Juegos De Azar
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
Dan mantuvo una mano sobre la mesa, pero metió la otra sobre el muslo.
– Veamos tus cartas, muchacho -lo desafió Collinson, mordiendo el cigarro.
Dan hizo otro movimiento con la mano que nunca quedó fuera de la vista, y mostró tres cartas que sumaban un veintiuno redondo.
– ¡Desgraciado hijo de perra! -El rostro del hombre se contorsionó y sacó un cuchillo-. ¡No me digas que no ocultas naipes en las mangas!
Gandy se levantó lentamente, todos los músculos tensos, preparado pero dijo en voz suave como la miel espesa:
– No permito peleas aquí adentro, Collinson, ya lo sabe. Deje ese cuchillo.
Collinson se agazapó con la hoja centelleando en la mano. Doc y McQuaid retrocedieron.
– Déjelo, antes de que alguien resulte lastimado -advirtió Gandy.
El sujeto se volvió hacia él.
– ¡Usted también! ¡Le haré un favor a este pueblo librándolo de ustedes dos! ¿Quién quiere ser el primero?
– Sea sensato, y tírelo -dijo Dan, exhibiendo el arma-. No quiero tener que dispararle, Alvis. ¡Maldición! Lo conozco de toda la vida.
– ¡No tiro nada, más que a ustedes dos!
– No creo que valga la pena hacerse matar por cuatro dólares -le aconsejó Gandy-. Déjelo, y la casa pagará una ronda.
Comenzó a hacerle señas a Jack.
– Esto no es por los cuatro dólares, y usted lo sabe, Gandy. Canallas, no les basta con sacarme el dinero con los naipes que se guardan en la manga, también tienen que poner contra mí a la carne de mi carne.
El local se sumió en el silencio. Todos los presentes miraban, angustiados.
– Vayase a su casa, Alvis. Está ebrio -trató de razonar Dan, levantándose-. Ya le dije que no quisiera tener que dispararle.
– No estoy ebrio. Estoy quebrado, eso es lo que estoy, malditos…
– Démelo. -Gandy se le acercó, con la palma hacia arriba-. Hablaremos afuera.
– ¡Al diablo con usted, petimetre inútil, hijo de perra, que me roba todo lo que tengo…!
Alvis impulsó el brazo atrás y todo el infierno se desató al mismo tiempo. El cuchillo se hundió en el antebrazo de Gandy. Explotó la pistola y Collinson cayó boca abajo sobre la mesa verde, redonda. Las chicas chillaron. En medio del súbito silencio, Gandy hizo una mueca y se aferró el brazo derecho.
– ¡Maldición! De todos modos, te dio.
Dan se abalanzó a auxiliarlo y Jube se acercó corriendo, con expresión desesperada. Pero Gandy los apartó a los dos y se dejó caer en una silla.
– Revisen a Collinson -se apresuró a decir.
Dan lo hizo rodar y le buscó el pulso. Con aire de duda, miró a Gandy que estaba sentado jadeando, todavía agarrándose el brazo inerte.
Dan levantó la voz.
– ¡Alguien que vaya corriendo a buscar al doctor Johnson!
Se volvió hacia Adkins, que había salido de su estupor por primera vez en años. Tenía el rostro blanco y los ojos redondos de terror.
– Doc, acerqúese -le gritó Dan-. Le vendría bien su ayuda.
– ¿A mí me hablas?
– Es veterinario, ¿verdad? Fíjese si puede hacer algo para mantenerlo vivo hasta que llegue el doctor Johnson.
– P… pero yo…
– ¡Es su amigo, Adkins! -vociferó Dan, impaciente-. ¡Por el amor de Dios, déjese de lloriquear y actúe como un, hombre! -Se dio la vuelta hacia Scotty y fue a arrodillarse junto a él. Miró, dudoso, a Jubilee, tragó con dificultad y fijó la vista en el cuchillo que sobresalía del brazo de Gandy-. ¿Qué quieres que haga?
Gandy estaba a punto de desmayarse de dolor. Levantó la cabeza y miró, aturdido, la cara de Dan. Le brotaban gotas de sudor.
– Saca… lo -murmuró, apretándose el bíceps derecho, donde la sangre comenzaba a abrillantar la manga.
En ese momento, Agatha llegaba a la puerta trasera, después de haber oído el disparo. Entró, resoplando, y se detuvo junto a la mesa de keno para contemplar la escena. Vio a alguien tendido sobre una mesa de juego, con la sangre empapándole la camisa, a Scott tirado sobre una silla con el cuchillo saliéndole del brazo.
