Juegos De Azar
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
Estimada Señorita Downing:
Como miembro activo del movimiento para prohibir la venta de sustancias tóxicas en el Estado de Kansas, el representante estatal Alexander Kish me mencionó su nombre, el de la señorita Amanda Way, y el de la señorita Drusilla Wilson. Como sabe, cuando resulté electo gobernador de Kansas, prometí a mis votantes hacer todo lo que estuviese en mi poder para desterrar, no sólo el consumo de alcohol, sino también su venta dentro de las fronteras del Estado.
Con ese fin, apoyo de todo corazón la legislación reciente enviada a ambas cámaras de la legislatura, proponiendo ratificar la enmienda de prohibición de nuestra Constitución estatal.
Si aquéllos que, hasta ahora, trabajaron con celo por esta noble causa, se diesen otra vez la mano para hacer ahora un esfuerzo más agresivo que nunca, la enmienda podría y debería ser ratificada por los votantes de Kansas.
Como medio de expresar mi agradecimiento por la tarea de ustedes y para alentar el futuro apoyo al movimiento de prohibición, le extiendo esta invitación a tomar el té en el jardín de rosas de la mansión del gobernador, el quince de septiembre, a las dos en punto de la tarde.
Estaba firmada por el gobernador John P. St. John en persona.
Cuando Agatha terminó de leer, nadie dijo una palabra. Sintió un incómodo calor en el rostro y el cuello. Miró fijamente la carta, temerosa de encontrarse con los ojos de todos en medio de ese silencio incómodo. El rígido papel crujió cuando lo dobló con lentitud y lo metió otra vez en el sobre.
– ¿Qué pasa? -preguntó Willy, mirando las caras de los mayores, y su voz resonó como un trueno.
Finalmente, Agatha alzó la vista. Quiso pensar en una respuesta, pero lo único que se le ocurrió fue:
– Nada.
Pero no era cierto. Scott, aún apoyado en la escoba, la miraba ceñudo. Marcus rascaba con la uña del pulgar una burbuja de pintura seca en el mango del destornillador. Jack se rascaba la nuca evitando mirarla, y los dedos largos y negros de Ivory tamborileaban un ritmo en el muslo. Las muchachas permanecieron sentadas, desalentadas, contemplando el suelo que acababan de ayudar a limpiar.
Se podía oír volar una mosca en la habitación.
– ¿Qué pasa, eh? -insistió Willy, confundido.
Dan fue al rescate.
– ¿Qué te parece, chico? -Le puso una mano en la cabeza-. ¿Vienes abajo y me ayudas a barrer el local?
Obediente, Willy se dispuso a salir pero estiró el cuello para observar al cariacontecido grupo mientras se alejaba con Dan.
– Está bien, pero, ¿qué les pasa a todos?
– Cosas que no entenderías, cachorro.
Arriba, tras la salida de los dos, el silencio se hizo largo y pesado. Finalmente, Ruby le preguntó a Agatha:
– ¿Irás?
Agatha levantó la vista con dificultad hacia los ojos de Ruby, negros e inescrutables. De repente, se dio cuenta de que Ruby era descendiente de varias generaciones de esclavos que, como tales, habían aprendido a ocultar sus emociones. En el rostro de Ruby, en ese momento, no se traslucía nada.
– No sé -respondió, pesadamente.
Ruby apartó la vista, y se agachó a recoger un trapo de limpiar.
– Bueno, será mejor que nos vayamos. Aquí está todo hecho.
Fueron saliendo de a uno, hasta que sólo quedó Scott.
Por la ventana abierta entraban los mugidos lejanos de las vacas, el ruido de las ruedas de las carretas y de cascos que pasaban por la calle, el resonar de las herraduras que llegaban al hotel de al lado. Pero en el apartamento de Agatha, todo era silencio.
– Bueno…
Hizo una inhalación profunda, y luego exhaló.
En el corazón de la mujer se hizo una pequeña fisura.
– Scott -rogó-, ¿qué debo hacer?
– ¿Me lo preguntas a mí? -Lanzó una carcajada dura y áspera.
– ¿A quién otro podría preguntarle?
En tono colérico, exasperado, señaló a la calle y dijo:
– ¡Prueba con esas locas cuyas marchas encabezas!
– ¡No están locas! Tienen una buena causa.
– ¡Son una banda de esposas insatisfechas que buscan un modo de hacer volver a los esposos a los hogares, sin darse cuenta de que lo único que necesitarían para hacerlos regresar es un poco de cariño!
