dedos-. Lo haré.

Sin dejar de cepillarse, Jubilee fue hasta el tocador, se metió el cigarro entre los dientes y fumó mientras se cepillaba.

– ¿Te molesta el cigarro?

– Para nada.

Agatha supo que era verdad. Por estar cerca de Gandy, había llegado a aficionarse.

– Me relaja, ¿sabes? -le explicó Jube-. Cuando termino de bailar, estoy toda tensa. A veces, me cuesta dormirme enseguida.

Jube enroscó el dedo alrededor del fino cigarro negro, fue hasta el pie de la cama y se sentó, reclinándose contra el rodapié de bronce, con el cenicero en la falda, todavía cepillándose el cabello rubio.

Alguien llamó a la puerta.

– Hola, somos nosotros. -Pearl y Ruby entraron, sin esperar permiso-. Nos enteramos de las malas noticias. No te aflijas. Es probable que no vuelva a suceder.

Por turno, fueron a apoyar la mejilla contra la de Agatha y a desearle las buenas noches.

– Si Jube empieza a roncar, ven conmigo.

Cuando se fueron, se oyó otra llamada.

– ¿Sí? -dijo Jube.

– Somos Jack e Ivory.

– Bueno, entrad… ya lo hicieron todos.

Agatha casi no tuvo tiempo de cubrirse con las mantas hasta el cuello antes de que ellos dos aparecieran.

– ¿Ya está tranquila, señorita Downing? -preguntó Jack.

– Sí, gracias. Jube me cepilló el pelo y me hizo olvidar todas mis angustias.

– No cabe duda de que Jube es buena con el cepillo -comentó Ivory.

¿Jube habría cepillado el pelo de Ivory? Antes de que pudiera imaginarse, siquiera, semejante espectáculo, éste dijo:

– Bueno, buenas noches, señorita Downing. La veré mañana.

– Buenas noches, Ivory.

– Buenas noches, pues -dijo Jack.

Un instante antes de cerrar la puerta, Jack asomó la cabeza:

– Aquí viene alguien más.

Desapareció, y Marcus tomó su lugar, con una taza humeante. La sonrisa le indicó a Agatha que era para ella.

– Oh, Marcus, qué considerado. -Aceptó la taza-. Mmm… té. Gracias, Marcus, es exactamente lo que necesitaba.

Marcus se puso radiante e hizo un gesto como de revolver azúcar y alzó las cejas con gesto interrogante.

– No, gracias. Así está bien. -Bebió un sorbo y asintió, en gesto aprobador-. Perfecto.

Marcus juntó las manos bajo la oreja y cerró los ojos, indicando dormir.

– Sí, después de esto dormiré maravillosamente. Gracias, otra vez, Marcus.

Al llegar a la puerta, saludó, y Agatha le devolvió el saludo. Salió y cerró.

Agatha sintió que se le desbordaba el corazón, que se le entibiaba por algo más que el té. Pensó que, tal vez, se había apresurado a pronunciar el deseo; quizá, lo que más deseaba en la vida era conservar para siempre este sentimiento, esta maravillosa sensación de familia.

En amistoso silencio, Agatha bebió y Jubilée fumó.

Después de un rato, Agatha comentó:

– Qué considerado fue Marcus.

El semblante de Jube se suavizó. Dejó de fumar y contempló el humo que subía.

– Es un cielo, ¿no? Siempre tiene un gesto amable para todo el mundo. Marcus es el hombre más bondadoso que conocí. Cada vez que estoy enferma me trae té con miel y coñac. Y una vez me dio friegas en la espalda. Fue un placer.

– Al principio, me afligía que no pudiera hablar -le confesó Agatha-, pero pronto descubrí que puede hacerse entender mejor que muchas personas con habla.

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