– ¡Dios mío! -susurró, corriendo hacia él.
Marcus trató de detenerla, poniéndole las manos fuertes en los brazos y suplicándole con los ojos que hiciera lo que le pedía.
Lo miró de frente y entendió enseguida que estaba tan preocupado por la seguridad de ella como por Scott.
– Déjeme pasar -le ordenó con gentileza-. Él me ayudó; ahora me toca a mí.
Marcus la soltó a desgana, y Agatha se apresuró a acercarse, dando órdenes a Jack, a Ivory y a las chicas, que daban vueltas, indecisas, alrededor del cuerpo inerte de Gandy.
– Acostadlo, antes de que se caiga de la silla.
Dan y Jack reaccionaron sin demora. Gandy gimió y la frente se le perló mientras lo tendían en el suelo de pino sin pulir. Agatha se arrodilló junto a él con dificultad. Le aflojó la corbata y el botón del cuello y le tocó la garganta con ternura.
– Oh, Scott -murmuró, el rostro crispado de angustia-, oh, querido.
Scott esbozó una sonrisa débil.
– Gussie -susurró, sin fuerzas, moviendo los dedos de la mano ensangrentada.
Agatha los aferró con fuerza y apretó el dorso de la mano contra el pecho, sin prestar atención al hecho de que su propia mano se manchaba de sangre.
En ese preciso momento, el doctor Johnson irrumpió empujando las puertas vaivén, con el camisón metido dentro de los pantalones, los tirantes colgando sobre las rodillas, y el cabello rojo erizado.
– ¡Apártense! -En menos de treinta segundos, pronunció-: Collinson está muerto.
El nombre penetró en la mente de Agatha. Arrodillada junto a Scott, le disparó una mirada a Dan:
– ¿Collinson? -repitió, impresionada-. ¿Él mató a Collinson?
– No, fui yo -la corrigió Dan.
Miró el rostro pálido de Scott, el cuchillo que sobresalía de la carne.
– Entonces, ¿cómo…?
– Trató de convencer a Collinson de que le diera el cuchillo… Y él se lo clavó.
– ¡Apártense! -ordenó el doctor Johnson, impaciente. Se arrodilló, echó un vistazo al cuchillo y aconsejó-: Sería conveniente que emborracharan a este hombre. Cuanto más ebrio esté, mejor.
Jack fue a buscar una botella llena de whisky Newton. Tendido en el suelo, Scott dirigió una sonrisa fatigada al cantinero.
– Cerciórate de que sea el bueno, Jack.
Trató de sonreír de costado, pero en el rostro pálido parecía la sonrisa de un fantasma.
Llegó el comisario Cowdry, inspeccionó en silencio el cuerpo de Collinson, mientras Jack daba a Scott más whisky del que Agatha imaginó que podría consumir un hombre que se mantuviese consciente. Jubilee estaba sentada en el suelo, con la cabeza del herido en el regazo, mientras la sangre se secaba en la mano de Agatha.
Cowdry interrogó a los parroquianos, y después los hizo evacuar. Llegó el camillero a llevarse el cadáver de Collinson y se juntaron dos mesas para formar una sala de operaciones de emergencia. Marcus, Dan, Ivory y Jack levantaron a Scott con delicadeza y lo acostaron sobre las mesas. Reía flojamente, con los labios húmedos, el rostro sonrojado. Llamó a Marcus con un dedo.
– Escucha -tartajeó-. Esa cosa es muy buena, pero no le cuentes a Agatha que te lo dije. -Lanzó una risita de borracho y levantó la cabeza para ver a Ivory, detrás-. Y si esdiro la pata, que ninguno de dus bautistas, organice mi funeral, muchacho. Quiero el cancán, ¿endiendes?
Jack le puso otra vez la botella en la boca al patrón.
– Uno más, Scotty. Con eso bastará.
El licor resbaló por la mejilla de Scott y dejó una mancha oscura sobre el tapete verde. Parpadeó un par de veces, pero todavía no cerraba los ojos.
– ¿Gussie? -susurró, buscándola con los ojos-. ¿Dónde estás…?
– Aquí estoy, Scott.
Se acercó silenciosa a la mesa, y le tomó la mano sana. Él se la aferró con desesperación.
– Willy. Tienes que decírselo a Willy. -Tenía el borde de los ojos enrojecido. En contraste con el pelo y las cejas oscuras, la piel parecía de cera, salvo por el rubor antinatural que le daba el alcohol a las mejillas-. Lo lamento. Dile que lo siento.