No podía creer la ceguera empecinada del hombre.
– Oh, Scott, ¿en serio crees eso?
– Mi padre jamás holgazaneó en la taberna. Y eso fue porque mi madre sabía cómo retenerlo en casa.
– Tu padre vivía en una plantación. Seguramente no había una taberna en kilómetros a la redonda.
La crispación de Scott fue evidente. Los ojos se endurecieron como si fueran de mármol negro.
– ¿Y cómo sabes todo eso?
– Me lo contaron las chicas, hace mucho. La cuestión es que no había tabernas y, por lo tanto, tu padre se comportaba como el proveedor y se quedaba en la casa, que es donde tendrían que quedarse más hombres.
Scott resopló, disgustado.
– Estuviste demasiado tiempo con esas fanáticas, Agatha. Empiezas a hablar como ellas.
– La verdad duele, ¿no es así, Scott? Pero sabes tan bien como yo que el alcohol es adictivo y debilitante. Empobrece a toda la familia al inhabilitar al hombre para trabajar, y convierte en brutos a sujetos gentiles.
El ceño de Scott se profundizó.
– Lo malo es que comienzas a creer en esas generalizaciones. -Le apuntó la nariz con el dedo-. ¡Y eso es lo que sois vosotros! La mitad de las mujeres como tú se arrodillan ante todas las puertas vaivén del pueblo y cantan esas malditas canciones tan dignas, sin tener, siquiera, una causa.
– ¿Qué me dices de Annie Macintosh, con dos costillas rotas y un ojo negro? ¿Tiene ella un motivo?
– Annie es otra historia. No todo hombre con un vaso de whisky es como Macintosh.
– ¿Y Alvis Collinson, que se juega el dinero de los zapatos, del almacén, y deja que su hijo duerma en una cama hirviendo de piojos?
Scott rechinó los dientes, y su mentón adoptó un contorno obstinado.
– Eres limpia para discutir, ¿eh?
– ¿Qué es lo que te parece limpio? ¿Llevar a Willy al Cowboy's Rest una vez por mes, para aliviar tu culpa?
– ¡Mi culpa! -El rostro de Scott se ensombreció, apretó las manos en el mango de la escoba y echó la cabeza adelante-. ¡Yo no tengo ninguna culpa! ¡Yo aquí manejo un negocio y trato de mantener vivas a ocho personas!
– Lo sé. Y valoro lo que haces por todos ellos. Pero, ¿nunca te surgen dudas respecto de los hombres a los que vendes todo ese alcohol? ¿De las familias que necesitan desesperadamente el dinero que se derrocha en las mesas de juego?
Adoptó una expresión de complacencia consigo mismo:
– No, no me impide dormir por la noche. Si yo no les vendiera whisky, lo conseguirían en otro sitio. Si se ratifica la enmienda, las tabernas tendrán que cerrar, claro, pero Yancy Sales venderá lo mismo que yo, aunque, lo llamará bitter, y todos los que hacen la ley en el país lo comprarán afirmando que es para propósitos medicinales.
– Puede ser. Pero si la prohibición logra regenerar al menos a un tipo como Alvis Collinson, habrá valido la pena la lucha.
– ¡Entonces, ve, Agatha! -Agitó una mano hacia la estación-. ¡Ve a la jarana del gobernador! ¡Bebe el té en el jardín de rosas! -Cruzó a zancadas la habitación y le puso en las manos la escoba-. ¡Pero no esperes que venga corriendo a salvarte la próxima vez que un propietario de taberna ya harto venga a arrasar tu casa!
Salió precipitadamente por la puerta y la cerró con tal fuerza que Agatha se encogió. El nuevo picaporte actuó a la perfección; la puerta se cerró y permaneció cerrada, pero sólo pudo verla tras una cortina de lágrimas. Se dejó caer en una silla y apoyó la frente en las manos.
El corazón le dolía y el pecho también. Por su propia voluntad, la familiaridad de la noche pasada se había hecho pedazos. Sin embargo, no era su decisión. Se sentía desgarrada, confundida y acongojada de haberse enamorado del hombre equivocado… ¡que el cielo la amparase, de toda una «familia» equivocada! Pero estaba aprendiendo que uno no siempre elige de quiénes se encariña. A veces, la vida hacía la elección. Lo que provocaba dicha o pena, era lo que uno hacía después con esa elección.